Manila, una bola de nieve (1)

En esta primera entrega sobre Manila miramos cómo el tradicional barrio sigue enfrentando problemas de movilidad, seguridad y espacio público

En el barrio Manila los niños ya no se suben a los árboles de pomas ni a los guayabos para comer de ellos, tampoco juegan partidos de futbolito en sus calles y mucho menos hacen torneos. Hoy, en cambio, si acaso pueden asomarse a la puerta de su casa. A sus papás y vecinos, que en otra época fueran los niños del barrio, solo les quedan los buenos recuerdos. “Todos éramos conocidos, teníamos rivalidades deportivas y formábamos campeonatos de fútbol; la calle 13 tenía su equipo, la 12, la 11, y la del frito también. Hacíamos torneos con los otros barrios de la comuna 14, y existían las olimpiadas de El Poblado en diferentes disciplinas deportivas. Esto era un pulmón verde, bajábamos hasta Barrio Colombia a coger pomas, guayabas. El vivero municipal, donde ahora se está construyendo la nueva sede de Telemedellín, era el sitio más espectacular porque había variedad de árboles frutales, inclusive, ahí cogíamos cañabrava para hacer las cometas que elevábamos en febrero y agosto. Estamos hablando de un pasado y todo tiempo pasado fue mejor… eso dicen”, comenta con melancolía Rodrigo Molina, presidente de la JAC (Junta de Acción Comunal) del barrio Manila.

La institucionalidad floja
El 18 de noviembre de 2012, cuando en el Concejo de Medellín se conformó una comisión accidental, liderada por el concejal Carlos Mario Mejía para hacerle frente de manera contundente a los problemas que aquejan al barrio Manila, todos, habitantes del sector y líderes comunitarios, pensaron que, por fin, muchos de ellos se podrían resolver. El tiempo transcurrió y, en definitiva, fruto de esa comisión, muy poco o nada pudo solucionarse. “El 2013, año en que entró en vigencia la comisión, fue un año excelente; si bien no se resolvieron problemas de fondo, sí se visualizaron y se socializaron (…) llegó 2014, año de campaña electoral, y todo el tema de la Ley de Garantías, entonces no se pudo concretar nada; en 2014 la comisión accidental no trabajó. Esperamos que en 2015 la comisión muera, si es que tiene que morir, o que la revivamos”, comenta Rodrigo Molina.

“No podemos seguir en esta anarquía”
Uno de los mayores problemas de este tradicional barrio de El Poblado es la movilidad. El comercio que se ha instalado en el sector ha hecho que lleguen carros y más carros. Si antes solo se contaba con los vehículos de los residentes de Manila, hoy hay que contar también con los de todas aquellas personas que frecuentan el comercio del sector (restaurantes, peluquerías, charcuterías, clínicas veterinarias, panaderías, galerías de arte, heladerías, etcétera), más los carros de los proveedores que surten esos negocios, y sumado a los ciudadanos de otros barrios que, por alguna u otra razón, se ven obligados a transitar por Manila. Este volumen de tránsito ha sido la excusa perfecta y el motivo por el cual los mal llamados “traporojo”, en su afán diario de sobrevivir, han encontrado allí un lugar propicio para el rebusque. “En 2013 reunimos a todos los ‘traporojo’ y conversamos con ellos, y la Policía les hizo un registro. Los que están más cuestionados por la comunidad, no fueron. La gente viene a traernos quejas de que ellos están manejando el tema de microtráfico, entonces es otro problema que se desprende del de la movilidad. Uno entiende que es muy difícil, porque para poderlos judicializar los tienen que capturar en flagrancia o con pruebas contundentes que los inculpe, pero no hemos podido tener esas pruebas. Sí hay testigos que dicen haberlos visto haciendo transacciones pero nada más”, asegura Rodrigo Molina, y agrega: “No podemos seguir en esta anarquía, acá quienes ejercen el control son los ‘traporojo’ porque ellos dicen dónde se parquea la gente y dónde no, le dicen a la gente que estacione en las esquinas, en las cebras, en los prohibido parquear, en los antejardínes, pero eso sí, en el momento de los operativos se van y luego vuelven como si nada, entonces estamos a merced de ellos”. A la voz de Rodrigo Molina se suma la de otro habitante del barrio, quien pidió no ser identificado: “Esta zona se ha convertido en un infierno para las personas que residimos aquí desde hace años. El estacionamiento de carros en zonas prohibidas es el pan de cada día, incluso, la gente se parquea en contravía, de modo que, hasta para salir de la casa, nos toca hacer un rodeo, arriesgando, en muchos casos, nuestra integridad física, y si nos quejamos con los conductores de los vehículos, nos amenazan los muchachos de “traporojo” pues les impedimos ganarse su sustento, que en muchos casos es mas de cien mil pesos diarios”. Cabe entonces preguntarse, ¿quién puede ponerle freno a los problemas, que casi enloquecen a los habitantes de Manila? ¿Quién podrá salvarlos?