Lo cotidiano, el milagro

La vida es maravillosa cuando uno vive reconciliado con lo que es, en armonía con su entorno natural para lograr serenidad. La vida es el gran milagro desde la creación que no cesa, crea y se recrea. La vida se expresa con esa energía primordial de la creación, la del milagro.
El verdadero amor sabe ver la vida y a los otros con los ojos que crean, que creen. Tú estás, nosotros estamos, yo estoy, ¡el milagro! Pero no hay que hacer milagros, ni siquiera pedirlos. Ellos se hacen y nosotros los gozamos, permitimos el milagro.
Las pasiones tristes nos alejan de ver lo maravilloso de la vida; el miedo, la rabia, la culpa, los remordimientos son las corrupciones del alma que se enraízan en los espejismos del pasado o del futuro, y nos convierten en esclavos. Así, los frutos que recogemos son absurdos, como lo muestra la historia. Así fue el nazismo. El nazismo creyó hacer milagros, y su consigna fue el dominio total del mundo y del Hombre por el Hombre. Tremendo y demoledor recordar que a la entrada del campo de concentración de Auschwitz estaba escrito “El trabajo nos hace libres”. Trabajar, sinónimo de castigo. Sin fe en la fuerza milagrosa y natural de la vida, no hay nada que esperar, solo contar consigo mismo. Stalin creó el culto al trabajador, quien debía hacer del trabajo el oficio de Dios.
No creer en la fuerza de la creación, en la fuerza del Yo Soy, en la fuerza del milagro, es un desastre. Y los ejemplos son innumerables. Para Marx, el trabajo era el Mesías de la humanidad. En estos tiempos la sabiduría moderna pregona: No esperes nunca nada, no cuentas más que contigo mismo.
Las manos del hombre son co-creadoras. El trabajo colabora con el milagro. Trabajar en lo que satisface es dicha, es placer, pensar por sí mismo, servirse de la razón, de la fuerza, del coraje. Contar más consigo mismo que con los demás es fundamental, pero esa sabiduría tiene límites que frecuentemente perdemos para hacernos esclavos. Por eso hay que contar siempre con la energía de la creación, la de la vida misma, el milagro. Todo es milagro. El cosmos, la humanidad, el pensamiento, usted y yo. Rehusar la existencia del milagro es abandonar la gratitud. ¡Qué orgullo! La humanidad busca negar la fuente del milagro, ella quiere ser el milagro y quiere negarlo, quiere volver al hombre como clave de todo. Y tal vez ese sea el camino, desesperación para encontrar lo inesperado y maravilloso del milagro.
La esperanza consiste en dejar actuar otra cosa en uno mismo, sabiendo que hay algo más: la vida, la creación, el milagro. Y hay que permitir que esa fuerza actúe, esperar en ella. Y ahí, empieza el milagro.
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