La señorita Gabriela

La señorita Gabriela
Semblanza de la docente, la rectora, la mujer que fue una institución de la Escuela Guillermo Echavarría y un ejemplo que perdura en varias generaciones de El Poblado.

La señorita Gabriela, así la llamaron más de 3 generaciones de estudiantes que pasaron por la Escuela Guillermo Echavarría Misas. Durante casi 4 décadas esta mujer fue el alma y rectora de la institución educativa y parte de la historia de El Poblado. Comenzó a laborar en la escuela desde 1960 como docente de los primeros grados de primaria. Ocho años más tarde asumió la rectoría, sin dejar su mayor pasión, enseñar, hasta que se jubiló en 1999. Sus compañeras afirman que sentía especial cariño por dar clase en los grupos de primero de primaria. “Solía hablar con inagotable entusiasmo sobre la facilidad con que los niños le aprendían a leer. Y es que realmente era sabia en sus métodos y pedagogía, porque Gabriela le enseñó a leer a familias, desde los abuelos hasta sus nietos”, dice la profesora Esneda Garzón, su amiga.

Pero no solo era diestra en el arte de enseñar el idioma, también le abrió el mundo de las ciencias naturales y sociales, las matemáticas, manualidades y la caligrafía a todos sus pequeños estudiantes. Quienes la recuerdan como maestra, hoy, muchos años después, atesoran su recuerdo. Dicen que “la señorita Gabriela siempre compartió el conocimiento como si se tratara de una aventura fascinante y estimuló en los niños la alegría de descubrir y aprender”. Sus grupos tenían fama de aplicados. Muchas profesoras, sorprendidas, se preguntaban cómo era posible mantener atentos e interesados a los inquietos niños. Pero pronto entendían que la magia de Gabriela fue acompañar su labor pedagógica de mucha afectividad y una sencillez cautivadora.

Las docentes que trabajaron a su lado, la reconocen como una mujer muy generosa con los demás, de una entrega incondicional y abnegado servicio a la institución. Constantemente atendía las necesidades personales de sus alumnos, como consejera, confidente, orientadora y amiga, porque creía que la educación va más allá de los muros y las clases y tiene el sagrado compromiso de formar seres humanos. “Era admirable cómo buscaba sacar la institución adelante aún con recursos propios”, recuerdan las docentes.

Nunca cejó en su empeño de promover actividades extracurriculares, como ventas de empanadas, bazares, meriendas con padres de familia y miembros de la comunidad pobladeña, a fin de recoger fondos para mantener el restaurante escolar, dotar de recursos a la escuela y subsidiar las actividades lúdicas, culturales y recreativas de los niños.

Célebres en todas las generaciones son las clases de danzas folclóricas, promovidas por la señorita Gabriela, quien contrataba a una persona especializada para manejar la actividad desde el preescolar hasta quinto de primaria. Su amor por la música autóctona y sus persistencia, lograron que esta pequeña escuela de barrio ocupara puestos de honor en festivales de danza municipal y fuera invitada a participar en prestigiosos desfiles de la ciudad. “Con estas presentaciones Gabriela logró que la institución tuviera representatividad social durante muchos años”, dice Esneda Garzón.

Sus alumnos de varias generaciones recuerdan con entrañable agradecimiento las fiestas de disfraces y reinados de belleza. Las mismas profesoras confiesan que uno los momentos de mayor alegría de Gabriela era la celebración del día del niño. “Planeaba este día durante todo el año, ponía todo su empeño en hacer de esta celebración un pequeño carnaval, con regalos y sorpresas. Se divertía como una niña”, comentan.

Ni la gente más cercana recuerda un solo momento en que la señorita Gabriela estuviera molesta o enfadada. Siempre tenía una sonrisa cordial, y un trato amable, tranquilo. Oídos y manos abiertas era su actitud de siempre.

La señorita Gabriela quedó huérfana a muy corta edad y quizá por ello se convirtió en maestra. No tuvo hijos, pero dio todo su espíritu maternal a los miles de niños que educó. Entregó su vida y sabiduría a una pequeña escuela, pero nunca dejó de viajar en sus vacaciones. No fue residente de El Poblado pero lo ayudó a construir con ejemplar sentido de pertenencia. No fue distinguida en vida por su labor docente o administrativa pero siempre recibirá como premio la gratitud de cientos de familias (tradicionales y numerosas educadas por ella) y su recuerdo estará indeleble, como solo están las personas queridas.

La señorita Gabriela GiraldoDuque falleció el 3 de octubre, con más de 70 años de edad. Hoy su huella sigue dejando marca en quienes aprendimos a leer y escribir por ella. He aquí entonces este pequeño pero sentido homenaje. Y en nombre de sus amigos, colegas y alumnos, le decimos: infinitas gracias, Maestra.