“La vida hay que disfrutarla”

“La vida hay que disfrutarla”
La de Camilo Velásquez Isaza es una de esas historias que sirve de ejemplo para quienes se amilanan ante las dificultades

Por Luz María Montoya Hoyos
Conversar con Camilo produce serenidad. Su mirada tranquila y vivaz, y la pasión con la que habla de fútbol, de carros, del cercano ingreso al primer semestre de Administración de Negocios, en Eafit, no dejan duda de que es una persona alegre, optimista y llena de vida. Y así lo conocen sus amigos y familiares.
Con 17 años, este joven, quien recientemente se graduó como bachiller del colegio San Ignacio, es portador de una lesión física que transformó su vida hace 10 años. Sin embargo, su manera de asumirla hace que su caso sea un ejemplo edificante.

“No más quimioterapias”
Todo empezó en unas vacaciones, cuando Camilo tenía siete años. Uno de sus tíos notó una desviación en su columna de la que ni él ni sus padres se habían percatado. Durante dos años fue tratado entonces por escoliosis, pero luego se descubrió la verdadera causa de su mal: un tumor en la médula espinal.
Su vida empezó a cambiar. Hasta ese momento era un afiebrado jugador de fútbol, pero al empezar las sesiones de quimioterapia, “no podía ni levantarme de la cama”, recuerda Camilo. Hasta que un día, siendo todavía un niño y al ver que el tumor no cedía y su calidad de vida empeoraba, tomó una decisión radical que fue respaldada por su padres: “No más quimioterapias. Si voy a vivir, quiero calidad de vida”.

El vaso medio lleno
Una vez libre de los efectos secundarios de los tratamientos para el cáncer, intentó volver a jugar fútbol, pero las consecuencias de la enfermedad eran evidentes. “Me caía mucho, me raspaba y sangraba; sin embargo, seguía jugando porque no me dolía, pues ya tenía cierta insensibilidad en las piernas. Así hasta que un día mi papá me hizo caer en la cuenta de que no valía la pena exponerme de esa manera y que debía buscar otras actividades que no requirieran destreza física”.
Fue entonces cuando con su peculiar manera de mirar siempre el vaso medio lleno y no medio vacío, Camilo encontró otras formas de disfrutar el fútbol: con videojuegos; viendo campeonatos y partidos en televisión; mediante la lectura de revistas, periódicos, suplementos y las páginas web de los planteles, y asistiendo al estadio con su hermano cada 15 días para hacerle fuerza al equipo verde.
Después, en 2008, descubrió en el club El Rodeo un deporte en el que puede entrenar sin impedimento alguno: el tiro al blanco, y desde eso lo practica, incluso, a nivel competitivo.
En cuanto a su otra fiebre, la de los carros, también continúa alimentándola. Sabe en detalle los movimientos del mercado automotor, los precios, las marcas y las características de cada uno. Hasta llegó a pensar que su carrera era la ingeniería mecánica e hizo una pasantía en Sofasa, pero allí descubrió que, si bien quería trabajar con automóviles, no era desde sus motores sino desde la perspectiva del negocio y los mercados.

Vivir, pero de verdad
La segunda decisión drástica y valiente de su corta vida la tomó hace pocos meses: un equipo médico le ofreció la alternativa de una compleja cirugía para extraer el tumor y corregir la escoliosis: implicaba un año de inmovilidad y una alta probabilidad de quedar parapléjico. El beneficio, en contraprestación, era aumentar sus años de vida, pues su patología le reduce la capacidad de ampliación de la caja torácica, lo que a la larga puede ocasionar un colapso pulmonar. Con su seguridad habitual, dijo no a la operación. “Nadie sabe cuánto va a durar, si dos horas, dos días o diez años y yo tampoco sé. Pero lo que viva quiero aprovecharlo y disfrutarlo”. Por eso no deja de hacer planes, entre ellos viajar a Australia más adelante a estudiar inglés, y regresar a Medellín para ejercer su profesión. Se imagina en una oficina, interactuando con la gente y haciendo negocios relacionados con eso que bien le gusta: los automóviles.
¿Cómo ha logrado mantener su optimismo ante la vida? Camilo no duda en afirmar que lo más valioso con lo que ha contado ha sido con el apoyo incondicional de su familia: su papá, su mamá, su hermano, primos y tíos. “Gracias a ellos he salido adelante. Por tenerlos, soy un privilegiado”.