Parece que a veces es más importante mostrar los avances en cemento que lo que se invierte en el desarrollo de las personas; de ahí que todavía estemos muy lejos de obtener premios en otras áreas
/ Juan Carlos Vélez Uribe

En días recientes Medellín recibió el galardón Lee Kuan Yew, conocido también como el premio Nobel del urbanismo, que se les otorga a aquellas ciudades que han logrado un desarrollo urbanístico en diferentes aspectos. Ello ha puesto a nuestra ciudad en el plano de las urbes que se destacan por la transformación que han logrado en los últimos tiempos. Este premio se suma al que obtuvimos como el de la ciudad más innovadora.

Indudablemente Medellín ha vivido un proceso de cambio como ninguna otra ciudad del mundo. Recordemos los años finales de la década de los 80 y los de principios de los 90 cuando vivimos la peor época por la que ha atravesado la ciudad. Cuando todos vivíamos a la expectativa de cuál bomba iba a estallar y dónde. Era la época del terror; años de 6 mil homicidios, los toques de queda en las noches, los asesinatos de los policías, el desplazamiento de los empresarios por el secuestro, la nula inversión y, ni qué decir, la disminución del flujo de visitantes, con ocupación en algunos de los principales hoteles de la ciudad del 2%.

Hoy Medellín es otra. Se ha convertido en un destino turístico de talla mundial, hay convenciones y eventos de primer nivel todas las semanas; la ocupación hotelera aumentó, volvió la inversión privada nacional y extranjera, la educación mejoró con universidades de calidad y se avanzó en infraestructura de transporte.

Por eso Medellín se gana premios. Porque se ha transformado. Sin embargo, desde siempre he insistido que la transformación de la ciudad no es obra ni fruto del desempeño de dos o tres mandatarios como lo han querido hacer saber; dicho cambio es producto de un esfuerzo colectivo, y son todos los medellinenses los que deben sentirse partícipes de los premios que ha logrado la ciudad. Es el concurso de varios alcaldes y gobernadores, concejales, diputados, congresistas, dirigentes gremiales, empresarios, académicos, funcionarios, que a diferencia de otras ciudades de Colombia se han puesto la camiseta de Medellín y la han sudado como los más comprometidos con su desarrollo.

A pesar de todos los avances que en materia de infraestructura hemos logrado, quedan algunas preocupaciones. Nos ganamos el premio en Singapur por proyectos como Parques del Río, las Unidades de Vida Articulada (UVA) o el Jardín Circunvalar, proyectos estos que se suman a otros tantos que hacen de Medellín una ciudad de mostrar ante el mundo. Sin embargo debemos mirar que también es importante enfocarnos en asuntos de desarrollo social donde aún tenemos bastantes falencias y que es necesario comenzar a aceptarlas, pues parece que a veces es más importante mostrar los avances en cemento que lo que se invierte en el desarrollo de las personas; de ahí que todavía estemos muy lejos de obtener premios en otras áreas.

Aún estamos mal en educación, pues en las pruebas Pisa de matemáticas un 83% de los estudiantes de la ciudad obtuvieron entre insuficiente y mínimo; no despega la jornada única escolar, el programa Buen Comienzo disminuyó en el 2015 en 15.536 niños, el embarazo de niñas adolescentes sigue en niveles muy altos, la calidad del servicio de salud es deficiente, las urgencias hospitalarias están colapsadas, la tasa de desempleo está por encima del 10% y en los jóvenes es del 18%, tenemos un déficit de 24 mil viviendas, la calidad del aire es lamentable y ni qué decir de la situación de inseguridad por la que atraviesa la ciudad.

En conclusión, está bien que avancemos en obras de infraestructura y en aspectos urbanísticos, pero no se nos puede olvidar el componente social del desarrollo.
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