Las laderas de Medellín: una realidad que nos invita a crecer en nuestro conocimiento personal

Enfrentemos lo anterior de cara a una realidad que nos circunda: unas laderas, como las de Medellín.
/ Julio Jaramillo Martínez

Llamado a autoconocernos.
Es noble empresa, necesaria por lo demás, la de conocernos, la de saber quiénes somos.
Sentimos su susurro cada mañana; de noche en noche nos disipa el sueño.

Si nos conocemos, estamos en capacidad de determinar nuestro rumbo como personas. Feliz ocasión.
Si nos desconocemos, “nos viven la vida”. Drama inadmisible.

Las laderas nos invitan a crecer en nuestro conocimiento personal.

Enfrentemos lo anterior de cara a una realidad que nos circunda: unas laderas, como las de Medellín.
Representan estas unos espacios en los cuales a quienes las habitan pereciera irles mejor no-conocerse a sí mismos en razón de lo agudo que les es –humanamente hablando- vivir en ellas. Son la muestra palpable de lo humano cuando este posee el triste acento de lo inhumano. He ahí su insoslayable paradoja.

Es como si la vida les diera un plazo para su realización vital.

Hagamos ahora un ejercicio personal: constituyamos esos espacios en un espejo. Allí pretendamos ‘saber´ algo más sobre nuestro yo. Aceptemos que nos invitan a conocernos mejor.

Eso es posible si a la realidad de las laderas se la lee y se la interpreta desde la perspectiva humana y humanizadora.

¿Cómo hacerlo?
En primer lugar: cuando miramos la dignidad humana que “allá” habita como un germen, como una dignidad por re-descubrir, por desarrollar; como una dignidad que es meta por alcanzar. Como una dignidad que es más una tarea feliz que una aguda pesadilla.

Si somos capaces de mirar en las laderas los gérmenes de humanismo experimentamos un reto: ¿por qué no ser nosotros mismos los gestores eficaces en el avance y en los procesos de crecimiento de ese germen?

En segundo lugar: ¿Cómo serlo y cómo hacerlo?
Cuando acepto que quien habita en la ladera me iguala en dignidad. Supero entonces las miradas del desprecio y del desinterés que quizá existan en mi vida.
Cuando permito que desde la ladera se me proclame que mi humanidad es gestora de humanización social, sabré mirar con respeto al que es igual a mí, viva donde viva. Estoy dando un paso para ampliar mi visión social: me ubico un poco más allá del pequeño y exclusivo cultivo de mi yo. Gran momento existencial.

Cuando me concedo la licencia para que en mis preocupaciones diarias, el proyecto existencial de quien experimenta susto matutino ante la incertidumbre de ese nuevo día que le despunta, encuentre acogida, tanto concreta como práctica, rompo así la miopía social, la que me coloca una venda en los ojos que impide contemplar los rostros de “los otros”.

Cuando genero en mis tareas laborales una cadena de bienestar para los que me son cercanos y para quienes me son lejanos. En mis faenas productivas, inserto lo humano.

Cuando comprendo que dar a cada uno lo que le corresponde por derecho natural es lo que me ayuda a conocerme como un hombre justo, como una persona de bien.

Conclusión.
Es motivo de grandeza sabernos vasos comunicantes de dignificación humana para las personas de las laderas.
Que sean las laderas una escuela donde humanizando aprendemos a humanizarnos.