Llamado a la mesura

    Llamado a la mesura
    Y nos acostumbramos a pensar que esto es normal, que así somos y que hace parte de nuestra idiosincrasia

    ¿Por qué será que casi todas las alegrías nuestras conllevan una cuota de desgracia y tristeza?
    Basta repasar brevemente algunos ejemplos de nuestra cotidianidad para darnos cuenta de que las principales celebraciones, al menos entre los antioqueños, siempre van acompañadas de dosis considerables de susto, tensión, violencia y dolor. Parece que creyéramos que fiesta sin tragedia queda incompleta, que la dicha sin sufrimiento no es total; como si nos empeñáramos en pagar un precio por estar contentos, como si no nos consideráramos merecedores de alegrías gratuitas, sin cobro, sin dolor, acompañadas por el simple goce de celebrar; como sí la celebración en sí misma no fuera suficiente y la fiesta requiriera para ser validada como tal, la inclusión de actos irracionales asociados, en el mejor de los casos, a mucho ruido, alharaca y estridencias.
    Es la constante que fechas significativas como el Día de la Madre, el 31 de diciembre, los clásicos entre Medellín y Nacional o las finales del campeonato de fútbol, que bien podrían ser solo sinónimos de alegría, terminen empañadas con disputas, destrozos, ofensas, actos de intolerancia y demostraciones absurdas de euforia, como la quema irresponsable de pólvora o la ingesta exagerada de licor. No en vano para esas ocasiones se alerta la red de emergencias en la ciudad. Basadas en la experiencia y en el incremento en las estadísticas de muertes violentas, de personas heridas y quemadas, las autoridades ya saben lo que se viene y se preparan para ello; clínicas y hospitales refuerzan su personal y los bancos de sangre intensifican sus campañas de donación. Y nos acostumbramos a pensar que esto es normal, que así somos y que hace parte de nuestra idiosincrasia.
    Así mismo, empezamos a acostumbrarnos a la ya famosa alborada del 30 de noviembre y amanecer del 1 de diciembre en Medellín y el Valle de Aburrá. Esta práctica, que no pocos asocian con la cultura “traqueta” heredada del narcotráfico (con pólvora celebraba el cartel de Medellín los envíos exitosos de droga) ha ido tomando auge en la última década y se ha extendido a municipios cercanos. No se explica de dónde sale tanta pólvora si está prohibida, no se entiende cómo familias y barrios enteros se exponen de manera tan imprudente a las consecuencias previsibles que aguan la temporada decembrina de muchos, apenas empezando.
    Por eso cada vez son más las voces que llaman a la mesura a través de las redes sociales y los medios de comunicación para que se elimine esta quema de pólvora alucinante de la alborada del 1 de diciembre. No son solo los humanos los que sufren; está demostrado cómo la incesante explosión de papeletas, voladores y tacos afecta a mascotas y en general a la fauna silvestre, altera sus ritmos respiratorios y cardiacos, les causa estrés e incluso la muerte, entre otras consecuencias.
    Llegó diciembre, qué bueno, pero que no se nos olvide el mensaje de fondo de villancicos y tarjetas navideñas: es tiempo de paz, tiempo de amor.