La pasión de la avaricia

La pasión de la avaricia
Los avaros desconectan trágicamente sus emociones; sienten “nada”, dejan sus vidas sin colores
/ Sebastián Restrepo

Es abundante la lista de los avaros: John Nash, el protagonista de “Una mente brillante”; Theodore Kaczynski, el famosísimo “Unabomber”; Ebenezer Scrooge, protagonista del “Cuento de Navidad”, de Dickens, y, por supuesto, el odioso Mr. Burns, de los Simpsons.

En medio de sus diferencias, los avaros comparten rasgos fundamentales: un cuerpo lánguido que representa su desprecio por lo vital, lo afectivo, lo motor, lo animal, lo humano. Sus cabezas grandes hablan de un desmesurado apego por el pensamiento, la razón, la mente y los sistemas intelectuales. Su piel cetrina habla de su aislamiento, su desprecio por los espacios exteriores y por la luz natural del sol.

Generalmente, los avaros son personas que sintieron insatisfechas sus necesidades de espacio o de atención y optaron por guardar su rabia y odio, manifestándolos como desprecio hacia la humanidad. Se prometieron no necesitar a nadie. Hicieron un planteamiento minimalista: arreglárselas con muy poco, no confiar en la gente y no desear muchas cosas.

Creen que si dejan escapar algo: conocimientos, afectos, deseos, muestras de entusiasmo, energía, se quedan sin nada. Por eso viven obsesionados con conservar, guardar, atesorar; se apegan de forma enfermiza a sí mismos, a la propia vida interior, economizando esfuerzos y recursos. El avaro es fundamentalmente avaro de sí: no se da, no se pone en juego, no se entrega.

Son expertos en marcar el límite del no compromiso para permanecer libres y en posesión de la totalidad de ellos mismos. El contacto con los otros siempre conlleva el temor de que se los van a tragar, pues cuando abren la puerta permiten que los demás interfieran demasiado en su propia espontaneidad, en sus preferencias y en su actuar de modo coherente con sus necesidades.

Su aislamiento puede llevarlos a la indiferencia emocional y a enterrar su necesidad de relacionarse. Ellos desconectan trágicamente sus emociones; sienten “nada”, dejan sus vidas sin colores. Y se van diluyendo en el “riquísimo” espacio interior de sus mentes avaras.

El costo de su excesiva reserva y de su mentalismo obsesivo es ser aplazadores de la acción y evitadores del cambio. Tratan de sustituir la vida por la lectura y un conocimiento tan teórico que se hace patéticamente inhumano y torpe. Se pierden, y algunas veces nos pierden a nosotros, en sus gélidas abstracciones que no tienen caminos que comuniquen con la vida.

El resultado del empobrecimiento de la vida, las relaciones, los sentimientos y las acciones es un sentimiento constante de esterilidad, sequedad y falta de sentido. También albergan la culpa profunda de haberse apartado del amor.

Hay tres tipos diferentes de avaros: 1) Los que desprecian lo humano y sobrevaloran a grandes figuras que idealizan infantilmente: maestros, gurúes, libros. Su pasión es un conocimiento “extraordinario”. 2) Los que viven la pasión en el amor. Quieren dejar de estar solos sin tener que abandonar su refugio. Por eso tratan de engullir al elegido o a la elegida trayéndolo a su mundo avaro. 3) Los que buscan un espacio seguro. Sienten que el mundo les chupa la energía y que los demás los absorben. Son avaros con el espacio y con el tiempo.

La difícil tarea del avaro es bajar de esa nube extraterrestre y descubrir que es humano. Encontrar la belleza en las cosas cotidianas. Reconocer que hay alguien detrás de los ojos de las personas que encuentra. Debe admitir su deseo, y volver a vivir, gozar y padecer las voces de su cuerpo. Debe derrochar sus recursos y energías en cosas placenteras pero inútiles. Pero lo más importante es reconocer cuánto orgullo y venganza hay en su aislamiento. Tal vez haciéndolo baje la cabeza y se entregue al sacrificio de vivir.
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