Inglaterra, Colombia o Estados Unidos han decidido suicidarse. Cuando se pierde el sentido del valor de la vida, cuando sentimos que nuestras condiciones son miserables, nuestros actos los dicta una curiosa voluntad de mandarlo todo al carajo
/ Gustavo Arango
Esta mañana, cuando caminé al centro de votación, pensé que la gente tenía escrito su voto en el lenguaje corporal. Podría apostar que aquellos hombres con actitud de macho alfa acababan de marcar en las tarjetas el nombre del demagogo que daría rienda suelta a sus prejuicios y les permitiría sentirse los dueños del mundo. También podría jurar que las mujeres con actitud de “dejen esto es nuestras manos” habían votado por la primera mujer en la historia de los Estados Unidos con una opción real de alcanzar la Presidencia. Pero la sensación general era que nadie estaba eligiendo a su candidato por sus virtudes, sino tratando de cerrarle el camino a su antagonista.

Una larguísima y sucia campaña electoral había llegado a la recta final con los dos candidatos más impopulares de que se tenga noticia. Uno apeló al espectáculo circense, a las bajas pasiones que millones de personas mantuvieron ocultas y latentes bajo la hipócrita fachada de lo políticamente correcto. La otra esgrimió las cartas del género, el miedo a perder lo que se tiene y la flaqueza moral de su contrincante para hacer menos notorios sus problemáticos vínculos con los bancos y el lastre de su carrera política. Así las cosas, los estadounidenses llegaron a los puestos de votación dispuestos a elegir al que consideraban el menor de dos males.

En la tarde, cuando amigos en Colombia me pedían vaticinios y opiniones, preferí ser cauto. Por muy inaceptable que fuera el candidato del espectáculo, las recientes experiencias del Brexit en el Reino Unido y la del No en Colombia me habían enseñado que las masas pueden votar por lo más descabellado si las manipulan de manera efectiva. Lo que esta nueva elección estaba demostrando era que la democracia suele revelar su lado más oscuro en sociedades sumidas en la ignorancia.

A esa hora empezaba a entender que la gente no había elegido entre dos males, sino entre dos formas de morir. La domesticación masiva a través de los medios y las redes sociales llevaron a los Estados Unidos a este borde de abismo en que tuvieron que elegir entre una muerte lenta y una rápida. La candidata demócrata representaba una lenta y casi imperceptible reducción de libertades, la consolidación de una esclavitud sin grilletes (representada por los bancos y corporaciones, por las empresas farmacéuticas y conglomerados que controlan los recursos naturales), un callejón sin salida en el que la humanidad se encamina a su aniquilación. El candidato republicano, por su parte, representaba una especie de suicidio espectacular, muy atractivo para una sociedad cuya mentalidad ha sido formada por las películas de Hollywood.

Cerca de la medianoche, cuando se hizo evidente que cualquiera de los dos candidatos podía ser el ganador, recordé aquella frase lapidaria con la que Albert Camus empieza El mito de Sísifo: “El único problema filosófico verdaderamente importante es el del suicidio”. Entonces comprendí que la constante en Inglaterra o Colombia o los Estados Unidos es que esas sociedades acorraladas por la desesperanza han decidido suicidarse. Cuando se pierde el sentido del valor de la vida, cuando sentimos que nuestras condiciones son miserables e irremediables, nuestros actos los dicta una curiosa voluntad de mandarlo todo al carajo.

Entrada la madrugada del miércoles, las noticias indican que el ganador es Donald Trump y que el futuro que nos espera será un “reality show”. Ahora entiendo que lo que estaba en juego con estas elecciones era nuestra transición lenta o rápida hacia las sociedades apocalípticas que nos mostraban las películas de ciencia ficción. En adelante la consigna será: “Sálvese quien pueda”. Tal vez los que sobrevivan descubran entre las ruinas una esperanza. Las luces se han apagado. Comamos nuestras crispetas. Ya empieza el espectáculo de nuestra destrucción.
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