Somos una sociedad de la era del simulacro. Y esto implica una suerte de apatía en el espacio de lo íntimo y lo privado que contrasta con una hipersensibilidad hacia la esfera del espectáculo. A través de los dioses contemporáneos vivimos las agonías y pasiones
/ Juan Sebastián Restrepo
 
Me parece encontrar un eco entre el fatal accidente del 28 de noviembre de este año, donde murieron 71 personas, y entre ellas casi la totalidad del equipo Chapocoense; y aquel otro del 24 de junio de 1935 donde, a pocos metros del Aeropuerto Olaya Herrera, falleció el dios absoluto del tango, Carlos Gardel. El eco empieza a dibujarse cuando observamos nuestra reacción ante estos infortunios. Y creo que, dando por sentado que ambos plantean tristes fatalidades que nos confrontan con nuestra mortalidad, y que nos duelen en lugares honestos de nuestra humanidad, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Por qué nos duele especialmente esta tragedia?

¿Por qué, si hemos presenciado desgracias como Pablo Escobar y no obstante seguimos viendo novelas como el Capo; por qué, si hemos padecido pacientemente el sicariato y nos vimos obligados a naturalizar la muerte para poder seguir con nuestra vida; por qué, si fuimos testigos del terror de Bojayá y no fuimos tan generosos con nuestros hermanos chocoanos; por qué, si no hemos reaccionado indignados contra las fatalidades a cuentagotas de la corrupción que silencian, no 71, sino cientos y miles de vidas igualmente humanas?

No me malinterpreten por favor la pregunta. No pretendo otra columna de indignación, de esas que proliferan en las redes sociales. No pretendo ahora arrogarme el derecho moral del látigo, cuando látigo es lo que hemos recibido durante años, y del más severo. Tampoco estoy condenando nuestra empatía hacia las fatalidades de Gardel y el Chapecoense, ni la altura humana con que reaccionamos frente a esta última. Solo trato de explicar nuestra problemática relación con la muerte y la fatalidad a partir del contraste de nuestras reacciones.

Lo cierto es que la muerte no es un asunto fácil para nosotros los hombres. Lacán decía: “La muerte es una cuestión de fe, pero hacéis bien en creer que vais a morir”. Y es que, aunque sepamos que somos mortales, y aunque saberlo sea fundamental, la muerte siempre será un enigma, un problema. Y la forma en que respondemos ante ella, depende de nuestras actitudes, identificaciones, proyecciones, vínculos, etcétera, frente a aquello que muere.

Pero volvamos a la pregunta. Y creo que una respuesta pasa por entender que somos una sociedad de la era del simulacro. Y esto implica una suerte de apatía en el espacio de lo íntimo y lo privado que contrasta con una hipersensibilidad hacia la esfera del espectáculo, donde proyectamos una gran parte de nuestra humanidad. Vivimos a través de los dioses contemporáneos que son las estrellas de fútbol, los actores, los cantantes, los políticos. A través de ellos vivimos las agonías y pasiones que no encontramos en nuestra interioridad. Y esta condición nos permite empatizar con las estrellas, estremecernos con ellas, resonar con ellas. Por eso somos pasivos ante la muerte cotidiana, pero la muerte de una estrella nos estremece profundamente.

¿Hubiera sido igual nuestra tristeza si en ese avión no hubiesen perecido los sueños de una copa? ¿Hubiese sido igual nuestro dolor al margen del contexto futbolístico que le da sentido? No estoy condenando al fútbol, al contrario, tal vez podamos usarlo como una ventana. Si en esta ocasión sirvió para empatizarse con el dolor humano, tal vez debamos hacer el ejercicio inverso: reconozcamos en cada ser humano un campeón Chapecoense, en cada muerte una copa truncada, y en cada fatalidad humana, la agonía de una hinchada. Al fin y al cabo, la Copa Suramericana solo es un símbolo de la vida, y los verdaderos jugadores somos todos. Todos somos campeones por el hecho de existir. Y todos vamos a morir.
Una mirada así necesariamente se llena de compasión.
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