¡Ay, Luis Alirio!

 
 
 
 

Me correspondió hace poco ser jurado en un concurso metropolitano de niños cuentistas -cerca de 3 mil quinientos trabajos-, y aparte de la sorpresa de encontrar unos veinte deliciosamente imaginativos y absolutamente delirantes y fuertes como aldabonazos sobre la cerrada racionalidad del lenguaje adulto, al lado de ello me invadió una profunda tristeza ante la igualmente demencial degeneración de las maneras como los padres de estos niños, cuyas edades fluctúan entre los 8 y los 12 años- decidieron bautizarlos o registrarlos en notaría.

Se nota allí sobre todo, leyendo los nombres en voz alta, tratando de adivinar lo que los filólogos llaman “las fuentes”, que la inmensa mayoría son tomados fonéticamente de películas o series de la tv-cable y del cine, de nombres y apellidos de futbolistas, de modelos, de actorcillos y actorcillas de nuestra pésima tele, de juegos de rol, de productos de belleza, de políticos extranjeros, pare usted de contar. La proliferación maldita de los “nombres de marca” de nuestros niños es algo que debería llamar la atención de alguien, no digamos de las autoridades incompetentes, tal vez podría ser el objeto de algunas de las campañas de impacto en las vallas que vemos por la Regional o la autopista, de la Sociedad Protectora de Mujeres. (A propósito, en una de ellas leemos que, en Colombia, cada seis días una mujer es asesinada por su pareja. ¡Eso no es nada, nenas! En España, todos los días una mujer es arrojada por su exasperado marido por un balcón, o ve aplastada su cabecita a martillazos, o es fusilada con escopetas de caza. Cómo serán de insoportables las majas, ¡Dios nos guarde!).

Volviendo a lo de los nombres de nuestros infantes metropolitanos, y en vista de que en estos días navideños y/o de nuevo año todos los lectores andarán con la vista nublada por tanta carnestolenda, colesterol, alcoholes pesados y no podrán leer artículos extensos, reguemos algunos de ellos reggaetoniamente en la siguiente letanía, para que la entonemos después de la Novena, con la esperanza de que el Divino Niño de Belén se apiade de sus padres y les ilumine sus cerebros a la hora de “chantarles” para siempre el apelativo: algo que puede ser tan traumático como para incitar a futuros e imprevisibles crímenes:

Ruega oh Niño por Antela y por Bráyan
y por Chayanne y por Cléider y por Deisi,
ruega por Derlis, por Fréydela y por Heyner,
acuérdate oh Niño de Irán y de Jáider,
ten en tus deseos a Jéssica y a Jhan,
a Yhon, a Jhon Hárol, a Estíven y a Jórman.
Oremos por Jisél, por Keli y por Yulieth,
por Líxe, por Máicol, por Herlandia,
extiéndele tu mano a Yari y a Yojhana,
a Nikól, a Keanu y Péter Búloc,
a Jarripóter y a Denseluáshinton Segundo,
a Beckman de Jesús y a Sor Victoria Sícret,
a Yénical y a Éssica, a Yhórman y Yurani,
sin olvidarte de Yuri y de Zuley,
y de tantos miles de tus corderillos, amén!

Si la Primera Mujer del Cielo no intercede ante su Nene, ¿será que nuestro futuro Alcalde, Luis Alirio, le pone coto a esta epidemia? “Sácanos oh Lirio / con tu blanca mano / de la moda triste / de tanto nombre infame!” (Un feliz dos mil siete para todos mis pacientes lectores (“ellos y ellas”).

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