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Por: Juan Carlos Orrego
Hasta hace un par de semanas, el cusumbo (animalito omnívoro de cola anillada, conocido en términos más formales como “coatí” y clasificado como Nasua nasua en los puntillosos álbumes científicos), había tenido fama en Colombia gracias a que su nombre, usado como apodo, distinguió al personaje de un gamín lustrabotas que animó la televisión nacional hasta la tarde de algún viernes de 1986. ¿Quién, que haya nacido antes de 1980, no asocia por instinto de su mente la palabra “cusumbo” con la cara juvenil del actor Diego Ospina, hoy en día acomodado en el “cuarto piso” de la edad?
Sin embargo, una segunda -para los más jóvenes primera- acepción histórica y colombiana de la palabra comenzó a tener vigencia la tarde del pasado miércoles 2 de julio, cuando uno de los rehenes arrebatados a las Farc -el cabo José Miguel Arteaga- bajó del avión redentor con un cusumbo a sus espaldas. Por más que el nuevo rostro de Ingrid Betancourt -así como su inesperado y vehemente uribismo- concentraran la atención de todos los testigos directos y televisivos de la escena, alguna porción de la inquietud nacional no quiso perder de vista las evoluciones del animalejo entre la barahúnda emocionada de ex secuestrados, militares, periodistas y testigos innecesarios del arribo. Quienes trasmitían el acontecimiento, desesperados por establecer la identidad o condición del animal, acabaron rotulándolo con el primer nombre que cruzó por sus livianas cabezas o que les suministró algún asesor de pacotilla: lo llamaron “zorrillo” -como si alguien pudiera llevar a cuestas una mascota semejante-, “zarigüeya”, “mapache” y “roedor”; poco faltó para que lo confundieran con un oso de anteojos.
Prueba de la riqueza de este episodio del cusumbo es que admite ser considerado desde dos puntos de vista: uno abiertamente frívolo y otro cruzado por un espinoso asunto ético. Lo primero se ha manifestado con cómica variedad, desde el uso irónico del nombre vulgar del animal para designar los nuevos tiempos políticos (hay quien dice que se “cusumbizó” el conflicto, o que la nueva fase que ahora vive el proyecto reeleccionario del Presidente puede ser denominada como “cusumbopolítica”) hasta los chistes sobre las prebendas que, ante los ascensos y condecoraciones para los liberados, corresponderían también al bicho de cola anillada: Tola y Maruja, por ejemplo, opinaron que el coatí iba a ser acomodado en el escudo nacional, en reemplazo del vetusto cóndor de los Andes. Para otros, la mascota sonaba para la cartera de Medio Ambiente, y afirmaban que, en el peor de los casos, se quedaría con el prestigiosísimo Zoológico de Pereira… Al final se tuvo que conformar con el de Villavicencio.
La reflexión profunda que hay de por medio tiene que ver con la contradictoria situación vivida en Catam: el arribo de quince liberados y un capturado; entre vivas y abrazos a diestra y siniestra, y lágrimas y rezos por el fin de las cadenas, el cusumbo se debatía nervioso y visiblemente incómodo por la cuerda y el arnés que lo reducían a la abyecta condición de cautivo. Y lo peor: en una especie de irónico desplazamiento de la crueldad guerrillera, a los nuevos secuestradores les tenía sin cuidado la tragedia del pequeño mamífero. Para limpiar del todo el operativo hizo falta un asesor de la Casa de Nariño en el avión, para que ordenara, antes de tocar tierra, la rápida desaparición del inconveniente animal.
A estas horas el cusumbo dormirá sin placer, tenso y angustiado, guardado en un campo de concentración animal. Lo atenderán biólogos, veterinarios y zootecnistas, pero él añorará los salvajes abandono y anonimato de la selva. No debe dudarse que, si volviera allí y hablara, se saludaría a sí mismo con un entusiasmo estentóreo similar al del sargento Marulanda, y gritaría “¡Bienvenido a la libertad!”.
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