La pereza

La pereza
/ Sebastián Restrepo
 

La pereza, un pecado capital, no se refiere aquí a una tendencia a la inacción, sino a una dificultad de mirar para adentro, una pérdida del sentido del ser, que se sustituye por una sobreacomodación a lo externo.
Habla de ese gran sacrificio que todos hacemos en la infancia de nuestro ser, para poder pertenecer a una familia y ser amados. Nos alejamos de nosotros mismos, nuestros sentidos, nuestra libertad, nuestra espontaneidad, entre otros.
Quien hace de la pereza su rasgo principal de vida aprendió a reprimir sus propios anhelos con el fin de evitar conflictos y mantenerse conectado con las personas que le importan. Necesita conectarse con los demás aparentando asentir, simpatizando con todas las partes de una cuestión y con todos los bandos de una discusión, y reprimiendo sus propias necesidades, puntos de vista, deseos y voluntad.
Podemos ver esto como una solución ante lo que en su infancia percibió como una carencia de amor, mediante el olvido de sí mismo, un olvido de sus necesidades reales y una anestesia para el dolor y la frustración.
El perezoso se narcotiza, pierde su conciencia, se queda dormido mediante el trabajo, la televisión, los partidos de fútbol o los periódicos. Es el típico gordito bonachón que se sumerge en un sofá a ver televisión después de un arduo día vivido para los otros.
El perezoso no llama a las cosas por su nombre, diluye su rabia con una sonrisa, cambia una orden por una sugerencia, un pedido por una insinuación y un desacuerdo por un “tal vez” conciliador.
El perezoso no dice “yo” sino “nosotros”, no sabe cuáles son sus verdaderos gustos, se diluye con la pareja, los grupos y las cosas, para no percatarse de su profundo aislamiento y soledad.
Hablamos de alguien que se sobreadapta, acaba siempre “cargándose el muerto”, es una persona “fiable y generosa”, siempre dispuesta a llevar una carga. Pospone su propio bien y la satisfacción de sus necesidades, en una condescendencia excesiva hacia las demandas y necesidades de los demás.
En su relación con los demás, suele ser un buen oyente, dispuesto a ayudar, comprensivo y confortador, quizá compasivo. Esto contrasta con su profunda mediocridad.
Tiende a la costumbre y la regularidad. Está muy preocupado por la preservación de su equilibrio, como para intentar lo nuevo. Su pánico a los llamados del alma los esconde detrás de un robusto “sentido común”, que le sirve de burladero para esconderse de sus propios instintos y necesidades.
El perezoso lo es, no porque se levante tarde, sino porque nunca asiste cuando su alma lo llama. Perdido de sí mismo, se separa de la vida como un avestruz. No acepta que la vida es encuentro y diferencia, amor y guerra; cree que puede haber un nosotros sin la abismal y necesaria distancia de un tú y un yo.
No sea perezoso: atiéndase, escúchese, expóngase, muéstrese. No se quede pegado de las cobijas de la inercia cuando su alma lo llame.
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