Ambientada en Río de Janeiro, está narrada con desparpajo casi procaz por el escritor Gustavo Flavio, mulato gordo, pedante e insufrible, sátiro y hambrón, cuyo seudónimo es homenaje a Gustave Flaubert
/ Esteban Carlos Mejía

Rubem Fonseca puede ser revulsivo. Para leerlo se necesitan mente abierta y estómago de hierro. Sus obras parecen cocteles de martirio: rodajas de prestobarba mezcladas con virutas de latón en un sorbete de vitriolo. En vez de agua tónica se puede agregar nitroglicerina al gusto. Así es la novela Pasado negro (Bufo & Spallanzani), de 1985.

Ambientada en Río de Janeiro, está narrada con desparpajo casi procaz por el escritor Gustavo Flavio, mulato gordo, pedante e insufrible, sátiro y hambrón, cuyo seudónimo es homenaje a Gustave Flaubert. En una cadena de tropezones eróticos, malentendidos policíacos, elucubraciones librescas y estridentes comilonas, cuenta el amor de Gustavo Flavio por dos mujeres muy distintas: Delfina Delamare, bellísima y sofisticada personalidad de la alta sociedad, y Minolta, hippie post hippie. Las intrigas de sexo, pasión y muerte concluyen en un final agridulce, no tanto por lo inesperado como por lo fatal. Ah, y esto lo dejé para lo último por obvias razones: abundan los sapos, sapos vivos, muertos, venenosos, feos, horribles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón.

* Día tras día. ¿Y la efeméride literaria de esta semana? El 7 de octubre de 1991 moría en Roma, a los 75 años de edad, una abuelita de respeto, la escritora italiana Natalia Ginzburg, cuya lectura refresca la mente y suaviza la crispación en que vivimos.

De soltera, Natalia Ginzburg se llamaba Natalia Levi. Asumió el apellido de su primer esposo, Leone Ginzburg, editor antifascista, con el que vivió entre la zozobra de la política y el sosiego de las tareas intelectuales. Sus escritos giran alrededor de asuntos cotidianos y domésticos, teñidos de nostalgia y mucha ternura. La editorial Lumen acaba de reeditar tres de sus obras más conocidas: Todos nuestros ayeres, Léxico familiar y Las tareas de casa y otros ensayos: de la ficción a no la ficción a través de un mismo territorio de evocaciones íntimas y añoranzas perdidas.

Algunas la reverencian como pitonisa del feminismo. A principios de año, Luis Alemany escribió en El Mundo, de Madrid: “Su manera de ser feminista consistió en luchar, beber, fumar y hablar como un hombre. Pero no escribía como un hombre”. Bien hecho.

* * Body copy. “¿Qué es la ficción? Una respuesta instintiva: lo contrario de la realidad. Pero, como escribió el novelista argentino Juan José Saer, si bien la verdad es lo contrario de la mentira, la ficción no es lo contrario de la verdad. Por más que esté construida como una mentira intencional, no busca perseverar en el engaño, sino construir verdades distintas, autónomas y coherentes con sus propias reglas. (…) La frontera entre ficción y realidad no es unívoca, sino tenue y permeable: depende de la creencia, no de los hechos. La ficción siempre aparece cuando un autor o un lector lo deciden: un texto puede ser considerado como no ficción por quien lo escribe y como ficción por quien lo lee, y viceversa. Uno puede leer a Freud o a Marx como si fueran novelistas, como sugirió Borges”.

Jorge Volpi. Libros, escritores, lectores, en Mentiras contagiosas (2008). Tomado de 21 ensayos. Una selección de Leer y Releer. Universidad de Antioquia, 2015.

* * * Vademécum. ¿Revulsivo? “Vomitivo o purgante”. ¿Vitriolo? “Ácido sulfúrico”. ¿Procaz? “Desvergonzado, atrevido”. ¿Hambrón? “Muy hambriento”. ¿Ingrávido? “Ligero, suelto y tenue como la gasa o la niebla”. ¿Crispar? “Irritar o exasperar a alguien”.

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