No es extraño que muchos de los primeros relatos escritos que se conservan sean historias de viajes, como el poema de Gilgamesh que se considera la obra épica más antigua de la humanidad, y, por supuesto, la Odisea, para citar solo dos ejemplos ilustres
/  Alfonso Arias Bernal

El de los seres humanos es un linaje de viajeros. De los más de tres millones de años transcurridos desde la aparición de los primeros homínidos, sólo los últimos diez o doce mil años hemos sido sedentarios; el resto del tiempo fuimos nómadas, viajeros y exploradores. Quizás por eso disfrutamos tanto del hecho de viajar: lo llevamos en los genes. Seguramente en tiempos remotos, al final de la tarde, reunidos alrededor de una hoguera, los hombres del paleolítico se contaban historias entre ellos. ¿De qué hablaban? Es seguro que compartían impresiones sobre lo experimentado en sus correrías; se contaban anécdotas sobre lo que habían visto; rememoraban aventuras, en fin, hablaban de viajes. Por eso no es extraño que muchos de los primeros relatos escritos que se conservan sean historias de viajes, como el poema de Gilgamesh que se considera la obra épica más antigua de la humanidad, y, por supuesto, la Odisea, para citar solo dos ejemplos ilustres.

Myanmar - Birmania. Fotomontaje

Tan hondamente está grabada en nuestra humanidad la impronta de los viajes, que es presumible que este género de literatura seguirá seduciéndonos y deleitándonos por siempre. Grandes escritores han dedicado miles de páginas a contarnos sus viajes: Somerset Maugham que viajó por Birmania y Viet Nam; Chateaubriand, que fue de París a Jerusalén; Flaubert visitó Egipto; Rabindranath Tagore escribe sobre su viaje al Himalaya cuando contaba trece años, en compañía de su padre; Heinrich Böll escribe su Diario irlandés, G. K. Chesterton, Lo que ví en América y Goethe pasea pensativo por Italia. Habría desde luego que hablar también de Marco Polo, de Ibn Batutta, de Alí Bey, de David Livingstone y Henry Morton Stanley en lo profundo de África.

Recientemente leí Diarios de viaje, de Arthur Schopenhauer. El libro describe un viaje de tres meses realizado cuando solo contaba doce años, y otro viaje, de casi un año y medio, realizado cuando tenía quince y dieciséis. Recorrió lo que hoy son Alemania, República Checa, Holanda, Inglaterra, Francia, Suiza y Polonia. Resultan sorprendentes la calidad literaria del escrito y los conocimientos que demuestra sobre todo en asuntos científicos y artísticos. Schopenhauer describe la impecable limpieza de las casas de Holanda y la ejecución de unos reos en Londres; nos cuenta su visita la Biblioteca Nacional de París y al Louvre, y cómo observó al Primer Cónsul Bonaparte pasando revista a sus tropas en la plaza de las Tullerías; en Nimes admiró el anfiteatro romano y la maison Carrée; en Lyon recordó las atrocidades de Fouché que destruyó la ciudad hasta los cimientos y asesinó a miles de ciudadanos; en Tolón se apiadó de la suerte atroz de los condenados a galeras. En “la risueña y celestial Suiza” admiró a Ginebra, la cuna de Rousseau, y a Lausana, desde donde hay una vista soberbia de los Alpes. Sobrecogido visitó el valle de Chamonix y al glacier des Bossons en las estribaciones del Mont Blanc. Pasó por Lucerna y ascendió al monte Pilatus. Admiró la vista del pantano, a los pies del monte, donde se dice que Poncio Pilato vivió desterrado sus últimos años. Visitó la cascada del Rin junto al castillo de Laufen; admiró la bella Munich la cual, dijo, “se asemeja a un pequeño París”. En un patético pasaje describe al emperador Francisco I de Austria, suegro de Napoleón: “Ambos iban vestidos de manera muy modesta. Él es un hombre enjuto cuyo rostro, de una extraordinaria necedad, parece más bien el de un sastre que el de un emperador. Ella no es bonita, pero parece inteligente”. Vio el amanecer en la cumbre del Schneekoppe, el monte más alto de Alemania, en las Montañas de los Gigantes, y quedó asombrado con la vista que desde allí se contempla: “Flotaba el sol en lo alto lanzando sus primeros destellos sobre nosotros, primero se reflejó en nuestras encantadas miradas mientras abajo, en toda Alemania, era todavía de noche”. Antes de arribar a Berlín pasó por su querida y admirada Dresde, “tan bella e interesante”.

Arthur Schopenhauer (“el apasionado y lúcido Schopenhauer” como lo calificó Borges) nació en Danzig, hoy Gdansk, en Polonia, heredera de una potente tradición comercial y una de las famosas ciudades estado de la Liga Hanseática. Para principios del siglo XIX la existencia independiente de la ciudad se veía seriamente amenazada por las aspiraciones expansionistas de Prusia, así que el padre de Schopenhauer, adinerado comerciante, decidió dejar su ciudad y trasladarse a otra parte. Viajó con su mujer embarazada a Londres, con el secreto deseo de que su hijo naciera en el Imperio Británico y se convirtiera en ciudadano inglés. No obstante, aparentemente incómodo y celoso por las muchas atenciones que recibía su esposa en Londres, cambió de parecer y regresó a Danzig, donde finalmente nació Arthur Schopenhauer en 1788. Apenas cinco años después trasladaron su residencia a Hamburgo.

Schopenhauer es un importante heredero de Kant y un filósofo que ha tenido sucesivamente épocas de aceptación y de rechazo por parte de la comunidad académica. El libro en el que expone su sistema filosófico, El mundo como voluntad y representación, pasó prácticamente inadvertido cuando se publicó en 1819. La obra que lo llevó a la fama fue Parerga y paralipómena, publicado más de treinta años después, en 1851. A partir de allí gozó de gran popularidad, pero al llegar el siglo XX desapareció nuevamente de todos los programas de filosofía y cayó en el olvido hasta mediados del siglo, cuando se le “redescubrió” como fuerte influenciador de las obras de Nietzsche y de Wittgenstein.

Schopenhauer es conocido por su pesimismo, su mal carácter y su misoginia, pero con todo y sus grandes defectos fue un gran pensador, un hombre cultísimo y uno de los grandes escritores alemanes del siglo XIX. El viaje que realizó en su adolescencia fue fundamental en su formación como persona y como filósofo. Su actitud de cierta aristocrática arrogancia proviene quizás de aquel sentimiento experimentado en la cumbre del Schneekoppe cuando él veía la luz del sol, “mientras abajo, en toda Alemania, era todavía de noche”. El pesimismo de su pensamiento proviene tal vez de las miserias humanas, del dolor y de la desgracia que llenan el mundo y que él contempló directamente durante su viaje juvenil.
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