Eres astuto. Rápido, gatillo veloz. Precavido y desvergonzado al mismo tiempo. Con simpatía y cinismo. Intrépido. Sentimental. Capaz de atravesar medio valle de Aburrá para conseguir y entregar tu droga
/ Esteban Carlos Mejía

¡Jíbaro de libros! ¡Dealer de fantasías, sueños y utopías! Siempre, o casi siempre, estás en el lugar correcto en el momento correcto. Tú palabra, susurrada al oído, nunca, o casi nunca, lastima o se equivoca. Te acercas sigiloso, a veces en puntillas para no molestar la visita a tus estanterías, y con voz aún más discreta inyectas tu veneno. “Profe, mire lo que acaba de llegar”, y ¡zas! sacas a Borges, de Adolfo Bioy Casares, un mamotreto tan gordo como dos o tres biblias juntas. O te agachas para rebuscar una novela de Philip Roth, El animal moribundo o La mancha humana, ambas escalofriantes, como tu sonrisa de bibloalcahueta o bibloalcahuete. “¿Cierto, profe, que a usted le encantan Michael Onfray y Christopher Hitchens?”. “¿Parezco ateo?”. “No, profe, usted tiene cara de monaguillo regañado… Por eso, llévese el Manual de ateología o Dios no es bueno, serán su salvación, ya verá”. Librero anónimo: conoces mis gustos y mis disgustos. Por nada del mundo me ofrecerías algo de Donald Trump, por ejemplo. O de Harold Alvarado Tenorio. Jamás me comparas con tus otros clientes. Para ti, soy único, irrepetible, un conejillo de Indias para contemplar y contemplar, sin descuentos ni promociones, eso sí, pues bien sabes que no soy fetichista, lo mío es el contenido de los libros, no el contenedor, esos bellos objetos llamados libros.

Oh, librero sin nombre, déjame decirte unas cuantas palabras sobre tu venerable conducta. Eres astuto. Rápido, gatillo veloz. Precavido y desvergonzado al mismo tiempo. Con simpatía y cinismo. Intrépido. Sentimental. Capaz de atravesar medio valle de Aburrá para conseguir y entregar tu droga, esos artefactos del buen Johannes Gutenberg. No eres un vendedor. ¡Eres un chamán!

* Body copy. “O sea que las cosas no han sido todavía sino que van a ser, no pasaron así, sino que van a suceder ahora, en estas páginas, nadie sabe cómo, no tienen un principio ni un orden otro que el tú les des, e incluso la sucesión de renglones, de párrafos, de páginas puede ser alterada porque, aunque inflexible en su estructura, es deliciosamente arbitraria. Por eso sacas de la máquina el papel en que habías escrito

Un ladrimugidolúgubre que venía de la cala un poco por divertirte, mientras aún es tiempo, imaginando el gozo de los leídos de tu paisito que podrían ahorrarse, después de esa frase, el resto del libro y decir cuando se ofrezca, en caso de que llegara a ofrecerse: Sí, pero tiene influencia de Joyce, tal como se ahorraron el resto de Joyce, y porque cuando se hallan frente a un relato respetuoso del orden cronológico o lógico o gramatical, o sea respetuoso del orden a secas, jamás se les ocurre decir: Influencia de Zola o de Gorki –que no lo fueron en su época-, y haces una pelota que va a parar a un rincón del piso, a un canasto, a la chimenea y, como si ya entraras a padecer de veras, colocas otra hoja y creyendo que ese será el comienzo, comienzas”.

Jorge Enrique Adoum. Entre Marx y una mujer desnuda. 1976.
* * Vademécum. ¿Alcahueta o alcahuete? “Persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa, generalmente ilícita”. ¿Contemplar? “Complacer excesivamente a alguien o ser condescendiente con él, por afecto, por respeto o por interés”. ¿Chamán? “Hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar, invocar a los espíritus, etc.”.
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