Medellín: historia y ficción

Medellín visto por sus escritores
Medellín: historia y ficción

Por Darío Ruiz Gómez
Quien diga hoy que Medellín existe, está diciendo una mentira. Después de un recorrido por calles y barrios, la urbanista Francois Choay fue tajante: ”Esta no es una ciudad”. Una ciudad, aclaro yo, debe contar con un Centro Cívico, eje mental simbólico para sus habitantes a través del tiempo y el espacio. El alucinante espectáculo de calles y parques dominados por enjambres de vendedores ambulantes, bandas de atracadores y prostitutas y cientos de alienados mentales impide percibir la calle, las vitrinas de los almacenes. Un vaho fisiológico empaña la luz. ¿En qué extramuro hemos sido abandonados?


Autor: Darío Ruiz Gómez. Escritor, poeta, crítico. Vive y trabaja en Medellín. Texto: Medellín: historia y ficción. Año: 2013

¿Qué se hicieron las rutas del flaneur que, de barrio a barrio, certificaba la dimensión y variaciones del paisaje urbano? La feroz especulación que se apoderó desde hace décadas de los territorios urbanos se ha encargado de despedazar este territorio, destruyendo el significado de los recorridos, el concepto de regreso a casa, los lugares de los imaginarios de los niños y los ancianos, ese núcleo creado por el afecto de los vecinos que se llama barrio. ¿Si hubo un urbanismo social, por qué se guetizaron las comunas?

En “Crash”, Jim Ballard describió el infierno del tráfico urbano, la dimensión metafísica del accidente, aquel factor irracional que convierte a un honesto padre de familia en un histérico que chilla, y transforma a un ama de casa en una desafiante energúmena. ¿Cuántos andenes quedan para el caminante? ¿Cuántos parques para el soñador? Porque la ciudad que no se camina no existe. Cómodamente sentado en el escritorio, en mi apartamento de una urbanización privada, escribo: “Solía, entonces, al salir de la escuela, caminar por La Playa, escuchando los primeros sonidos de la tarde que se despedía y miraba las aguas tranquilas de la quebrada Santa Helena. Entre aquel paseo de espléndidas mansiones, de floridos antejardines, las grandes ramas de las ceibas. Mirar era el único derecho de los niños pobres…”. Pero el estruendoso ruido de un accidente, me detiene. Esta, pienso, es la diferencia entre la historia y la ficción, porque ante las ruinas que acumula diariamente la especulación, la ciudad verdadera debo buscarla en mí.