Mi árbol y yo

Los adultos ya no vemos los árboles como escaleras servidas hacia el cielo sino como los describen las páginas de la botánica, es decir, como una decorativa e intocable composición de raíz, tallo, ramas, hojas, flores y frutos. Con inconsciente mezquindad, censuramos la figura caótica de un árbol que tenga alguna rama baja, y deseamos la poda de lo que, en últimas, es el flamante primer peldaño de un magnífico castillo infantil. Otras veces arrugamos el ceño ante la maniobra juvenil de arrancar o derribar los frutos, como si se tratara de la más terrible profanación y como si pensáramos que solo los pájaros tuvieran el derecho de comer esa hostia jugosa (siendo honestos, solo resulta un poco más malvado aquel monstruo que no hace mucho, en Bogotá, disparó una escopeta contra el furtivo e inocente cazador de una naranja). La tradición escrita ha preparado nuestras cabezas para desconfiar de la aventura arborícola: en el famoso “En la diestra de Dios Padre” de Tomás Carrasquilla, la Muerte paga cara la imprudencia de trepar en un aguacatillo, y en la novela “Gran sertón: veredas” del brasileño João Guimarães Rosa, un muchacho que retozaba en un árbol es cazado y devorado por un ejército famélico que lo confundió con un mico; mientras tanto, hablan por sí solas las páginas del Génesis que relatan los infortunios de Adán y Eva luego de mordisquear una manzana.
Una novela de Italo Calvino, “El barón rampante”, se acerca más a las expectativas de la vida niña: allí, Cósimo Piovasco de Rondó, a sus 12 años, indignado por la soberbia autoridad de sus padres, trepó a una encina y no bajó nunca más. Nada más entendible: cuando se está en un árbol, acomodado sobre una rama firme y gruesa y protegido por un tupido y fresco follaje, lo que abajo sucede es por completo banal y prescindible; si la restante humanidad importa es solo porque puede ser espiada o atacada con alguna pepita. La vida en el árbol anula timoratas reglas sociales relacionadas con la ropa limpia y el sosiego forzado, y funda un nuevo orden en que solo importa el vigor personal: hay que subir hasta la rama más alta y romper el récord del mayor tiempo de permanencia entre la ramas. Pero lo esencial a la hora de estar montado en un árbol es sentirse escondido, a salvo de la intranquilidad del mundo y haciendo realidad el ideal -ni siquiera logrado por el balcón- de ver sin ser visto. Posiblemente eso fue lo que nuestros remotos antepasados más gozaron cuando, hace millones de años, se resistían a poner un pie sobre la sabana africana.
Presentados anécdota, lamento y reflexión, a esta columna solo le falta arremeter contra alguien o algo. Por tratarse apenas de una inofensiva crónica veraniega, dejaremos las cosas como están; pero que quede constancia de que lo más fácil sería criticar una ciudad donde a cualquier planchón de concreto con tres macetas se le llama “parque”, y donde en nombre del progreso se ha dirigido la motosierra contra muchos de los gigantes verdes que vieron crecer a Medellín.

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