Obras del Museo Ed. 290/Sin título

    El cuadro de Sam Francis, Sin título, debe ser mirado como algo que ocurre ante nosotros de manera real. Es evidente que se trata de una pintura “abstracta”, en el sentido que usualmente damos a esa palabra, cuando la obra de arte no pretende reproducir la apariencia de ningún elemento de la realidad exterior. Sin embargo, de una manera más precisa, deberíamos afirmar que esta es una pintura “concreta” porque ella es, exactamente, ella misma, una realidad material que es la propia obra.

    Esta pintura Sin título, de 101.5 por 68.5 centímetros, en acrílico sobre papel, fue realizada por el artista norteamericano Sam Francis en 1965, en el contexto del movimiento llamado Expresionismo Abstracto o Pintura de Acción, que había logrado su mayor desarrollo en Estados Unidos a mediados del siglo. La idea fundamental de estos artistas es la de crear una obra que es producto y manifestación de la directa actividad pictórica. Pero ello no se entiende en un sentido tradicional, pues toda obra, incluso la más clásica, es resultado de acciones como dibujar, extender los colores o modelar que, en sentido general, buscan hacer concreto un pensamiento previo que es su base y da sentido al trabajo. Ahora lo fundamental y primario es una actividad que se justifica por sí misma; aquí la pintura es, literalmente, la acción del artista, y en esto consiste toda la obra. Claro que siempre será posible detectar formas de pensamiento porque tampoco se trata de un asunto mecánico: por el contrario, lo que el pintor pretende es producir una obra que se identifica con un momento de su propia vida, justamente aquel que ha empleado en crearla.

    Para hacer patente que se trata de una acción y no de la materialización de un pensamiento previo, Sam Francis trabaja aquí con los colores básicos, es decir, rojo, amarillo y azul, además del verde, que resulta de la mezcla de los dos últimos, y del blanco del papel: colores primarios para el gesto primario de extenderlos en áreas más o menos libres alrededor de la gran zona blanca que se hace más visible por las salpicaduras de color que el artista lanza sobre ella. Una pintura veloz en la cual se hace imposible controlar todos los detalles pero que, al mismo tiempo, invoca la necesidad de una concentración total y el reconocimiento del valor supremo de la vida y de la existencia humana.