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  Publicado en la edición 415, Junio 4 de 2010  
     
 
Anatomía de la melancolía
 
     
 
Aún hoy resulta imposible rastrear las miles de fuentes que Burton utilizó para ilustrar su tratado sobre la insensatez y la tristeza humanas
 
     
  Por: Gustavo Arango  
 
La pregunta sobre los libros y la isla desierta quedó casi sin sentido cuando Chesterton respondió que llevaría un manual para construir embarcaciones. Pero, como hay otro tipo de islas, todavía se justifica responder qué elegiríamos si alguna circunstancia nos dejara con un libro para acompañar la vida. Cuando pienso en esas cosas, considero y descarto El astillero (¿Qué sentido tendría anhelar un hogar cuando no queda nadie?), la Biblia (su tremendismo puede ser exasperante), el I Ching (la naturaleza seguirá cumpliendo sus ciclos) y me quedo con un libro donde el entretenimiento y el consuelo se combinan en proporciones ideales. Muchos escritores han tratado de crear “el libro total”. Plutarco se dedicó a biografiar notables de Grecia y Roma. Santo Tomás de Aquino se propuso entender a Dios y, después de unas visiones inefables, su cerebro se fundió. Balzac quiso ser el notario de toda una sociedad. Joyce le aplicó toda clase de lentes a un día en la vida de un pobre diablo. García Márquez quiso escribir las venturas y desventuras de todas las estirpes. Pero creo que quien más cerca estuvo de lograrlo fue un modesto curita de Oxford, a través de la más humana de las emociones.
El cinco de diciembre de 1620, a los 43 años de edad, Robert Burton puso punto final a su primera versión de un libro monumental, “Anatomía de la melancolía”. Aún hoy resulta imposible rastrear las miles de fuentes que Burton utilizó para ilustrar su tratado sobre la insensatez y la tristeza humanas. El libro de Burton se divide en tres partes. La primera, es un prólogo en el que Demócrito junior (un seudónimo al que renuncia en las últimas páginas) se dirige al lector y expone los alcances de su esfuerzo. Luego vienen una sección donde se exponen las causas de la melancolía y otra más donde se proponen remedios. Dadas las proporciones de este libro, de casi mil páginas, dedicaré los próximos meses –por lo demás propicios para la melancolía– a ponderar la riqueza de cada una de esas partes.
El prólogo de “Anatomía” es, por sí solo, una obra maestra. De la mano de filósofos y poetas de todos los tiempos Burton nos muestra una sabiduría destilada hasta la esencia. Parece estar comentando nuestra historia reciente cuando afirma que “al crimen, cuando es próspero y exitoso, se le llama virtud”, o cuando dice que “donde hay miedo y sufrimiento no puede haber sabiduría”. Sin haberse tomado la molestia de conocernos, nos recuerda que “normalmente a los más ladrones, a los villanos más desesperados, a los bribones traicioneros, a los asesinos inhumanos, a los miserables temerarios, crueles y disolutos, se los llama espíritus valientes y generosos”. Cita a Horacio para explicarnos que nuestra libertad se pierde por culpa de nuestros deseos: “Aquel que desea también teme, y aquel que teme nunca podrá ser libre”. Realiza un inventario de la estupidez humana y concluye que parte de esa misma estupidez está en el hecho de que “todos nos creemos sanos y nos burlamos de los demás”. Burton, por supuesto, se cuida de no excluirse: “Soy tan estúpido y loco como cualquier otro… los hombres sólo dejan de ser estúpidos cuando dejan de ser”.
Los últimos veinte años de su vida solitaria y silenciosa los pasó dedicado a revisar y reeditar su obra maestra, un libro que consuela, que divierte, que transmite alegría. Se conoce muy poco sobre su vida y su muerte. Gustavo Ibarra Merlano dice que Burton se suicidó, pero me ha sido imposible comprobarlo. Suponiendo que ése fuera su final, ya el mismo Burton había explicado la ironía cuando dijo que los que curan a otros rara vez pueden curarse de su propia enfermedad.

Oneonta (Nueva York), junio de 2010.
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