Obras del Museo Ed. 297/Paisaje de la Sabana

    Aunque Paisaje de la Sabana, de Francisco Antonio Cano, puede parecer una pintura pequeña y sin demasiado interés, encierra, en realidad, una gran cantidad de problemas que nos revelan la manera tan compleja como su autor entendía la producción artística y, sobre todo, nos acercan a nuestra relación con el arte.

    Paisaje de la Sabana es una pintura al óleo sobre madera, de 22 por 34 centímetros que Cano pintó en 1916 y dedicó a su discípulo y amigo, Apolinar Restrepo, cuyo hijo, José Fernando Restrepo, la donó al Museo en noviembre de 2000. Es decir, han pasado casi noventa años desde el momento en el cual Cano realizó esta obra; y ese largo período de tiempo puede llevarnos a asumir dos actitudes contrapuestas y, como consecuencia, dos valoraciones completamente distintas, no solo de esta obra concreta sino de toda la historia del arte.

    Por una parte, muchas veces tendemos a mirar estos trabajos como objetos del pasado que todavía se conservan; realizados hace años, a partir de una visión del mundo que no es la nuestra, acaban convertidos en cosas valiosas que los museos guardan como se guarda un tesoro, y solo pueden despertar admiración y respeto porque, en definitiva, jamás serán algo que nos pertenezca. Un arte que no es nuestro.

    Pero existe otra actitud: la de quienes se dan cuenta de que estos tesoros no son cosas del pasado sino realidades del presente, siempre nuevas, a las que nos enfrentamos con nuestros propios puntos de vista. Así, ni el Museo es un mausoleo ni la historia del arte es recuento de antigüedades sino espacio de experiencias vitales.

    Cuando, con nuestra percepción contemporánea, miramos esta pequeña tabla pintada, descubrimos a Francisco Antonio Cano no como un artista “pasado de moda” y aferrado al pasado sino abierto a la reflexión a través de su trabajo pictórico. Por un lado, Cano estructura muy bien su cuadro con el cruce de una horizontal y una vertical que crean cuatro sectores bien definidos. Pero no se detiene en una composición estática sino que, a través de pinceladas muy ágiles –que a veces dejan descubierta la madera que se convierte en un color adicional–, genera un clima de velocidad que es coherente con la sensación de la naturaleza que enfrenta.

    Se podría afirmar que es un cuadro “impresionista”; pero eso no es tan importante. Lo que encontramos en Paisaje de la Sabana es una concepción de la pintura como impresión y proceso subjetivo, como experiencia y expresión vital. Quizá Cano no lo pretendía de manera consciente, pero con obras como esta nos revela que, como pintor, vive y habla solo a través de sus colores y de sus manchas.