La glorieta colapsa varias veces al día. Todas las mañanas, con frecuencia en la tarde, cualquier día a la hora que sea. Es muy pequeña, estrecha, de especificaciones mínimas. Se quedó corta desde su concepción

/ Juan Carlos Franco


La semana anterior posiblemente pasará a la historia como una de las peores en términos de movilidad vehicular en El Poblado y sus alrededores. Cuando no era un cierre de carril programado, era un accidente; cuando no era un aguacero, era la entrada o salida de un centro comercial. Y ni hablar del cierre de la Medellín – Bogotá…

De todos esos trancones, quizá el más ignominioso sea el del alto de Las Palmas. Taco que con frecuencia empieza desde las propias lomas de El Tesoro, mucho antes de tomar Las Palmas en doble calzada.
Todo porque la famosa glorieta de Indiana colapsa varias veces al día. Todas las mañanas, con frecuencia en la tarde, pero también cualquier día a la hora que sea.

Para empezar, la glorieta es muy pequeña, muy estrecha, tiene las mínimas especificaciones. Se quedó corta desde su concepción y diseño.

Protagonista central de este trancón es, claro está, el concurrido restaurante que utiliza la glorieta como patio de maniobras de sus clientes. Sus acomodadores se convierten en guardas de tránsito de facto, generando colas interminables mientras orientan y cobran a cada usuario.

Pero no es lo único. De hecho, el impacto de este restaurante ya está cediendo su primer lugar a la combinación Pakita + Peaje, justo a la salida de la glorieta en dirección a Llanogrande. Con cierta frecuencia la fila se prolonga e ingresa a la glorieta y obviamente la bloquea.

Es imperativo construir allí un intercambio a desnivel que independice los flujos. Medellín no puede darse el lujo de que su salida principal hacia el aeropuerto se bloquee casi todos los días, incluso sin tener en cuenta los numerosos accidentes subiendo o bajando Las Palmas.

¿Y qué podemos hacer? Esta glorieta es la unión de dos vías concesionadas a empresas diferentes, competencia entre sí. Habrá que esperar que alguna de ellas tome el liderazgo y se decida a invertir. O que se pongan de acuerdo y decidan invertir en conjunto.

Pero, ¿acaso para ellas sería una inversión rentable? ¿Aumentarían sus ingresos gracias a más vehículos usando sus vías y pagando sus peajes? ¿O les permitiría aumentar los precios? Seguro que no. El incentivo para estas firmas no es mucho.

De los dos concesionarios el de menor incentivo es el de la Variante Palmas – Aeropuerto, pues es el mismo que construye y en el futuro operará la vía del Túnel de Oriente hacia el aeropuerto. Cualquier mejora importante a la Variante podría reducir el interés de los usuarios en irse por el túnel hacia el aeropuerto.

Por supuesto, el concesionario de la otra vía está en mora de ampliar su peaje (Pakita), que sigue siendo de mínimas especificaciones. Podría seguir el ejemplo de su competencia en la Variante, que lo trasladó y lo amplió de manera sustancial.

¿Quién queda? ¿Envigado? No parece probable que haga una inversión tan elevada solo para beneficiar a los municipios del Oriente. ¿La Gobernación? Puede ser, pero no se ve fácil que esta obra figure entre sus prioridades.

Por último, la nueva área metropolitana del Oriente, que aún no despega, pero tiene desde ya una larga lista de proyectos pendientes. Pasarán años antes de que pueda encargarse de un intercambio vial de envergadura.

Y en cuanto a la financiación, quizá funcionaría cobrar valorización. Pero tras los descalabros del proyecto de Fonvalmed en El Poblado, la figura está más muerta que viva, sumida en el descrédito público.

En síntesis, esto apenas comienza. Tendremos trancón para rato en el alto de Las Palmas, afectando de manera notoria al aeropuerto –viajeros y aerolíneas por igual–, a Indiana, a Viva, además de los numerosos colegios, restaurantes y habitantes de la región.

En los próximos 3 años, si usted pasa por allí con hambre, trate de no hacer parte del trancón.
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