¡Empaque para el Amazonas!

Aunque suene reforzado, por encima del día de mi primera comunión, el día más enigmático de mi vida fue el día que llegué a Leticia. Para cualquier habitante de la tierra, el Amazonas es un mítico lugar en donde reinan el exotismo y la pureza. Cuando desde la ventanilla del avión vi por primera vez el río Amazonas la piel se me puso de gallina. Dos adjetivos resumen todo lo que deseo decir: es un río majestuoso e imponente.

Comienzo por aclarar que no tengo la más mínima idea de pescar y lo advierto desde ya, porque si bien jamás le he quitado una escama a un pescado, soy una furibunda amante de sus carnes y cuando me encuentro al frente de un pescado bien preparado, disfruto como pocas personas en el mundo. Quede claro: no voy a hablar de pesca, voy a comentar del disfrute que he tenido saboreando los mejores pescados que hasta hoy he probado en toda mi vida.
En el Amazonas todo es como el río, es decir exuberante, grandioso o mejor dicho exagerado, y si de pescados se trata, el asunto es indescriptible. Allí el pescado no se saca por sartas, sino por toneladas; pero no se vaya a pensar que mi asombro se limita a lo cuantitativo y al gran tamaño, mi verdadero asombro me lo produjo la variedad, la calidad y la cantidad de sitios para comer, todos con estupenda sazón y pintoresca oferta.

Probé pescado en la plaza de mercado bajo la modalidad de fiambre en hoja para llevar en la lancha de nuestro recorrido por el río; probé pescado en el puerto de Tabatinga; probé pescado en un restaurante callejero para el común de las gentes; probé pescado en un restaurante sofisticado; probé pescado en un hotel de 5 estrellas y probé pescado de fogón indígena. En cualquiera de los anteriores la oferta era grandiosa; sin embargo, siempre sobresalían el piraricú, la gamitana, el tucunaré, el dorado, la corvina y la piraña. ¡Qué lonjas! ¡Qué filetes! ¡Qué texturas! ¡Qué salsas! ¡Qué sabores!

¿Cómo lo desea señora? ¿Piraricú en chicharrón?, ¿a la plancha o frito?, ¿ dorado a la milanesa o a la manera bahiana?, ¿dorado en salsa de coco o a la criolla?, ¿ ticunaré frito o en escabeche?, ¿ticunaré a la manera amazónica?, ¿chicharrón de ticunaré?, ¿gamitana a la plancha, en calderada o en farofa?, ¿piraña frita, a la criolla, a la manera bahiana o en escabeche? Y para acompañar, nada más y nada menos que la mejor yuca del mundo ¡Y qué arroz! ¡Y qué ajíes! Ají negro en vinagre de yuca y ají de lulo entre otros.

Reitero que jamás había disfrutado de tan buenos sabores como lo hice en esta región y no logro entender la razón por la cual los pescados del Amazonas no hacen presencia en las cartas de nuestros restaurantes, pues diariamente desde Leticia salen aviones de carga (léase jets) con toneladas para el interior del país, las cuales espero no se estén convirtiendo en cuido para pollos, pues estoy convencida de que dichos pescados conformarían una oferta única y deliciosa en cualquier restaurante del mundo.

Sin lugar a dudas Leticia se podría proclamar como la capital de los mejores pescados de Colombia. Leticia es una ciudad encantadora, muy arborizada, sin buses, con amplias calles, muchos restaurantes, muchos hoteles y gentes de todas partes de Colombia y del mundo. Sin intenciones de ridiculizar, solamente me decepcionó una cosa: ver a Kapax, nuestro otrora nadador eximio, convertido en un Tarzán con celulitis; ojalá sea por cuestiones propias a su edad y no a su consumo diario de pescado.