Mi abuelo el Papa

Como le ha ocurrido a la mayoría de los que nacieron en los setenta —y como les ha ocurrido a todos los que lo hicieron hace menos de 26 años y cinco meses y pico—, a mí me pasa que Juan Pablo II ha sido el único Papa que he conocido y que he visto moverse en vivo, sin tener que recurrir a documentales de la BBC o de Telemundo. Siempre, el mismo hombre canoso, carilleno y con mirada de oveja ocupó en mi cabeza el concepto de “Papa” (uno no decía “Juan Pablo II”: uno decía “El Papa”), y ahora es muy difícil imaginar que pueda serlo otra persona; es como si ser tío o abuelo fuera un cargo que se pudiera relevar, y por eso ha acertado un comentarista eclesiástico cuando, en los compungidos noticieros del pasado 2 de abril, ha dicho que el difunto era algo así como un “abuelo de la humanidad”; sí, más o menos, y ése era el último que me quedaba desde que al papá de mi mamá lo arrebató un infarto en 1984.

Del Papa, así como de cualquier personaje público, se ha dicho esto y aquello: que fue un pastor heroico, que fabricó santos al por mayor, que era el viejo más tierno del planeta, que apoyó irresponsablemente la proliferación de la humanidad, que con valentía les cantó la tabla a los poderosos e, incluso, que era poeta (y ahí, sí, imposible saber si se trata de un rasgo bueno o malo). Como quiera que sea, a mí me caía bien. No soy bueno en asuntos de dogma y, la verdad, voy a misa cada cinco años para participar, con la frivolidad de quien se entrega inconscientemente a las costumbres locales, en los sacramentos; y mucho menos tengo ideas concluyentes en cuanto a asuntos de política y demografía internacional, pero, sin que nada de eso importe, yo veía en el Papa a una persona conocida, simpática, entrañable, necesaria.

Eso de ver al Papa mudo intentando hablar desde la ventana de sus aposentos me encogió el corazón de un modo inaudito. Cuando lo vi ese día, abriendo la boca en vano y tomándose la frente con desespero de calenturiento, pensé que la profecía del escritor criollo Andrés Burgos se había por fin cumplido, y que el Vaticano, impotente para confesar el fin de su líder, había empotrado un muñeco de felpa en los altos del palacio papal. Esa infortunada presentación pareció a muchos una descomedida afrenta contra el bienestar de un pobre viejo, pero no había nada qué hacer: el carisma del polaco no permitía hacer otra cosa que mostrarlo a él, histórico a pesar del maleficio de Parkinson. A su lado, poco significativa resulta la muerte de figuritas de revistas y costureros como Supermán o Lady Diana. Incluso, la pobre Terri Schiavo, que soportó una existencia vegetal de 15 años y una dramática agonía por inanición de 15 días para, con su muerte, hacerse símbolo de exaltadas causas, ha sido olvidada como por arte de magia. Bien se dice en las esquinas: gaseosa mata tinto.

Ahora, después de que se han ido al suelo las torres de Manhattan, que la furia de la naturaleza ha mostrado en Asia toda su saña apocalíptica y que ha muerto el legendario Juan Pablo II, bien puede decirse que el siglo xx por fin ha concluido. Mi segundo hijo, que nacerá en septiembre, pertenecerá irremediablemente a otra época.