Manuscrito hallado en un cajón

Hace poco encontré en mi cajón una columna de 2001, inédita, en que me dio por tratar ese pintoresco hecho de que al frente de la flamante Alpujarra se levantara el fortín de mendicidad de El Pedrero. Escribí entonces esto: “…entre señores y plebeyos media apenas una calle, San Juan. Una calle que si bien es la más ancha de la ciudad, a las tres de la tarde del más tedioso domingo podría ser cruzada, impunemente y con la mayor facilidad, por un mutilado de guerra sobre un carro de rodillos o por la célebre tortuga que ganó a Aquiles en cierta carrera suspicaz. Y sin embargo, los ejércitos de la ciudadela hacen la vista gorda de los nativos; ni ellos ni sus tierras les interesan. Quizá podrían seducir a esos pobres diablos con cualquier baratija y arrebatarles su pradito; levantarían en él una nueva caja de ventilación gigante o, cambiando la grama por asfalto, dispondrían de nuevos estacionamientos para sus carrozas. O fundarían un galgódromo. O llevarían a pastar un hatajo de vacas importadas. Pero no: vanas imaginaciones. Más fácilmente, los nobles señores juntarían sus recursos para levantar un enorme muro que los librara de esa panorámica ventanil en que aparecen, en la dehesa, los pelafustanes apiñados alrededor de un mazo de cartas o de un cocido de pájaro urbano poco nutritivo”.

Olvidando el barroquismo en que por entonces me ahogaba -aunque, la verdad, aún no abandono el charco del todo-, y tras aclarar que aquello de la caja de ventilación gigante es una descripción de los edificios de La Alpujarra, sintetizo mi posición de antaño así: ¿Cómo es posible que los administradores de la ciudad no echen mano de esa tierra de nadie que tienen bajo sus narices? ¿No es eso una inaudita falta de vigor? Pues bien, alguien podría decir que hoy se ha cumplido mi anhelo con esa plazoleta de fósforos gigantes que han hecho sobre aquel lote. Sin embargo, yo le diría a esa hipotética persona que ahora, junio de 2005, no me agrada mucho esa empresa conquistadora. Inclusive, si se lee bien mi antiguo manuscrito, podría interpretarse que yo no deseaba eso; simplemente, me llamaba la atención que los dueños del espacio público no se hubiesen aprovechado de la debilidad de la competencia. Ahora: si realmente es un cambio de parecer, lo asumo sin vergüenza.

Bajo pretenciosas frases como aquella de “hay que apropiarse del Centro” se ocultan batallas que mucho tienen de caprichosas imposiciones estéticas. Del Centro siempre estuvo apropiada alguna comunidad humana, y si algo no ha sido nunca es un desierto (pero qué puede hacerse para evitar esa valoración, si los ilustrados viajeros del siglo XIX llamaban desierto a las selvas amazónicas atiborradas de indios). ¿Y por qué los proscritos y mendigos se tomaron ciertas calles? Porque, en un momento de nuestra historia, a los aristócratas les dio por dejarlas tiradas y huir hacia el sur. Ahora, sin embargo, a esos exquisitos hijos pródigos les ha dado el antojo de volver, e ingratos como diablos, han echado a patadas, río abajo, a los perseverantes celadores de esas manzanas olvidadas. Me imagino que el éxito de la recuperada Candelaria bogotana inspiró el corazón de algunos reformistas, cuyos hijos ahora podrán ir al Centro, tomarse una cerveza y vivir para contarlo en medio de la aprobación de sus amigos noveleros y esnobistas.

No sé si se trate de ese sentido común físico y matemático del que todos nos apropiamos en la escuela, pero, cada que paso por San Juan con Carabobo, siento un horrible vacío en el estómago: ¿Cómo pudo borrarse sin más eso que tan concretamente estuvo alguna vez allí? (como diría Silvio Rodríguez: “¿Adónde van tantas hojas de un árbol?”). Ojalá sí sea verdad aquella fórmula -también de cajón- de que la materia no se crea ni se destruye sino que solo se transforma.

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