Se empieza a manifestar lo que no hemos tenido en nuestra historia: una sociedad civil actuante. Si bien la abstención fue más alta que de costumbre y la manipulación mediática determinó el voto de muchos ciudadanos, las cosas parece que van tomando una dirección distinta
/ Héctor Escobar Restrepo

¿Alguien puede tener la ingenuidad de pensar que la propaganda política se dirige a nuestra inteligencia, a la razón? Despertar, hacer saltar las emociones atávicas del ser humano, es lo que busca. Para qué engañarnos: todos los partidos y movimientos políticos hacen uso de esto , desde siempre. Qué tan radical o extremo es cada uno de ellos, lo da la medida de cuánto miedo, venganza y rabia está dispuesto a desatar, hasta dónde es capaz de llegar. Esto es lo que hace la diferencia. En cuanto a si el mensaje es verdadero o falso, eso no importa, nunca ha importado en política. Lo realmente importante es qué tan efectivo pueda ser. La diferencia en este caso la hace el calibre de las mentiras y falsedades que cada partido se atreve a difundir. Desde los tiempos del Imperio Romano se ha dicho: calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda... Como se ve, no se trata de algo nuevo.

Goebbels planteaba que la propaganda debe operar a partir de un sustrato preexistente de odios y prejuicios. Y de frustraciones colectivas, añadiría yo. En cuanto a odios, de eso no nos ha faltado en este país: desde todos los lados y desde hace mucho tiempo. En los guerreristas no son de extrañar; pero lo que no deja de llamar la atención son los odios viscerales de muchos de nuestros pacifistas... Así son las cosas en Colombia.

Visto en perspectiva el resultado del plebiscito ha tenido una enorme virtud: llevarnos al límite. Aunque impensado, su desenlace nos abre un panorama: nos deja en evidencia que no hay salida distinta que reconocer al otro. Piensen ustedes qué estaríamos viviendo si la victoria de cualquiera de los bandos hubiera sido apabullante: muy probablemente los ganadores estarían dirigiendo su artillería pesada para hacerse a la hegemonía y desconocer el otro país que también existe: esto es lo que ha sido propio de nuestras tradiciones republicanas.

Pero hay algo de verdadera importancia. Se empieza a manifestar lo que no hemos tenido en nuestra historia: una sociedad civil actuante. Si bien la abstención fue más alta que de costumbre y la manipulación mediática determinó el voto de muchos ciudadanos, las cosas parece que van tomando una dirección distinta.

Es natural que la abstención haya sido alta: esto simplemente refleja la magnitud del clientelismo. Como no estaban en juego curules ni cargos, los políticos no sacaron a su gente a votar, no exigieron a contratistas y empleados públicos la cuota acostumbrada de votos. Lo que estaba en juego no tenía mayor importancia: era el país.

Pero también se adivina en el ambiente que el país quiere presionar para que se encuentren soluciones. Las decisiones políticas a que estamos abocados son demasiado serias para ser dejadas solo a los políticos: la gente se propone ser protagonista. Esto puede dar origen a movimientos que se sitúen en el centro del espectro político (centro con minúscula, se entiende), y a nuevos liderazgos. La gente está cansada de extremismos: quiere ensayar cómo es aquello que se usa en algunas partes, que es dirimir las diferencias hablando...

Coletilla. De pronto el surgimiento de nuevas formas de expresión y organización ciudadanas sirva también para que Colombia empiece a sacudirse de los combos político-delincuenciales que ejercen su presencia en todos lados. Sería una consecuencia no prevista del plebiscito. Ojalá.
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