Las artes marciales, su destino desde pequeño

 
 
     
 
Sus 1.59 metros de estatura y escasos 60 kilos de peso, contrastan con la fortaleza de sus piernas, brazos, y sobretodo su mente. “Yo creo que desde el vientre de mi madre vengo con esta pasión, ella era fanática a todas las películas de artes marciales y aquí estoy”, dice Bladimir Fernández, uno de los deportistas más reconocidos de Colombia en Taekwondo, Hapkido y Kick Boxing.
La influencia de estos deportes en su familia es notoria. Un hermano es su entrenador, dos hermanas han recibido clases así como su hija. Confeccionan uniformes y también organizan seminarios y cursos sobre el tema.

Su recorrido
La historia comenzó cuando su padre lo ingresó a una academia del Centro a los 6 años de edad, la cual había sido creada por el Gran Maestro coreano Young Seok Kim, quien trajo el Hapkido y el Taekwondo a Medellín.
A pesar de su inminente interés por estos deportes, terminó el bachillerato en el Liceo Superior de Medellín, y cuando su maestro se fue para Estados Unidos con el coreano, siendo un adolescente quedó a cargo de la categoría infantil y juvenil de la Selección Antioquia de Hapkido. Un año más tarde sería el entrenador de la Selección General y luego entrenador encargado de la Selección Colombia también de Hapkido.
Bladimir se ha pasado su vida compitiendo, enseñando y ya tiene unos 120 campeonatos encima, asegura. En Hapkido su especialidad son los chacos, modalidad que le dio el primer campeonato internacional en 1986, que hace parte de los 30 que ha ganado en esta disciplina.
Entre los títulos que más recuerda está el Campeonato Mundial de Artes Marciales en Argentina, realizado en 2005, donde fue campeón en pumses coreanas y cinturones negros. En Kick Boxing fue subcampeón en 2006 en un torneo en San Pablo, Brasil, y campeón en tres categorías en un torneo en Madrid el mismo año. Especialmente sobre ese deporte, se lamenta porque en Colombia aún no existe una liga u organización que les permita competir en el país, por eso constantemente viaja a países donde se inscribe a torneos para luchar en un ring, donde el ganador es favorablemente remunerado.

Docente a los 12 años
Esa fue la edad que Bladimir se descubrió como instructor. “Siempre he enseñado, esto es lo que me gusta y lo que aprendí a hacer. La competencia me mantiene con metas cada año, y la docencia me encanta, lo que más me llena es darle clases a los niños porque me tranquiliza”, dice.
En el Club Campestre lleva 9 años dando clases a niños, jóvenes y adultos, de las tres disciplinas que son su especialidad. También desde los 14 años da clases particulares. Sobre esa prematura incursión en la enseñanza, afirma que “yo sé que me metí tanto en lo de las clases que de pronto fui dejando atrás el estudio, pero no me arrepiento porque yo me siento un profesional ahora en mis deportes”. Esa afirmación demuestra que no necesita ni le hace falta nada más, que es feliz con lo que hace y que todo su conocimiento está listo para enseñar. Y complementa diciendo: “Yo soy de los pocos que vivimos del deporte y mas aún del arte marcial que no es un deporte tan popular y no genera los recursos que la gente espera. A los niños no los deben ingresar a estas prácticas esperando una retribución económica, lo importante es que el niño haga lo que le guste”.

Mentalidad y espiritualidad
Estos conceptos los abordan todas las artes marciales. La armonía entre el cuerpo y la mente hacen a un buen deportista en estas disciplinas orientales. Para Bladimir, estas actividades enseñan a regularse, saber hasta donde se le debe hacer daño a un oponente, manejar el temperamento, disciplinarse y tener sentido de responsabilidad. “En el salón del Campestre no existen las nanas de estos niños, cada uno debe coger sus zapatos, cambiarse y ponerse el cinturón. Además les enseñamos la perseverancia para que se motiven a subir en nivel”, dijo como docente.
Para él la práctica de las artes marciales le ha sido formativa por el trabajo de la armonía entre la mente y el cuerpo, que lo hace fuerte ante las adversidades que le traiga la vida, para saber meditar en momentos difíciles como una tristeza, una lesión, o cualquier hecho negativo que lo pueda afectar.