“Me gustaría tener al frente a Posadita” (1)

“Me gustaría tener al frente a Posadita” (1)
En octubre de 1968 la desaparición y el brutal asesinato de Ana Agudelo, ascensorista del edificio Fabricato, marcó una época en la ciudad. Su hermana, Norela, rompió el silencio y habló con Vivir en El Poblado

Por Luz María Montoya Hoyos
“Quisiera ver a Posadita, tenerlo al frente mío y preguntarle qué pasó, por qué hizo lo que hizo”, dice Norela Agudelo, 43 años después del asesinato de su hermana, un crimen que conmocionó a Medellín a finales de los años sesenta. Ana Agudelo era ascensorista del edificio Fabricato, símbolo del empuje empresarial paisa, y estuvo desaparecida durante 11 días, lo que generó toda clase de especulaciones sobre su paradero. Al final, su cuerpo descuartizado en más de cien pedazos fue hallado en cuanto tubo, ducto y escondite había en el edificio y hasta en el techo contiguo, el del templo patronal de Medellín: La Candelaria.
Norela y su familia contactaron a este medio, después de leer, en nuestro periódico Centrópolis, un reportaje con Abel Antonio Saldarriaga Posada “Posadita”, el aseador del edificio, condenado a 20 años de prisión como autor del crimen.
“Yo creía que Posadita estaba muerto hasta que vi que ustedes le hicieron la entrevista”, dice Norela. Entonces sintió que quería desahogarse, después de muchos años de calvario, y contar lo que vivieron ella y su familia. Quiso hablar de lo sucedido después del escándalo, del hallazgo macabro, del entierro al que asistieron miles de curiosos, del juicio y la condena a Posadita.
“Si él sigue diciendo que es inocente, yo tengo bases para insistir en que no lo es”. Se había abstenido de hablar, porque su madre estaba viva y el tema era tabú en la familia. Pero doña María Nazaret, mamá de Ana y Norela, murió el año pasado y ya se podía hablar sobre el asunto.
Norela vive desde hace muchos años en Manizales, adonde se fue huyéndole a los ecos de la tragedia y a llamadas misteriosas en las que decían que le iba a pasar lo mismo que a su hermana. Hace poco vino a Medellín a visitar la tumba de Ana y nos concedió esta entrevista.
Norela es una mujer inteligente, cálida y encantadora. Tenía 17 años cuando su hermana fue asesinada. Ana tenía 23.


Norela Agudelo y Ana Agudelo  

La última vuelta

“Cuando mi hermana empezó a trabajar de ascensorista en el edificio Fabricato, Posadita era el vigilante, el aseador, el que reemplazaba en los ascensores. Él tenía 36 años y se enamoró de ella, pero Ana lo trataba como un compañero de trabajo. Ana tenía un novio que se llamaba Ómar, era bogotano y venía a visitarla; era un muchacho muy buena gente, muy querido, muy especial. Vivíamos en Manrique, en límites con Campo Valdés, y Posadita fue un domingo a la casa a limpiar las ventanas. De pronto Ana dijo: ‘¡Ay, cómo les parece que me caso!’ Lo dijo así, con el modo de ser de ella, hablantinosa, conversadora, alborotada. No era de muchas amigas o amigos, pero en la casa era muy alegre.
“Pues con eso tuvo Posadita para ponerse furioso y no volver a hablar. De inmediato se le notó el cambio y salió y se fue. Eso se quedó así, no volvió a la casa a limpiar vidrios y la vida siguió normalmente”. Norela no recuerda cuánto tiempo transcurrió entre ese día y la fecha en que “ocurrió lo que ocurrió”.
“En todo caso, el domingo 13 de octubre del 68, Ana nos dijo que iba a recoger el uniforme en el edificio, porque el viernes se había cambiado allá para salir con Ómar. Mi mamá aprovechó que íbamos para el Centro y nos pidió que le pusiéramos una carta”.
Norela y Ana salieron antes de las 8 de la mañana. “En el camino nos pusimos de acuerdo en que ella iba al edificio, yo iba a poner la carta y nos encontrábamos después en la puerta de La Candelaria. Ella se bajó del carro y yo seguí, puse la carta y llegué a la puerta de la iglesia. Y espere y espere, hasta las nueve de la mañana. Entonces llamé a mi mamá desde una cabina para preguntarle si Ana estaba en la casa. Le dije que habíamos quedado en encontrarnos en la puerta de La Candelaria, pero que no había llegado.
“La intuición de mamá la hizo pensar lo peor: ‘Vaya al edificio’, me dijo muy sobresaltada. ‘Mire a ver qué pasó’.
“Me fui… y toque, toque el timbre y nada. De pronto abrió Posadita, sin camisa y todo arañado.
‘Ve, Posadita’, le dije. ‘¿Ana?’
‘No, ella se fue en un taxi’.
‘Pero, tan raro, si no tenía plata. Yo soy la que tengo la plata’.
‘Ah, no’, dijo él. ‘Se fue en un carro particular, con un chofer y un hombre atrás’.
‘¿Y a usted qué le pasó?’
‘Es que estaba limpiando los ventiladores’.
‘Bueno, listo’, le dije. ‘Si de pronto sabés algo de ella, me avisás’.
Dijo que sí y cerró la puerta. En ese momento no pensé en los rasguños. Yo qué me iba a imaginar que iba a pasar una cosa de esas, además a él no se le notaba nada porque siempre había sido una persona inexpresiva”.
Norela se marchó sola a su casa pero como la mamá insistía en que algo había pasado, al mediodía regresó al Centro, volvió al edificio y de nuevo le abrió Posadita, todavía sin camisa. “Había cemento y agua regados por todos lados. ‘¿Y usted que está haciendo?’, le pregunté. Me contestó que unos arreglitos, así, con qué frescura, como si nada hubiera pasado. En ese momento mi mamá llamó por teléfono al Fabricato y empezó a preguntarle a Posadita por Ana. Cuando supo que yo estaba allá me hizo pasar y me dijo que no me quedara encerrada con él y que me fuera inmediatamente para la casa. Ahora pienso que me escapé, que él pudo haberme hecho lo mismo que le hizo a Ana para que no quedaran rastros de nada”. (Continúa en la próxima edición).


42 años después del crimen, Posadita aún no acepta su condena
No fue fácil dar con Abel Antonio Saldarriaga, Posadita, condenado hace cuatro décadas por el tristemente célebre asesinato de la ascensorista del Edificio Fabricato, suceso que conmovió a Medellín. Posadita habló con Centrópolis de lo divino y lo humano

Tiene 78 años. Bien esté el día claro u oscuro, con sol o con lluvia, Posadita lleva siempre gafas deportivas oscuras, como si quisiera esconderse, proteger ese anonimato celosamente guardado por muchos años. “Me estorba la luz”, dice con voz apenas audible.
Dicen que preguntando se llega a Roma y eso hicimos muchos días, muchos meses, para dar con Abel Antonio Saldarriaga Posada, más conocido como Posadita, quien en octubre de 1968 obtuvo renombre por ser el principal sospechoso del asesinato y descuartizamiento en más de 100 pedazos de Ana Agudelo, ascensorista del elegante Edificio Fabricato, donde él trabajaba como aseador, hecho que conmovió a la sociedad antioqueña. Dos años y medio después del hecho, en marzo del 71, fue condenado a 20 años de prisión, sentencia que en la práctica se redujo a 11.
Hasta los primeros días de este noviembre, no se sabía si este hombre, quien durante el juicio se declaró inocente, estaba vivo o muerto pues no había noticias certeras suyas desde 1988, cuando la periodista Luz Ofelia Jaramillo lo entrevistó para su libro El caso “Posadita”: un crimen contado dos veces.
Los datos eran de todo tipo y contradictorios: que había muerto, que se mantenía con otros jubilados en el parque principal de Bello pero que la última vez que lo vieron allí fue hace ocho años; que seguía viviendo por la cañada del mismo barrio de la zona nororiental de Medellín donde residía con su esposa embarazada y sus tres hijos cuando el sonado crimen… Tampoco Víctor Gaviria, quien desde 2006 lo tiene entre sus proyectos cinematográficos, había logrado acceder a él.
Las esperanzas de encontrar a Posadita y saber cómo ha transcurrido su vida 42 años después de ese hecho que sin duda dividió su existencia en dos, así como marcó a Medellín, a su Centro, resurgieron al conseguir el teléfono de dos compañeros de trabajo de uno de sus hijos. Sin embargo, el ánimo se esfumó cuando estos nos contaron que el muchacho, un pintor, a quien también llamaban Posadita, había muerto hacía nueve años atropellado por un carro en Carabobo, siempre vergonzante y reacio a hablar del caso por el que su papá estuvo preso cuatro años en La Ladera y siete en la isla prisión Gorgona, motivo por el que nunca los llevó a su casa. En síntesis, no había nada.

“Aquí mirando pasar la vida”
Lo único que restaba era caminar y preguntar, y eso hicimos por las empinadas calles del barrio de la zona nororiental donde esperábamos que aun viviera, si es que vivía; cañada arriba, cañada abajo, de tienda en tienda, indagando si conocían a un señor de 78 años a quien le decían Posadita, sin resultado alguno. Pero por una causalidad, para nosotros golpe de suerte, llegamos a un taller en el momento preciso en que entraba un vehículo cuyo conductor resultó ser pariente de Abel Antonio Saldarriaga “Posadita”, y, además, amable. Nos condujo hasta su casa, pero no estaba. El mismo conductor nos llevó entonces al transitado sitio del barrio donde todos los días se para Posadita desde muy temprano “a ver pasar la vida, a mirarla como en un espejo”, como nos diría después el mismo Abel Antonio. -“Es una persona muy correcta, muy callada, nunca tiene problemas con nadie”, nos explicó su familiar, antes de señalarlo y dejarnos en el sitio.
Y allí estaba, impasible, derecho, parado bajo la llovizna. Con sus gafas oscuras, una gorra y una chaqueta impermeables azules oscuras y la cabeza erguida, más parecía un veterano de guerra en retiro que un humilde agricultor de Abejorral, albañil, plomero, celador, artesano, el protagonista del más sonado caso de crónica roja que tuvo la ciudad por aquellos años del siglo 20.
Un “hola Posadita” rompió el hielo y sirvió, curiosamente, para empezar a hablar de lo divino y lo humano con este hombre de pocas palabras, que asegura no tener amigos y limitarse al saludo con los conocidos: habló de su fe en Dios, a quien no deja de agradecerle que le dio casa propia y una jubilación; de las mujeres, de su pasado como niño labrador, como trabajador de un barco que en los años 50 lo llevó de Tumaco hasta el Medio Oriente, de las artesanías que hace, o que hacía hasta que se lo permitieron sus ojos, como los sombreros de paja o esa ancla que le compramos por 15 mil pesos, tallada por él en acero inoxidable.
“Diga que no estoy de acuerdo con nada”, nos contesta cuando le solicitamos formalmente una entrevista para Centrópolis. “Es que uno tiene que mantenerse ofendido porque en Colombia no hay justicia”.
Aun hoy, 42 años después, insiste en su inocencia, en que no fue culpable de la muerte de la bella ascensorista de 23 años y lanza acusaciones que el aparato judicial desechó en su momento. No quiere que nadie sepa dónde encontrarlo y se lo respetamos.
“Conmigo se cometió una injusticia: no hay un testigo, ni una huella, no hay nada. ¿Cómo es que mandan a mi casa a unos sin vergüenzas a echarle sangre a la ropa mía estando los niños solos?
Eso no tiene perdón de Dios”.
Su máxima defensora fue su esposa, quien murió poco tiempo después de que saliera libre. -¿No se ha vuelto a casar?, le preguntamos. “No, qué pereza, por Dios. Uno para qué se casa habiendo tanta mujer estorbando”, nos responde Posadita.
Se despide de mano y lo vemos irse despacio, tan silencioso y solo como hace rato anda por este mundo.
Noviembre, 2010.