Medellín, qué maravilla

     

    Medellín, qué maravilla

     
     
     

    Medellín es sin lugar a dudas una ciudad pujante, amable y con muchas oportunidades, pero la verdad, no es la ciudad más bella del mundo. En esta edición del periódico nos hacemos la pregunta sobre cuáles serían las Siete Maravillas que nos harían volver a este valle, buscando dar respuesta a esa pregunta obvia: ¿qué tenemos aquí que pueda competir de tú a tú con la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, las pirámides de Egipto o el barrio Gótico de Barcelona? La respuesta es inmediata: nada.

    Tenemos mucho para ofrecer, pero muy poco para mostrar, es la verdad, pero así también han sido muchas otras ciudades, hasta que deciden transformarse de raíz para que en su propia identidad, se puedan convertir en destino ideal. No solo se trata de tener unos edificios bonitos, es necesaria toda una infraestructura en transporte público, hotelería, gastronomía, además de otros atractivos, como seguridad, comunicaciones o comercio por ejemplo que le den brillo a esos hitos históricos o tecnológicos que se quieren resaltar. Medellín conservó muy poco de los edificios o barrios que había y que en el futuro serían mostrados como testigos de nuestro pasado: Laureles, barrio Lleras, Patio Bonito, Prado, parte del Centro. Hay que tener siempre presente que esos palacios que visitamos y admiramos en otras partes del mundo, alguna vez fueron la casa de alguien.

    Las ciudades son un continuo perpetuo de fe. Una construcción colectiva que invierte cada día pensando en que mañana estaremos mejor, por eso, la alegría que produce pensar en una ciudad de verdad y no con el pecaminoso rasero que excusa y justifica nuestras mediocridades con el argumento de que ‘‘por aquí es así y nosotros no podemos tener lo que otros tienen’’ y sin embargo admira y presenta como modelo ciudades donde se sienten orgullosos de sus espacios peatonales, su vegetación, su sistema de transporte, sus universidades, su ausencia de miseria en las calles. Por eso cada escuela que se haga en Medellín, cada biblioteca, cada metro de acera o cada árbol que se siembre nos acercan a esa ciudad soñada. No tenemos las ‘‘maravillas’’ de otras partes para mostrar, es cierto, pero pensando con respeto algún día tendremos una ciudad digna de ser de verdad la Maravilla en la que creemos estar viviendo. El único camino es construirla y eso no se hace de la noche a la mañana.