¡Música contra la agonía de la luz!

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Pero bueno, no seamos tan ingratos del todo: la música de Hans Zimmer y Thomas Bergersen es sobrecogedora y, puesta a yo no sé cuántos miles de vatios de volumen, lo eleva a uno del piso y lo saca del bostezo durante tres o cinco minutos cada que aparece

/ José Gabriel Baena

Por eso de que cualquier parecido con la coincidencia es pura realidad, la semana pasada coincidieron en nuestro espacio–tiempo terrícola el cometizaje del robot Philae y el estreno de Interstellar, la nueva película de ciencia ficción dirigida por Christopher Nolan. Y a decir verdad me emocionó más la hazaña de la pequeña nave tamaño lavadora que fuera portada por la sonda “Rosetta” durante 10 años, persiguiendo al cometa 67P, que la cinta inconmensurablemente pedante y prosopopéyica, y por lo tanto fatigosa a morir durante sus tres horas de duración.

Lo de Rosetta y su hijita Philae es un triunfo absoluto de la ingeniería espacial y sobre todo de la imaginación humana aunque solo haya durado unas horas el torrente de información enviada desde 500 millones de kilómetros de distancia. Allá en el cometa quedará una lucecita roja apagada esperando a que el sol vuelva a despertarla. E Interstellar, en mi humilde opinión de cinéfilo escéptico, es un fracaso exponencial elevado a la N algorítmica. Sobre la base de una buena posibilidad –el viaje de un grupo de astronautas a más allá de la velocidad de la luz a través de un “gusano” cósmico y buscando un planeta para llevar allí a la especie humana en peligro–, se elevó un guión como hecho a los trompicones, hasta con villano incluido. Pero de seguro fue la edición tijereteada brutalmente la que mató la película. Una desgracia y un desperdicio de decenas de millones de dólares en efectos especiales, y en el pago a los cotizados actores, que se limitan a recitar diálogos ya triviales ya supuestamente filosóficos, lo que es mucho decir. Solo se salva, vean ustedes, la que hace de niñita curiosa que dispara los acontecimientos en el planeta moribundo. Ni siquiera me hicieron mella los grandes ojos tristes de mi adorada Anne Hathaway… Y al director Nolan, a quien odié por su última película malévola de las tres de “Batman”, parece que nadie le hubiera dicho que su nave espacial es semejante a un inmenso batimóvil blanco. ¿O el diseño lo hizo de aposta?

Pero bueno, no seamos tan ingratos del todo: la música de Hans Zimmer y Thomas Bergersen es sobrecogedora y, puesta a yo no sé cuántos miles de vatios de volumen, lo eleva a uno del piso y lo saca del bostezo durante tres o cinco minutos cada que aparece. Está por supuesto claramente emparentada con la que viene desde la única película de ciencia ficción que se haya sobrevivido a sí misma: 2001 Odisea del Espacio, dirigida por Kubrick –1968– con las partituras de Gyôrgy Ligeti (y otros), con el álbum de Pink Floyd El lado oscuro de la luna y con algunas obras de Philip Glass. Algunos críticos dicen que se trata de música “atmosférica” siendo más bien “el sonido del estruendoso vacío”, y de todas maneras recomiendo a los lectores rockeros bajarla cuanto antes. Y, en cuanto a la mínima parte asignada al gran Michael Caine, es como si hubiera hecho un futuro “cameo”, lo que se dice cuando alguien “se actúa a sí mismo”, y en su lecho de agonía lo oímos declamar como un puñal que se nos clava al alma y mientras nos vamos de la incómoda sala, esos versos de la plegaria–poema de Dylan Thomas: “No entres dócilmente en esa noche digna… Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa porque sus palabras no ensartaron relámpagos, no entran dócilmente en esa noche digna… Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino, no entran dócilmente en esa noche suave. ¡Rabia, rabia contra la agonía de la luz!”.
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