La epidemia del egoísmo

El vencedor moderno no es el que se autocultiva, es el que tiene más, el que ostenta más, el que tiene más poder, el que logra descalificar a otros
/ Jorge Vega Bravo

Me impactó la muerte del joven bogotano de 14 años, después de que inhalara una mezcla de polvo de extintor, pegante y disolvente. Este doloroso hecho que tiene detrás la distribución de substancias psicoactivas en colegios y escuelas y su falta de control, revela un profundo desorden social y moral.

Hasta mediados del siglo XX, antes de esta epidemia del egoísmo, éramos educados en una cultura de valores que ejercía contención: tradiciones sociales y culturales, religiones, control social y familiar y la educación en general, constituían una barrera moral. Desde el nacimiento del alma consciente, en el siglo XV, la humanidad vive un proceso de individualización que tiene varias vertientes. El desarrollo individual: seres humanos capaces de innovar, transformar, impulsar la evolución, pero que actúan como individuos, no como egos aislados. Y de otro lado el desarrollo del ego, que conduce al extremo de crecer a expensas de otros. La acumulación excesiva, la búsqueda desenfrenada del placer, son expresiones de la epidemia del egoísmo que nos deshumaniza y nos retorna al nivel instintivo animal.

Luis Dumont, antropólogo francés, caracteriza la cultura contemporánea como centrada en la ideología del individualismo. Esta ideología, compartida por casi todos los ciudadanos de la aldea global, determina comportamientos y motivaciones donde el valor supremo son la ganancia individual, la promoción del individuo y la salvación individual. Pero esto no significa que el sujeto moderno sea especialmente evolucionado o individualizado en términos de conciencia o autocultivo. En general el ciudadano actual se limita a usufructuar los privilegios de la sociedad, sin retornarle. “El ego es el centro de referencia dentro de una totalidad” (Wesley Aragao, Salutogénesis y Autocultivo). Así, el egoísmo, y no la individuación, es la actitud que prevalece como consecuencia de la ideología individualista moderna.

Uno de los efectos directos de este proceso es el espíritu competitivo, presente en las profesiones liberales, en los exámenes, en los concursos. El vencedor moderno no es el que se autocultiva; es el que tiene más, el que ostenta más, el que tiene más poder, el que logra descalificar a otros; el precio es una existencia cargada de estrés y ansiedad. “Se compite, pero no se vive” (IBID). La búsqueda errada de la identidad desemboca en un ego banal, que vive una existencia mediocre, sin proyecto de vida, atrapado en el consumo y el deseo de poder que como objetivos finales de la existencia desvían toda la energía del ser para el tener (Aragao).

La búsqueda de la trascendencia siempre ha estado presente en la historia del ser humano; para ello ha acudido a rituales, sustancias psicoactivas, danzas y cantos; pero todas estas búsquedas han tenido un contexto sociocultural que opera como guía y contenedor. El grupo, la familia, la escuela, ponían límites. Pero esto ha cambiado: los jóvenes de hoy quieren individualizarse antes de tiempo: van de prisa y quieren brillar con luz propia. Ya no quieren sentirse cobijados por el grupo, ni ser vistos como parte de él.
Necesitamos reencontrar el sentido. La existencia por sí misma no le da sentido a la vida. El ser humano es un ser en devenir y necesita conquistar el sentido individual de su existencia: esto exige un trabajo interior individual y colectivo.
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