La ciudad abierta de Richard Sennett

La ciudad y la vida en la ciudad (4)
La ciudad abierta de Richard Sennett
Por problemas de salud, Richard Sennett no pudo estar presente en el WUF7, al cual estaba invitado como conferencista. ¿Quién es y por qué es importante lo que dice en el debate sobre ciudades?


Richard Sennett

Por Lina María Aguirre Jaramillo

¿Quién es?
Richard Sennett (1943, Estados Unidos). Su madre, Dorothy Skolnik Sennett, era escritora y estaba dedicada al trabajo social. Al poco tiempo de nacer, su padre se fue a España a luchar contra Franco, así que creció solo con su madre en la ciudad de Chicago.

Estudió historia en la Universidad de Chicago con el profesor Christian Mackauer y conoció a la reconocida pensadora y politóloga Hannah Arendt, quienes se convirtieron en influyentes guías académicos. Hizo un doctorado en Historia de la Civilización con el sociólogo David Riesman en la Universidad de Harvard. A pesar de tocar el chelo desde los cinco años, tuvo que abandonarlo al sufrir una lesión en la mano en 1964.

¿Qué hace?
Es un estudioso con una carrera dentro y fuera de la academia, ocupado en el campo de la experiencia urbana, la interconexión entre autoridad, modernismo y vida pública. Su trabajo comprende arquitectura, diseño, música, arte, literatura, historia, ciencia política y económica, y antropología. Es un intelectual público que escribe “reportes sobre el acto de pensar” y está dispuesto a mostrarle a una sociedad qué es, cómo es, cómo ha llegado al punto en el cual se encuentra y abogar por una mayor disciplina en la vida pública, al mismo tiempo que en la necesidad de indagar en los efectos que la vida en la ciudad tiene en la identidad de una persona y en su vida privada.

También tiene una producción destacada en el estudio de la brecha entre la política y la expresión ciudadana. Ya en uno de sus libros más importantes, La caída del hombre público (1974), comenzó a describir las formas cambiantes de la vida pública y urbana y los impactos de avaricia, envidia y corrupción. Asuntos como la tensión entre anonimato y comunidad en una ciudad y los sentimientos ambiguos que una persona puede tener en relación con esta, con su país (él mismo los revela en relación con Estados Unidos y con ciudades distintas a Nueva York) son igualmente asuntos destacados en su trabajo.

¿Por qué en el WUF7 y qué le dice a Medellín?
Sennett investiga y responde cuestiones claves en las discusiones sobre ciudades: cómo se crean valores, normas y conceptos en una ciudad; quién los crea, con qué fines, para quiénes, con qué consecuencias, cómo calificarlos y medir su penetración.
En el caso de Medellín, por ejemplo, tales discusiones se beneficiarían notablemente de una perspectiva que comprende distintas escuelas de pensamiento, de teoría social, psicología, sociología, estudios sobre criminalidad, etnografía y los aspectos positivos de lo que podría llamarse las fuerzas intrínsecas del ‘desorden’ que se rebela ante las imposiciones de administradores de una ciudad (públicos, privados, funcionarios, planificadores, urbanistas, publicistas) que terminan yendo realmente en detrimento de una auténtica calidad de vida, y de la capacidad de la sociedad para contrastar lo que le prometen, lo que le gravan y lo que le venden, con la realidad de su experiencia cotidiana.

El profesor también llama la atención sobre las situaciones en las cuales la idea de una “ciudad inteligente” termina por irse en contra, con efectos desastrosos, de la complejidad avasallante de la vida diaria de calle en una ciudad. En ese sentido, la conjunción de cierto tipo de urbanistas con funcionarios, constructores y algunos expertos técnicos que modelan una idea de una ciudad confiando solo en la pantalla de sus computadores puede traer resultados negativos y detonar más problemas en una urbe que los que, desde la comodidad de un estudio de diseño, se proclama resolver.

Este problema ya ha sido avizorado desde tiempo atrás en distintos países. Sennett cita, por ejemplo, a Lewis Mumford, el estudioso estadounidense preocupado con los planes de “movilidad” moderna, impuesta en vías que olvidan al peatón y terminan asfixiando una ciudad. El arquitecto suizo Sigfried Giedion advirtió sobre las construcciones “eficientes” que privilegian el cemento y la altura sobre la escala humana, la luz natural y la calle para la gente, creando paisajes “sin espíritu, llenos de cristal, aluminio y cajas de concreto”: precisamente el paisaje que hoy crece en distintos sectores de una ciudad como Medellín.

“La ciudad inteligente del pasado es la pesadilla de hoy”, escribe Sennett
en relación con algunas ciudades nuevas en Asia y en la Península Arábiga

“La ciudad inteligente del pasado es la pesadilla de hoy”, escribe Sennett en relación con algunas ciudades nuevas en Asia y en la Península Arábiga, aunque con un poco de análisis la afirmación tiene eco también en ciertas ciudades emergentes de América Latina. Con base en sus estudios, se puede preguntar también ¿qué es la buena ingeniería y cómo sirve a una ciudad que quiera ofrecer buena calidad de vida en el siglo 21?, ¿quién controla y decide sobre los diseños y el uso de tecnología?, ¿saben los expertos en ‘renders’ cómo va la nueva agenda de recomendaciones sobre urbes con prospectos de sobrevivencia para las décadas futuras? y ¿cuál fue el último texto relevante que entendieron sobre sociología urbana contemporánea y vulnerabilidad física y social de las ciudades?

Sennett encuentra que mucho de lo que hoy se hace en una ciudad, a menudo por parte de manos privadas con la bendición oficial, es crear más espacios cerrados, fronteras, cerrar los resquicios por los cuales necesitaría transcurrir la ciudad que él describe como realmente abierta; se elevan bloques masivos de vivienda “sin individualidad, sin sentido”, indistinguibles. Fundamentalmente, el profesor recuerda que una ciudad necesita coordinación, no prescripciones dispersas que satisfacen solo a algunos grupos cerrados, a veces sin suficiente calado académico y cuestionable historial experimental.

Recuerda también la razón de ser de una ciudad: “No es una máquina” y, podría añadirse, ni un producto para ser vendido. Una ciudad debe responder en primer lugar a sus propios habitantes y si el régimen que la administra “no provee a los seres humanos con razones profundas para preocuparse unos de otros no puede preservar su legitimidad por largo tiempo”, como cierra su libro The Corrosion of Character (La corrosión del carácter).