Los templos de Khajuraho: erotismo, religión y filosofía

Khajuraho
Khajuraho
Impacta el erotismo de los relieves y tallas en piedra que decoran los exteriores de los edificios, tan intenso y extenso que con toda razón se identifican estos templos como la expresión más clara del Kamasutra

/ Carlos Arturo Fernández U.

Entre los siglos 10 y 12 de nuestra era, la dinastía Chandela dominó el centro de la India, en las llanuras al sur del Ganges. Se trataba de un clan perteneciente a la familia de los guerreros rajputs que, en general, habían establecido sus reinos bastante lejos de allí, al occidente, alrededor del gran desierto de Thar.

Los chandela construyeron una ciudad religiosa separada de su capital política y, con una eficacia que solo puede ser explicada por las más profundas convicciones místicas y filosóficas, levantaron en pocos años un conjunto de 85 templos hindúes y jainistas extendidos en unos 20 kilómetros cuadrados. Tras el fin del poder de los chandela, los templos fueron abandonados a la voracidad de la vegetación que acabó por cubrirlos, posibilitando que una parte de ellos se salvara de los avatares religiosos y políticos que afectaron la región, con la llegada del Sultanato de Delhi y del posterior imperio mogol, hasta que en la primera mitad del siglo 19 fueron redescubiertos por exploradores ingleses. La zona de Khajuraho posee actualmente 22 templos en buen estado de conservación, reconocidos por la Unesco como parte del patrimonio cultural de la humanidad. Y que una ciudad como Khajuraho, con apenas 20 mil habitantes, disponga de un aeropuerto internacional, habla a las claras de la trascendencia de este tesoro religioso, artístico y cultural.

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Seguramente lo que más impacta a los visitantes actuales es el erotismo de los relieves y tallas en piedra que decoran los exteriores de los edificios, tan intenso y extenso que con toda razón se identifican estos templos como la expresión más clara del Kamasutra. Pero, aunque la proporción de imágenes eróticas es relativamente pequeña en medio de la gran cantidad de esculturas que cubren las paredes de los templos (en uno de ellos hay casi un millar de figuras), es evidente que la distintas manifestaciones de la sexualidad eran un asunto fundamental en esta cultura: relaciones sexuales de parejas y de grupos, juegos con animales, cuidado del cuerpo, coquetería, todo parece posible en un espacio que, como se ha dicho, es un recinto estrictamente religioso.


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La India ejerció sobre Occidente una fascinación casi insuperable ya desde la Antigüedad clásica. Las maravillas, riquezas, esplendores y placeres que iban a encontrar en India fueron en buena medida las ilusiones que empujaron a los sucesivos conquistadores, desde los soldados de Alejandro Magno, pasando por los mogoles, hasta llegar a los ingleses que la reconocieron como la más rica de las joyas de la corona de un imperio, el británico, que solo fue tal mientras dispuso del subcontinente indio. Y una parte fundamental de la fascinación de la India tenía que ver siempre con el exquisito erotismo que emanaba. Por ejemplo, no es casual que, según parece, el núcleo original del texto de Las mil y una noches proceda de India.

En realidad, la sexualidad que hindúes y jainistas promueven a través de la decoración de los templos de Khajuraho va más allá de la simple satisfacción sensual, al igual que la doctrina del Kamasutra no se limita a un mecánico conjunto de técnicas eróticas. Se trata, más bien, de una de las dimensiones fundamentales de la vida que no se detiene en el sexo sino que involucra todas las relaciones humanas y que, junto con el recto comportamiento y el uso respetuoso de la naturaleza, nos prepara para la liberación del dolor y de la ignorancia, es decir, para vivir la vida con plenitud y alcanzar la realización personal y la felicidad.

Los templos de Khajuraho nos ponen en contacto con un arte que es, al mismo tiempo, erotismo, religión y filosofía. Un arte que todavía conserva su poder de fascinación y de sensualidad. Pero que, al mismo tiempo, nos hace entender que una obra, sea antigua o contemporánea, solo es verdadero arte si nos permite superar el puro nivel de las formas sensibles y nos revela la profundidad de pensamiento que es propia de las creaciones humanas. La cultura de la India no deja de sorprendernos.
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