Mencken

Contemos su vida a vuelo de murciélago: Henry Louis, nacido en Baltimore, EU, en 1880, a los 19 años abandonó sus estudios y se hizo reportero del “Baltimore Morning Herald”, ejerciendo como crítico de teatro, editor de temas ciudadanos y del Herald vespertino. En 1906 se traslada al “Baltimore Sun”, donde permanece durante años como editor, columnista o colaborador, pero también escribiendo para muchas otras publicaciones. Admiraba a Bernard Shaw y a Nietzsche. Entre 1914 y 1923 fue coeditor de una revista satírica, “The smart set” y en 1924 fundó el “American Mercury”, una revista cultural para “una minoría civilizada”, que duró nueve años. Dicen en la Red que “los rebeldes sociales admiraban la lucidez de Mencken, sus ataques demoledores contra la estupidez de la clase media, la mojigatería, las religiones organizadas, los políticos”. Como reseñador y crítico literario les dio madera en cantidad a los autores de segunda y puso en primera fila a escritores de avanzada como Theodore Dreisier, Sinclair Lewis y Joseph Conrad”. A mediados de los años 30 le parece a Mencken que su antipatía y su cinismo contra todo están fuera de época, vuelve el pasado y escribe sus tiernas memorias: “Días felices”. Un derrame en el 48 lo incapacita hasta su muerte en el 56.
De lo poco que se conoce de Mencken en español, conservo en mi mesita de noche al lado de la “Imitación de Cristo”, cual tesoro místico, una antología de sus “Prejudices” –seis volúmenes que recopilan sus reseñas y artículos de entre 1919 y 1927- titulada “Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos” ¿De quién se burla Mencken allí? ¿A quién alaba? Ladrillo por ladrillo y piedra por piedra todo cae a tierra: como decíamos, la Educación y las Universidades, las Religiones, la Política, la Historia, el Trabajo, la Autoridad, los Presidentes, la Muerte y sus Protocolos, la Psicología, la Moral, la Democracia, la Ciencia, las Mujeres, el Amor, el Matrimonio, la Familia, el Periodismo, el Arte, los Novelistas por contrato… Pero en cambio se deshace de admiración, por ejemplo, por las Putas y su honestidad, valentía e inteligencia frente al mundo que las ha puesto en la alcantarilla, se deshace en lágrimas cuando contempla a los niños de Baltimore rumbo a la Escuela en pleno invierno para caer en las garras de profesores tarados, es un fanático de la soltería y sus innúmeras ventajas, le gustaría vivir en un mundo donde todos sus habitantes vivieran perpetua y ligeramente embriagados: “No habría guerras”, etcétera.
Uno de sus tantos textos ácidos se refiere a una curiosa epidemia de suicidios en las universidades norteamericanas (1927). Se pregunta por las causas que llevan a tantos jóvenes a cerrar la puerta de sus nacientes vidas y “prometedoras” carreras, aventura hipótesis (el mundo gris que se les viene encima y la caterva de dirigentes que los rodea: obispos, rectores de universidades, conferencistas mercenarios y otros idiotas profesionales): “Si se conociera el futuro, todo hombre inteligente se mataría al instante y la República estaría poblada exclusivamente por cretinos”, y remata con una propuesta salvaje, que no nos resistimos a reproducir:
“A lo que me gustaría asistir, si semejante cosa se pudiera organizar, sería a una ola de suicidios entre los Rectores de las Universidades. Yo suministraría con mucho gusto las pistolas, cuchillos, cuerdas, venenos y otras herramientas necesarias. Más aún, me encantaría cargar las pistolas, afilar los cuchillos y anudar los lazos corredizos. El estudiante universitario que se arroja sin que nadie lo instigue en los brazos de Dios sólo se gratifica a sí mismo. Pero si un Rector de Universidad hiciera otro tanto, su acto se convertiría en motivo de vehemente e indeleble regocijo para grandes multitudes de personas. Lanzo la idea y la hago correr”.

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