Miedos

pascual
Hasta que por fin llega el momento de huir, abochornado, dejando atrás la feliz alharaca de los victimarios. Por todo esto es importante marcar con vistosos colores esos expresos de la mofa y el escarnio
No voy a hablar del pánico y la paranoia que nos asaltan día a día en este país de horrores, ni del escalofrío que produce nuestra realidad bien sea en la calle o en la deformidad de las pantallas, ni del nerviosismo que nos hace sentir la inminencia del cuchillo donde solo asoma el codo inoportuno de un desconocido o la palma inesperada de un amigo. Hablaré mejor de algunos miedos más inofensivos, menos intensos. Miedos que producen en nosotros, luego del sobresalto inicial, una sonrisa burlona por la excesiva inquietud de nuestro espíritu y que han crecido en él de una manera tan particular como los gustos, las aversiones y las iras.

El primero de ellos surge ante la aparición de algo que normalmente es objeto de las más grandes consideraciones y los más celosos cuidados, algo que en algunos puede inspirar arrebatos de ternura pero que en mí desata una turbación y un azore propios de la visión de una figura espectral. Hablo de un bus escolar cargado con sus caritas ávidas de risas y burlas, que asoman por las ventanillas con los ojos prestos a la caza de una víctima, para hacerla acreedora de sus cuchicheos y sus bocotas abiertas y estridentes. La verdad es que son peligrosas esas hordas de muchachitos dispuestas a desbaratar cualquier orgullo, a celebrar con grandes alaridos el largo de una nariz, la amplitud de una frente, la desproporción de las orejas… Cuando el ingrato destino me lleva a compartir algún eterno minuto a su lado en un cruce o un semáforo, las manos comienzan a sudar, la mirada rehuye sus ojos escrutadores y las piernas se mueven inquietas esperando el momento de arrancar para quedar lejos de su alcance. En todo caso nunca he salido ileso por completo. Primero brinca algún apodo: “Hey, mirá a Jesús”. Y empiezan todos: “Jesús, Jesús, Jesús”. Y de pronto las variantes: “San Pedro, barbas, Moisés, Pablo Escobar, Abraham…”. Y luego las recomendaciones: “Afeitate cochino, comprá cuchillas amarrado…”. Hasta que por fin llega el momento de huir, abochornado, dejando atrás la feliz alharaca de los victimarios. Por todo esto es importante marcar con vistosos colores esos expresos de la mofa y el escarnio.

El segundo de esos temores personales hará que caigan sobre mí calificativos como insensible, cruel, facho ¿Pero qué hago? Uno no escoge los miedos y me tocó este en suerte. Le temo a todos aquellos, que por razones que ni el genoma y sus espirales podrían explicar, terminan habitando un mundo diferente del nuestro y miran absortos todo cuanto pasa, como si hasta en lo más simple durmieran los más hondos misterios. Digámoslo accediendo al descarnado lenguaje del Código Civil. Me asustan los mentecatos, los dementes, los imbéciles, los idiotas y demás ‘‘incapaces absolutos’’ como diría don Andrés Bello. Le temo a sus miradas sordas que no me permiten entrever qué caminos,

más tortuosos o más simples, siguen sus pensamientos, y miro turbado bien sean sus manifestaciones de afecto con sonrisas entrecortadas y alegrías desmedidas o sus rechazos con muecas excesivas y sonoras quejas. Su presencia me deja un poco aturdido y creo que ellos lo notan. Con el pánico desesperado y la irrupción de la fatalidad que produce el éxito de las argucias de los hombres frente a los animales, aparece el último de los temores que voy a comentar. El aleteo inútil y convulso de un pájaro en medio de una red o contra un vidrio que lo atrapa sin que pueda entenderlo, el frenético agitarse de un pez mientras siente que las manos de sus verdugos se acercan, la lucha infructuosa y callada de una lagartija ante las crueldades de un niño; me producen un estremecimiento infantil y unas ganas de huir tan fuertes como las del recién atrapado. Asusta ver en los ojos de otro la furia agónica que intenta desprenderse de la muerte presentida. Lo único que lamento es no poder cambiar los grandes pavores de los que soy usuario frecuente, por estos miedos de palpitar mediano.

Ojalá Medellín generara solo este tipo de miedos. Vivir en El Poblado se solidariza con Pascual Gaviria, columnista de esta casa en 2001, y rechaza todo tipo de censura y de violencia contra la libertad de expresión.