Independiente de nuestras creencias, la celebración del nacimiento de un Niño mueve los más hondos sentimientos. Es como si trajera noticias del mundo espiritual
/ Jorge Vega Bravo

En la época de diciembre mi alma se llena de una alegría primordial, que me recuerda la alegría inocente de la infancia. Luces afuera y luces en el corazón. La Navidad es una época especial donde, dentro del ciclo de respiración anual, la tierra inhala. En el hemisferio norte los días se acortan y la luz adquiere un brillo especial que ya estamos viendo en el firmamento. La Navidad es, en nuestra cultura, una fiesta de reunión, de encuentro, a la manera de la fiesta de Acción de Gracias en la cultura norteamericana, donde las familias se reúnen y se dan calor. A pesar del aspecto distorsionado del hiperconsumo presente en ambas fiestas, se conserva la costumbre de celebrar en familia, de ritualizar en grupo; reunirse, dar regalos, cantar, comer juntos, darse calor, generan salud al cuerpo y alma. La Navidad bien comprendida, bien celebrada, es salutogenética, es renovadora para la vida. La cultura del consumo distorsiona el sentido de los rituales. Pero no debemos perder la ocasión de elevar la mirada a otro plano y trascender las difíciles realidades que vivimos. Esto le da brillo a la existencia.

Algunas personas tienen sentimientos encontrados en la Navidad; ya sea por dificultades familiares, por temas sociales o por la pérdida del ritmo cotidiano con el consumo, el ruido y la velocidad. Qué importante recuperar el sentido real de esta época -y a la manera de los países donde el invierno invita- tener momentos, de recogimiento de pausa, de contacto con el propio Yo.

Independiente de nuestras creencias y posturas personales, la celebración del nacimiento de un Niño mueve los más hondos sentimientos. Cuando vemos un recién nacido -que no ha despertado a su propio yo- vemos los rasgos de su origen en otro plano. Es como si trajera noticias del mundo espiritual. Recuerdo la historia de una anciana que asistía a todos los bautismos de su parroquia, sin conocer a los pequeños. Un día le preguntaron por qué lo hacía y respondió que en cada niño veía señales de ese mundo al que ella estaba preparándose para regresar.

“La contemplación de la naturaleza infantil enseña al hombre a tener plena confianza en la naturaleza humana” (R. Steiner). En los ojos y en el alma de un niño recién nacido vemos la belleza, la bondad, la transparencia de lo viviente. Allí está plasmado el futuro de lo que podemos llegar a ser. Y aún con la actividad de las fuerzas opositoras que actúan en nuestro ser, estamos seguros de la grandeza del ser humano. Cuando en mi consulta tengo al frente a una persona enferma, a alguien que sufre dolor físico o emocional, me ejercito en develar -en mirar detrás del velo- la naturaleza original, el espíritu que nunca enferma. Este espíritu está latente en un niño pequeño y se manifiesta en situaciones de dolor y de dificultad con una fuerza inusitada.

Hemos vivido situaciones recientes donde la solidaridad y la bondad se han revelado con fuerza: el accidente del equipo brasilero y sus acompañantes movió lo mejor de nuestras almas, nos permitió ser solidarios. Los asesinatos de los líderes sociales y la terrible muerte de Yuliana Samboní, nos unen alrededor de situaciones dramáticas, para enfrentar las fuerzas de la muerte y renacer con fuerza hacia un futuro más humano.

La Navidad nos invita a ser humanos, a expresar lo mejor de nuestra condición humana, a entrar en nuestro propio templo y revivir allí el niño interior. Invito a los lectores a redescubrir la Navidad como un tiempo de salud, de calor, de reunión, más allá del ruido exterior y del consumo.
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