La máxima cartesiana, “pienso luego existo”, se ha transformando en “compro luego existo”
/ Bernardo Gómez

Se ha impuesto en nuestra sociedad lo que algunos han denominado la moral del éxito, según la cual, la existencia de una persona se mide por sus triunfos alcanzados o por sus logros económicos conquistados, acompañados del reconocimiento social. Es una moral donde se impone, como objetivo central de la vida, el tener y el poseer, el brillo, la apariencia, la misma eficacia y el aplauso. Una moral que confunde felicidad con placer.

Eugène Delacroix pintó en 1827 La muerte de Sardanápalo –una escena macabra– y plasmó en ella algo que Aristóteles atacaba: el hedonismo. Hedonismo significa la búsqueda del goce, la entrega a las pasiones carnales. Para el filósofo griego la felicidad no consistía en conseguir los placeres, por el contrario, sostenía que se es feliz cuando nuestro comportamiento se opone al placer, dedicándose a la acción política y a la contemplación.

Sardanápalo fue rey de Asiria, popular por su vida escandalosa, y murió en el año 625 a.C. En la obra, Delacroix recrea el terrible final; Sardanápalo, al reconocer su derrota, ordena asesinar a todas sus mujeres, esclavos y ganado para luego suicidarse. El protagonista de la escena aparece en el ángulo superior izquierdo de la pintura, observando la atroz matanza.

La felicidad no es equivalente al placer, sin embargo, tampoco se opone a él. No se obtiene por la estimulación de un órgano, una glándula o un tendón. En nuestra época, la felicidad se identifica también con la obligación de tener más, esto explica el afán de ser mostrada y demostrada; cuando más se tiene, se es más. Hemos confundido el ser con el tener. La máxima cartesiana, “pienso luego existo”, se ha transformando en “compro luego existo”. Tenemos la sensación de que las mercancías que compramos tiene en sí mismas el poder mágico de proporcionarnos felicidad. Las cosas pasaron de ser un medio para conseguir lo que deseamos, a ser objetos de nuestro deseo.

Sería interesante preguntarnos con sinceridad y sin engaños ¿en qué consiste la felicidad? ¿en obtener dinero para comprar todos los objetos que nos ofrece la publicidad? ¿en llegar al paraíso? ¿en el éxito, la belleza, el amor, la salud? ¿en conseguir todos los placeres?
El confort o el bienestar material no puede ser identificado con ese estado que anhelamos, llamado felicidad. La plenitud interior tiene que ver con la realización de nuestros valores, sueños y esperanzas, con la satisfacción y el gozo de cumplir con la misión que da sentido a nuestra existencia.

Termino con las palabras del filósofo francés Marcel Légaut: “Todo le será quitado progresivamente al ser humano, hasta su ultimo aliento, hasta su última mirada retenida con la extraña avidez que manifiesta la fijeza del cadáver, pero si ha sido fiel a la llamada interior, aunque privado de la posesión de cualquier cosa que sintiese como segura en el pasado, le quedará lo esencial, sin velo ni sombra”.
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