La felicidad, el instante

 

Existe la tendencia de creer que cuando los sabios nos invitan a vivir solo el presente, eso quiere decir que hay que olvidar el pasado y que el futuro no importa. Qué falsa ilusión, qué distorsión de lo sagrado

/ Elena María Molina

Este paso en el camino de evolución, es un llamado a ser felices, o por lo menos este es el ideal del ser humano. Lo que ello esconde es fundamental porque ahí nos encontramos con el ideal de infinito y con la necesidad de perfección. Ambas cosas las escrutamos porque están en nuestro interior y las intuimos como aspectos de lo eterno y de la divinidad.

Deseamos eternizar lo mejor de nosotros mismos y de lo que acontece, y eso se toca con una necesidad que es algo más que sabiduría. Pero no hay que caer en la tentación de idolatrar, ni en la negación de lo divino en el hombre. Hay que reconocer y poner, realizar lo divino en el mundo, darle un lugar en los seres humanos que nos rodean, en los acontecimientos y en las cosas. Un lugar que se genere desde y hasta la profundidad de nuestro ser. Cada vez que algo nos toca y le damos la importancia que nos genera, eso resuena, vibra en nosotros y palpita para que le demos un espacio especial.

Tal vez eso es el misticismo. Dejarse tocar por ese resonar, de tal manera que la vibración sea diálogo, y admirar y recrear y revivir. Qué dicha que no haya necesidad de tenerlo, retenerlo o poseerlo. La mirada se toca, escudriña y se siente un amor infinito y se abren los sentidos con gran impacto íntimo.

Oriente nos presenta una meditación en quietud que permite elevar el espíritu y tocarse con el eterno. Occidente tiene la opción de buscar otras formas que le llenen el corazón y lo eleven hasta sentir lo eterno a través de esa mirada atenta. Atender, atención, tender un lazo hacia. Eso es intimar con la esencia de cada ser, de cada cosa, de todo lo creado, con la propia esencia. Sin duda, esto nos sumerge en un mundo más cercano y más real. Divinidad.

En la búsqueda de la felicidad se esconde una sed de absoluto que va mas allá de las apariencias, que se encuentra en ese diálogo con lo que nos rodea, con la mirada que ve, el oído que escucha, la piel que siente, con todo lo que en lo inmediato permanece oculto.
Buscamos qué desear, qué amar, a qué darle un sentido de plenitud. Nos enredamos en filosofías, en políticas, en tendencias, en situaciones, en relaciones, en modas… Tanto y tan carente de sentido y tan lleno de vanidad. Vemos lo que promueve nuestro ego, lo que nos promueve, olvidamos al ser más querido, a los padres, a los hijos, a los hermanos, a los amigos… Dice con razón la Biblia que somos seres de nuca rígida.

Existe la tendencia de creer que cuando los sabios nos invitan a vivir solo el presente, eso quiere decir que hay que olvidar el pasado y que el futuro no importa. Qué falsa ilusión, qué distorsión de lo sagrado. Qué simpleza para borrar semillas, raíces y frutos. Qué olvido de lo esencial que nos lleva a la repetición, a la rueda que al permanecer siempre girando sobre sí misma, estanca la vida, conduce a la muerte del espíritu. La vida hace el llamado a hacer del instante, o la anulación del espacio tiempo, un momento de eternidad, de unión con la totalidad.

“El siglo 21 será espiritual o no será”, dijo André Malraux. La dicha, la felicidad y la espiritualidad son aspectos del ansia que nos mueve, de esa utopía de realización, que por momentos descubrimos cuando la rosa nos habla, los animales nos descubren, los otros seres humanos nos traducen como un espejo.
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