Me parieron y aquí estoy

Los libros del oscuro Cervantes de nuestro tiempo demuestran que las modas ignoran la buena literatura. En seis décadas, Juan Carlos Onetti fue dejando una obra con los rasgos de los clásicos: una mirada auténtica y un arte que explora territorios sin visitar. Onetti mostró parajes del alma que estaban sin nombrar.
Ya en 1939, con El Pozo, Onetti estaba ampliando horizontes. Las memorias de un cuarentón derrotado anuncian una obra que exige lectores arriesgados. Con El Pozo, Onetti se anticipó a decir lo que Camus y Sartre dirían después en El extrajero y La náusea.
En Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) están los ires y venires entre calles y oficinas, seres frágiles que fingen dureza, almas muertas empeñadas en vivir. Las raíces de nuestras literatura urbana pueden verse en ese inventario de desesperados. La exploración de las cavernas del alma adquiere su primer punto culminante con La vida breve (1950), la historia de un Juan María Brausen que combate sus miserias viviendo vidas imaginarias. Aquí nace Santa María, el escenario de casi todo lo que sigue. Aquí se perfilan personajes centrales del mundo Onetti: Larsen y Díaz Grey. Los adioses (1953) es una máquina verbal que pone en evidencia la vileza del lector.
Para mí, la mejor novela de Onetti es El astillero (1960), la historia de un viejo proxeneta que regresa a vengarse del pueblo que lo expulsó. He perdido la cuenta de las veces que he leído este libro de una belleza triste. Todos somos ese Larsen que se niega a aceptar la derrota, que saca fuerzas de la nada para engañar al mundo, para tener una casa, una mujer boba, una porción de infierno que pueda llamar suya. Allí está una de las frases más contundentes que ha dado la literatura, las palabras de una mujer flaca y encinta que proclama las únicas certezas que tienen los humanos: “Me parieron y aquí estoy”. Mientras haya seres humanos, El astillero será un libro necesario.
Antes de El astillero, Onetti estaba escribiendo una novela sobre los tiempos en que Larsen se propuso crear el prostíbulo perfecto. Es lugar común decir que Juntacadáveres se resiente por la interrupción (Onetti volvió a ella después de escribir El astillero). Pero fue el mismo Onetti quien nos metió esa idea, quizá para demostrar que los pocos que leen reproducen prejuicios o rumores a la hora de leer. Ofrezco una recompensa a quien me diga cuál es el problema de Juntacadáveres (1964), salvo el de ser uno de los retratos más sinceros que existen del alma de las mujeres.
Dejemos hablar al viento (1979) es la novela de un escritor al que no le importa agradar. Onetti quiso cerrar su obra con la palabra “cuando”, ese adverbio de tiempo que es reflejo de nuestra incertidumbre vital. Cuando entonces (1988) es la novela de quien no puede dejar de retratar derrotados. Cuando ya no importe (1993) es, en cambio, el canto de cisne de un hombre que antes de entregarse a la muerte construye algo sublime como un burdel perfecto o un astillero resucitado. El conjunto resulta inexplicable sin esa novela que Onetti escribió después de los ochenta años. Allí está el suicidio de su personaje principal, allí están la mujer niña, la vejez y la derrota; las señas de identidad. La crítica de la obra de Onetti se quedó detenida en los años ochenta. Cuando lo redescubran, habrá que releer todo su mundo desde la perspectiva de su novela final.
opinion@vivirenelpoblado.com