La audacia de los tatuados

     
    Por: Marta Lucía Restrepo
     
     
    La primera vez que vi en vivo y en directo a una persona tatuada fue hace muchos años, y no fue a una sino a dos, hombres jóvenes y mellizos para más señas, que habían ido haciendo de su piel una especie de mural callejero, en el que de manera arbitraria habían ido buscando lugar, a lo largo y ancho de sus anatomías, para repartirse y acomodar palabras, figuras geométricas, mariposas, sendos ángeles de plumosas alas, dragones y hasta la cabeza de Antínoo ahogado, flotando en las aguas del Nilo, con las pirámides de Egipto como telón de fondo.
    Esta forma de relacionarse con sus cuerpos me evocaba la hermosa película Escrito en el cuerpo, de Peter Greenaway (The Pillow Book, Francia-Reino Unido; 1996), que gira alrededor de la piel como papel y lienzo, y que inicia con la historia de una mujer que guarda el recuerdo de la hermosa caligrafía japonesa que durante los años de infancia y adolescencia su padre le dibujaba en el rostro para cada cumpleaños; obsesionada con revivir esta experiencia en su vida adulta, un día encuentra a un amante que logra satisfacer su deseo y que prolonga de manera dramática su historia, en una especie de ritual cargado de drama, sensualidad y poesía.
    De regreso a la historia de mis amigos, había grandes diferencias entre sus tatuajes y los textos de los personajes de Greenaway. Una de ellas era, precisamente, que mientras los textos escritos en la piel de los protagonistas de la película eran perecederos y se disolvían al entrar en contacto con el agua, los mellizos se iban dejando improntas cada vez más estridentes, que contaminaban su apariencia y que los iban a acompañar hasta que la muerte o una novedosa técnica de borrado los separara.
    No sospechaba que, en ese entonces, tenía frente a mí a dos de esos personajes que en publicidad se llaman consumidores vanguardistas, que son los que se atreven a pasarse por la faja la tradición y a hacer propuestas que en sus inicios pueden resultar hasta excéntricas o escandalosas, pero que terminan convertidas en moda.
    En efecto, ahora estoy rodeada de una generación que ha asumido el tatuaje como una forma de expresión, que ha desacralizado la dermis y se la marca con tinta indeleble, que se perfora la lengua, la nariz, las cejas y hasta los lugares más íntimos y ocultos.
    Para la muestra, en estos últimos días he tenido reuniones de trabajo con tres mujeres de esa generación. Una de ellas, que tiene una apariencia más bien discreta, me hizo sonreír cuando dijo que le estaba rascando mucho la espalda porque se acababa de hacer “otro” tatuaje: era un hermoso dibujo abstracto y multicolor, de gran tamaño; otra se tatuó cinco estrellas en el empeine del pie derecho, y una tercera me dijo que desde hacía varios meses tenía un dragón en su omoplato izquierdo.
    Pero si antes me desconcertaba (ya no, porque me ha ocurrido lo que a veces les pasa a las bacterias con algunos medicamentos, que de tanto exponerse han desarrollado tolerancia), y aún sigo sin entender muy bien qué puede caber en la mente de quien se arriesga a marcarse la piel en un camino sin retorno, ahora me resulta divertido imaginar a los futuros ejecutivos que en un tiempo no muy lejano serán cincuentones, y que bajo el puño de finas camisas van a dejar entrever la esquina de algún tatuaje desteñido, o la de abuelas octogenarias, de arrugados centauros aferrados temblorosos a sus espaldas.
    Debo confesar que aunque en cortos pero transitorios ataques de esnobismo contagioso he dicho con euforia que me quiero hace un tatuaje, estos arrojos se han esfumado tan rápido como mis palabras. Prefiero seguir celebrando con admiración la audacia de los tatuados y conservar invicta mi piel blanca, salpicada a lo sumo de una que otra peca o de algún lunar de inofensiva apariencia.

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