Mujeres artistas: reivindicación de identidad y de libertad creativa

Todavía en pleno siglo 20, Débora Arango se vio rechazada cuando quiso aprender la técnica de la pintura al fresco porque, según se le dijo, una mujer no tenía fuerzas suficientes para una labor tan ardua

/ Carlos Arturo Fernández U.

Nadie podría poner en duda que los últimos dos siglos han asistido a una radical transformación de todo lo que tiene que ver con las artes visuales. Y una de las expresiones más claras de ese cambio se da por la abrumadora presencia de mujeres artistas que hacen que quede sepultado en el pasado el tradicional dominio masculino en este campo.

Frida Kahlo, Berthe Morisot y Doris Salcedo

Hablando en términos cronológicos, se trata de una situación bastante reciente que adquiere toda su fuerza solo hacia mediados del siglo 20. Es entonces cuando cada vez más mujeres presentan su obra en galerías, salones y bienales; y es también cuando la crítica y la historia del arte empiezan a reconocer su presencia y dejan atrás paulatinamente los esquemas machistas de valoración. Porque no era solo que antes hubiera pocas mujeres que se dedicaban al arte sino también que quienes lo hacían eran casi siempre juzgadas como inferiores. Quizá el caso más repetido es el de la pintora impresionista Berthe Morisot (1841-1895), durante mucho tiempo calificada como una artista menor solo por el hecho de ser mujer y preferir temas domésticos, cuando, en realidad, fue una figura clave del Impresionismo y la más fiel a la poética del grupo.

Por supuesto, siempre existieron casos esporádicos de mujeres artistas que incluso llegan a ser mencionadas entre sus contemporáneos, aunque ello fuera de manera casi siempre anecdótica. Pero en el pasado son todavía menos las que logran imponerse en un medio tan hostil y desarrollar su propia carrera, mientras que lo habitual es que queden ocultas tras la sombra del padre o del maestro que, en muchos casos, hacen pasar las obras de ellas como si fueran suyas.

Débora Arango
Beatriz González

No es posible dar una explicación simplista al vertiginoso ingreso de las mujeres en el campo artístico, un proceso que, por supuesto, no puede analizarse solo desde la teoría o la historia de las artes visuales sino que es la manifestación de cambios ideológicos, culturales y sociales muy profundos y diversos.

Sin querer agotar con una afirmación genérica la complejidad extraordinaria de los cambios producidos, conviene recordar que, nos guste o no, en los últimos siglos la producción artística se aleja progresivamente de los puros procesos técnicos que desde la antigüedad habían definido el arte como un “saber hacer”, transmitido a través de generaciones de maestros y discípulos; y en lugar del manejo de los oficios del dibujo, de la pintura y de la escultura se impone el arte como manifestación de una aproximación intuitiva y sensible de la realidad.

Esa nueva concepción les da el tiro de gracia a los viejos sistemas de educación artística que, a través de los gremios que venían desde la Edad Media, insistían en la idea de repetir como forma de aprender y, por lo tanto, en el poder de los maestros que protegían su negocio. Sin desconocer las radicales limitaciones que la sociedad imponía a la educación de las mujeres de entonces, también se debe tener en cuenta que mantenerlas alejadas de la agitación pública de los talleres artísticos era una manera de controlar el mercado. El asunto se cerraba afirmando que ellas estaban bien para labores decorativas, pero no para las grandes manifestaciones del arte. Todavía en pleno siglo 20, Débora Arango se vio rechazada cuando quiso aprender la técnica de la pintura al fresco porque, según se le dijo, una mujer no tenía fuerzas suficientes para una labor tan ardua.

Tal vez las condiciones en las cuales se desarrollaba el trabajo de las mujeres artistas en el pasado nos ayude a comprender que, en el fondo, nos encontramos con la dura realidad de que el arte tenía y sigue teniendo una dimensión en la cual es un ejercicio de poder, de la misma manera que la valoración crítica, la historia del arte y, obviamente, el mercado.

Por eso, la presencia masiva de mujeres en el arte contemporáneo es un fenómeno tan trascendental desde el punto de vista artístico, social y cultural. Y no porque pueda afirmarse que muchas artistas han abierto al arte las dimensiones de lo lírico y de lo íntimo sino, más bien, porque manifiestan de la manera más sobresaliente la reivindicación de la identidad y de la libertad creativa de todos los seres humanos, más allá de cualquier diferencia de género, pero también, justamente, posibilitada por la diversidad.