Lágrimas de buen cocodrilo

 

Es poco original decir que enero es un mes con días largos y casi de balde, pero fue más o menos llamativo uno de los síntomas que esa modorra dejó ver en este flamante 2007: la falta de temas en las emisiones de noticias de la televisión, ahítas después del festín de la ejecución de Hussein. Pues bien, ocurrió que un día de éstos, entre las notas de la música sensacionalista que da inicio a cada informativo, el sartal de los titulares se vio encabezado por la noticia de que un pedigüeño había sido capturado por la Policía, descubriéndose que no era cierto que tuviera cáncer en los huesos, como de ordinario decía para arrancar algunas monedas a la compasión de los incautos. Jamás pensé que semejante hecho pudiera tener la categoría de noticia nacional, y por supuesto que está lejos de tenerla: es forzoso suponer que el hombre timó a algún funcionario del magazín de noticias y que éste usó sus “contactos” para tomar una patética revancha.

Hace ya muchos años solía visitar mi casa un vendedor de gelatinas de pata que, cuando las ventan no andaban bien, tocaba las puertas de sus clientes bañado en lágrimas y anunciaba la repentina y trágica muerte de alguno de sus familiares: invariablemente informaba que el cadáver estaba en la morgue de Copacabana y que no tenía con qué enterrarlo, y si una vez se trataba de su esposa, otros días eran los hijos o un hermano los que habían sido apachurrados por un bus. La primera vez, claro, había que tener corazón de piedra para no conmoverse -y no solo para eso: también se veía uno obligado a fruncir los párpados para no llorar entre los brazos del desdichado-, y mis hermanos y yo, con manos temblorosas, acabamos juntando dos mil pesos para contribuir con el sepelio. Pero después fue un hijo y lo de más allá, y supimos que habíamos sido engañados sin apelación. Naturalmente, nadie pensó en llamar a un noticiero para que el abuso fuera documentado, y lo único que hubo fue una personal reflexión sobre la borrosa frontera que hay entre la compasión y la ingenuidad.

Quienes dirigen este periódico han promovido la campaña de no dar limosna, seguramente por conocer historias como ésas, por conocer los riesgos sociales de una empresa en que los vicios y abusos están a la vuelta de la esquina o -quién sabe- acaso por esa molestia, no del todo exenta de mezquindad, que uno siente al comprobar que para algunos es muy fácil ganar dinero. Como quiera que sea, algo habrá para reivindicar en la labor de quienes sobreviven gracias a las artes narrativas de Scherezada: después de todo, fingir tragedias inauditas o revolcarse en el suelo llegan a ser representaciones que, de tan realistas, pueden compararse con las plantas de plástico, las copias de obras famosas o los mesones imitación mármol que tienen en su casa las gentes acomodadas que, después, se molestan al sentirse embaucadas. Además, someter una actuación al criterio de cualquier transeúnte quizá sea un aceptable recurso desesperado en un país sin vacantes de trabajo. El apócrifo enfermo terminal del noticiero reclamaba con cierta razón: “¿O qué? ¿Es que RCN me va a dar trabajo?”

No hace falta que los noticieros divulguen como una noticia bomba la “captura” de un embustero callejero -ya los hay, por puñados, en los edificios más prestigiosos del país- ni que los periódicos dirijan la moral pública con base en avisos; de lo que se trata es que el ciudadano común acepte el reto cotidiano de sopesar no solo la posibilidad de la desventura o malicia ajena, sino su propia astucia y, claro, la singularidad económica del país.

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