Iglesia La 86

  Por: Juan Carlos Orrego  
 
No hace mucho me contaron lo que, para fortuna de mis afectos, resultó ser apenas un chisme: que la planta física del colegio de mi hija había sido vendida para que allí se construyera la enésima sede de cierto supermercado hostigante. Después de la abrupta mudanza del Colegio de San José, cualquier historia similar resulta creíble, y de ahí que por espacio de algunos días me asustara la idea del cambio de rutina —yo, rey de conservadores— y de pensión —como ocurrió en el caso del colegio lasallista—. Felizmente, la orientadora de la niña acabó tranquilizándome: “Ah, ¿ya le contaron ese cuento? El otro es que vamos a admitir niños aquí. La otra semana le meten una de vaqueros”.
De todos modos, por espacio de algunos días —mientras duró la amenaza— no pude evitar imaginarme las implicaciones del absurdo cambio en el destino del venerable edificio. Veía el inocente salón de transición convertido en una bodega repleta de cajas de frutas y verduras, y a la profesora escogiendo mazorcas; uno de los corredores principales no estaba rodeado por los muros y puertas de las aulas sino por interminables estantes con ropa colgada (“Vestier Niñas” se leía sobre el umbral de la coordinación), mientras que en el patio central, bajo un techo inundado de luces blancas, los padres de familia —convertidos en clientes— arrastraban carritos por entre un laberinto de secciones de abarrotes; finalmente, el recogimiento de la capilla se había trocado en una fría pescadería, y donde estaba Cristo ahora se veía la foto de un bagre entre hielo (recuerdo apenas indirecto de aquella milagrosa repartición de comida noticiada por San Marcos). Con la explicación de la profesora, estalló tan vulgar pompa de jabón.
Pero no todas las metamorfosis de esa índole son ilusión: muchos son los casos que se presentan con incontrastables evidencias, y bastaría pensar en el destino comercial del edificio que, en Medellín, fuera antes palacio arzobispal. Y también debe tenerse en cuenta las trasfiguraciones de sentido inverso, cuando la gracia divina se toma lo que antes fuera espacio profano. Recientemente comprobé cómo un mugroso taller de mecánica automotriz se había convertido en una iglesia evangélica; atónito, eché una mirada indiscreta mientras pasaba por el improvisado santuario, y casi me pareció ver una estopa sobre la mesa del pastor, conmoviéndome después, infinitamente, cuando descubrí que en la acera, a un lado de la doble puerta, el antiguo perro de los mecánicos echaba un ojo melancólico a su antigua madriguera: lo habían expulsado del templo.
Hasta en los cambios en el modo de habitar cuatro paredes se percibe la chabacanería de nuestros tiempos. De acuerdo con las viejas memorias, los aparatosos edificios universitarios habían sido —poco importa si apenas en el liviano tiempo del rumor— cárceles y monasterios, de tal forma que la sucesión de los habitantes no había alterado la solemnidad ni la lógica de reclusión de las actividades allí realizadas: poco va, al fin y al cabo, entre un preso rayando la pared, un fraile masoquista y un devoto estudiante de cálculo. Pero ahora se pasa de una funeraria a una panadería, de un cambiadero de cheques a una casa cural o quién sabe qué otra modificación impensable (no se me ocurre, por ejemplo, lo que tuvo que mediar para que, en nuestro valle, una casa comercial lleve el nombre de “Expendio de carnes El Señor Caído”). Con razón espantan en algunos rincones: ha de quedar por ahí mucho fantasma extraviado y desesperado, mojado con agua bendita y aceite de buñuelos.
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