Las alas de la mariposa y el patrimonio cultural

La destrucción de la historia y del patrimonio cultural no son distantes sino que nos afectan a todos, también al otro lado del mundo, porque, a pesar de los siglos y de los kilómetros, somos seres humanos por una historia que nos ha creado a todos
/ Carlos Arturo Fernández U.

Parece increíble. Pero mientras que desde hace 70 años la comunidad internacional se comprometió con la defensa de las manifestaciones históricas, culturales y artísticas de los distintos pueblos, en los últimos años hemos asistido a las más catastróficas y salvajes destrucciones.

Por supuesto, no todas obedecen a las mismas razones. Muchas son el resultado de la ineficacia y de la rampante corrupción de los aparatos estatales responsables; otras son consecuencia de terribles fenómenos naturales; y no pocas se derivan de la aplicación de ideas fundamentalistas e injustificables.


Palmira. Siria. Fotos cortesía
Que esto no sea un asunto solo para intelectuales y ratones de biblioteca, o del interés exclusivo de las agencias de viaje para asegurar la diversión de los turistas, se puede deducir de la existencia misma de la Unesco, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, que fue acordada en 1945, solo tres semanas después de la creación de la ONU, es decir, cuando el mundo salía apenas de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. La Unesco tiene el objetivo de contribuir a la paz y a la seguridad mundial a través del apoyo y la protección de la educación, la ciencia y la cultura, creando “condiciones propicias para un diálogo entre las civilizaciones, las culturas y los pueblos, fundado en el respeto de los valores comunes”. Y en medio de muchos debates, el mundo ha avanzado sustancialmente en esa dirección.
Villa de los Misterios. Pompeya. Italia
Nadie pretende justificar los atropellos salvajes de la conquista de América o de la colonización de África, ni tampoco la destrucción cultural impulsada por los totalitarismos fascistas o soviéticos del siglo 20. Pero algo deberíamos haber avanzado tras 7 décadas de defensa universal del patrimonio cultural.

Por eso nos resulta tan repugnante el accionar de Dáesh, el mal llamado “estado islámico”, o de los talibanes en el período de su dominio en Afganistán. Una repugnancia que a muchos, entre los que me cuento, hacía insoportable mirar los videos sobre la destrucción de Nínive o de Palmira.

Destrucción del Templo de Palmira. Siria
Porque, aunque todos sabemos que nada puede justificar la destrucción de la historia y del patrimonio cultural, no siempre entendemos que esos problemas no son distantes sino que nos afectan a todos, también al otro lado del mundo, porque, a pesar de los siglos y de los kilómetros, somos seres humanos por una historia que nos ha creado a todos. Y, claro, el efecto también se da en sentido contrario, desde nuestra guerra o conflicto que ha degradado lo mejor de nosotros: nuestra cultura, nuestro patrimonio, nuestro paisaje. Un viejo proverbio chino dice que “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”.

Otros casos se escapan de nuestras posibilidades. Los terribles terremotos de Nepal en abril y mayo de 2015 destruyeron gran parte de la historia artística y cultural de un pueblo que confiaba en ella para salir de las condiciones de extrema pobreza de la mayor parte de su población. Y un mundo que se dice civilizado tiene un compromiso ineludible con los nepalíes para recuperar y reconstruir todo lo que sea posible de algunos de los monumentos más bellos y significativos del planeta, sin que pueda olvidarse el terrible dolor que produjeron los sismos.

Katmandú. Nepal. 2015

Pero, con esa capacidad polifacética del idioma chino, aquel mismo proverbio podría llevarnos a comprender que “el simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo”.

Este texto no quiere ser apocalíptico sino, por el contrario, señalar que hay noticias maravillosas y esperanzadoras. Seguramente vienen de muchas partes, entre ellas de Colombia: es asombroso constatar cómo muchos de los pueblos de nuestro país empiezan a ser considerados entre los más bellos, mejor conservados y más significativos del mundo: Jericó, Jardín, Anserma, Filandia, Salento, Villa de Leyva, Tópaga, Monguí, Mompox, Santafé de Antioquia, además de los centros históricos de Bogotá, Popayán, Cartagena, Buga, Tunja y muchas otras ciudades. La lista es larga.

Katmandú. Nepal. 2015
Además, en los últimos años llama la atención la intensa actividad de países como Italia para la conservación y la defensa de su patrimonio. Después de décadas en las cuales Pompeya se caía a pedazos y se cerraban casas, calles y manzanas enteras ante el desinterés del Estado, ahora se suceden las noticias sobre las restauraciones, los nuevos recintos abiertos a los estudiosos y a los visitantes con obras magníficas que nunca antes habían sido vistas. También se abre, finalmente, la “Domus Aurea”, el palacio del emperador Nerón, y hace apenas unos días, las catacumbas judías de Vigna Randanini, en Roma, un extraordinario monumento que nos puede enseñar mucho sobre el pueblo judío antes de la aparición del cristianismo.
Villa de los Misterios. Pompeya. Italia
Nepal busca caminos para reconstruir su patrimonio y la Unesco dice que, al menos parcialmente, podrán reconstruirse los templos de Siria.

Queda un trabajo grande que nos permita entender que el patrimonio cultural es de todos; que es universal; que cuando se destruye en Irak o en Medellín nos arranca algo de nuestro propio ser. Porque somos seres humanos, resultados de la historia y de la cultura que nos une con las raíces más profundas de nuestra especie.
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