Nostalgia continental

La suma de los cambios arroja un saldo positivo si se piensa en los muchos talleres grises y mangas criminales que se han remplazado por pabellones de ciencia o plazoletas que usarán los enamorados aficionados o los circos mexicanos. Sin embargo, el aspecto de la nueva ciudad también implica una punzada en el corazón, y ello sin que, necesariamente, tenga que irse a pique otro Teatro Junín. Sentí el alfilerazo hace un par de días, cuando, de paso por el cruce de Palacé con la Avenida 1.o de Mayo, descubrí en lo que devino el local que fue de la Librería Continental: un parqueadero para motos. No quiero decir que la planeación de Medellín haya forzado al cierre del templo libresco -sabrá la familia Vega qué oscuros demonios fueron los que llevaron a la liquidación de la librería, cuya persiana cayó definitivamente en 2003, a 60 años de su fundación y luego del sangriento remate de sus existencias-, pero es claro que la Medellín de las calles vedadas, los estacionamientos regulados y la persecución contra los conductores fue la que, en últimas, sugirió el plebeyo nuevo uso del entrañable local.

En mi triste excursión, lo primero que hice al pasar frente al dichoso garaje fue reconstruir, en la imaginación, la disposición de estantes y libros que se mantuvo hasta el último día: primero estaba la vitrina con las novedades y los volúmenes de gran formato, adosada a ella la caja registradora y más atrás, sobre la interminable pared sur, la literatura colombiana, la universal, la latinoamericana, la poesía… En fin: un acogedor jardín de libros de todas las materias que se distribuía en varias salas, lado a lado, hacia arriba o hacia abajo a través de escaleras. Consciente de la exageración, cito unas líneas de Borges relacionadas con mi evocación y en las que apenas cambio una palabra: “El universo (que otros llaman la Librería) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas…”.

El ronquido de un bus me volvió a la grasosa realidad: donde antes se habían exhibido, con arrogancia y lujuria, las obras pictóricas de Grau y Degas, reposaba una vetusta motocicleta negra, raspada y abollada por la desmaña de su propietario. Más atrás, un enorme y empalagoso vehículo -que, más que moto, parecía la nave espacial diseñada por un niño enfermo- afrentaba la humildad del rinconcito en que antes reposaron “María”, “Manuela” y otras novelas colombianas deliciosamente provincianas. Un lago de aceite inundaba el piso en que antes se afirmaron Shakespeare y Balzac, ahora más duchos en empaques y válvulas que en dramaturgia o realismo. Un aviso sobre horas y tarifas se levantaba donde antes se leían títulos grandilocuentes como “El siglo de las luces”, “Yo el Supremo” y “El mundo es ancho y ajeno”.

En otras décadas, el uso de los edificios evolucionaba con el romanticismo que hace de una cárcel un convento, o viceversa. Pero la vida moderna es descaradamente vulgar, y día a día propone cambiar el altar por la taquilla y el corazón por el carburador. Sonreído, el fantasma de Carrasquilla deambulará por Palacé viendo a lo que nos llevó “tanto dinero y tantísima civilización”.

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