La Plaza de la Luz o el urinario más grande del Universo

 
 

  La Plaza de la Luz o el urinario más grande del Universo

¿Alguien en sus sentidos ha visto la luz que nos brinda la Luna nueva?

Cada seis meses, por julio y diciembre, me toca ser anfitrión de parientes o amigos que vienen de la USA o de Europa en plan de descanso. Este año se agregaron otros más de la India. Ya casi todos conocían lo poquito que hay que ver en la ciudad:Museo de Antioquia, Catedral, Metro con su cable (el Jardín Botánico está “en obras”), el Tesoro, y se me ocurrió una mala noche llevar a un grupo a ver la tan mentada “Plaza de la Luz” o de Cisneros (nombre oficial). Y fue la vergüenza y el horror.

Yo ya iba prevenido por un artículo de El Mundo (junio 25) sobre lo que podría encontrar allí, pero las literalmente sombrías expectativas fueron superadas con creces. La Plaza de la Luz, de noche, llena de tinieblas el espíritu. En efecto, al contrario de lo que su nombre anuncia, el lugar funge como antesala de los reinos oscuros, la suciedad, el delito. A poco de bajarnos de los taxis en que íbamos, las mujeres temerosas ya querían irse. Grupos de bazuqueros se agazapaban bajo escuálidos guaduales a prender sus antorchas contra el viento. Al pie de decenas de los centenares de falos de cemento que conforman la fallida escultura urbana había un charco de lo que ustedes se imaginan. Un vigilante se hacía el bobo, a lo lejos, en la esquina de la Biblioteca Epm. Las “luminarias” no alumbraban ni deslumbraban con sus futuristas luces digitales (inexistentes) activadas por la luna, como se anunciaba hace tres o cuatro años cuando se adjudicó el proyecto. Cogidos de la mano los visitantes (los únicos arriesgados a esa hora, 8 p.m.) huimos a saltos de canguro a refugiarnos en el Salón Málaga, en Bolívar.

La experiencia nos mostró la negación total de lo que se pregonaba en un documento en marzo de 2003, que transcribimos: “El bosque (sic) de Luis Fernando Peláez tiene algo cósmico. Será un bosque de 10 mil metros cuadrados. Con 365 postes de 25 metros de altura, que se encienden (sic); elementos desmaterializados: de metal; conformados por círculos y secciones transparentes por donde se proyecta más o menos luz, según la luna: menguante, creciente, nueva y llena. Y, en esas transformaciones, se definen los volúmenes. (…) Al bosque artificial se le agrega uno de guadua, que juega con sol y sombras en el día. (…) Hay callejones de agua, piso de pizarra y piedra que se transforma en banca. El público, al penetrar, le da sentido”. Pero, ¿alguien en sus sentidos ha visto la luz que nos brinda la Luna nueva?

Por ninguna parte vimos “ni pizca” de tan prometedora poesía. Los postes no son de 25 sino de 18 metros. No son 365 sino 300. No alumbran ni deslumbran segúnlos ritmos milenarios de la Luna sino que están ensayando iluminarlos con reflectores electrónicos que costarán millonadas. No hay dónde sentarse, aunque en el proyecto anunciaron 500 bancas. Los callejones de agua están secos y llenos de basura. A mediodía, el Sol derrite el cerebro. En suma, el pregonado “bosque cósmico” es lamentablemente cómico. Los nueve mil millones de pesos invertidos se han escurrido por entre los desagües del meadero más grande del mundo diseñado por una alcaldía: en Barcelona hicieron un urinario lineal gigante pero no tan costoso ni ostentoso. En esto sí tenemos el Guinness. Que me caigan los rayos y centellas de la furia del bonachón escultor Luis Fernando Peláez, pero estas cosas hay que decirlas y remacharlas. En Medellín no hay ni un solo parque que merezca ese nombre. Todo es una burda consagración del cemento. ¿Cuándo tendremos uno “de verdad”?

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