Historia de un libro aún sin título

Victoria Ortiz, creadora de libros de artista
Historia de un libro aún sin título
Un libro de artista es un objeto de diseño con obras únicas, donde los textos son también imagen que acompaña. El artista crea espacios con la tipografía, con los materiales, con los acabados, desde la pasta hasta la contraportada

Por Saúl Álvarez Lara
No es sencillo entrar en un libro con historias en todas las páginas pero aún sin título, sobre todo si se trata de un libro de artista. Claro está, no es sencillo porque un libro de artista es un objeto muy distinto al libro de arte y al libro habitual, precioso es cierto, que se encuentra en bibliotecas y librerías. El libro de arte es como el de siempre, solo que lleva en su interior reproducciones de obras bellamente impresas, pero no es un libro de artista. El libro de artista es distinto. En la dimensión narrativa que permite la secuencia de imágenes, el libro de artista desarrolla una obra o una serie de obras sobre soportes distintos, que pasan por la xilografía, el grabado, la punta seca, la serigrafía, el dibujo, la fotografía, la mezcla de técnicas, ensamblados por el artista para formar un todo único. Un libro así y aún sin título encontré cuando Victoria Ortiz, su creadora, me habló de él.

No es posible ahora dejar pasar la ocasión sin narrar su historia, la del libro y la de Victoria, la artista, quien se fue del país a punto de terminar su carrera de Arquitectura para hacerse pintora, grabadora, dibujante, diseñadora gráfica, profesora universitaria y creadora de libros de artista en lugares tan distantes y distintos como Londres o Caldas da Rainha, cerca de Lisboa.

< Victoria Ortiz. Foto cortesía

Cuando se entra en un libro es difícil salir de él, hay que terminarlo, hay que recorrerlo, lo sabemos por experiencia; con un libro de artista es igual y distinto a la vez porque es único o, sucede a veces, tiene dos o tres ejemplares “mellizos” pero es raro porque es un libro de imágenes únicas, donde los textos, precisos en contenido y en espacio, son también imagen. Aquí el artista no solo pinta o graba, también diseña, crea espacios con la tipografía, con los materiales, con los acabados, desde la pasta hasta la contraportada.

Un ingrediente esencial es el eje de la historia de este libro: mirar, mirar bien. Victoria recorrió el Centro de Medellín durante más de un año: el Parque de Berrío, La Playa, Caracas, Palacé, Junín, la Avenida de Greiff, el Hueco, la Minorista: unas veces para dibujar y otras para tomar fotografías de la gente. Victoria dice que cuando iba a dibujar, los pasantes, los habituales del Centro, vendedores o policías se paraban alrededor a mirar su trabajo, algunos le hablaban y otros miraban en silencio. En una ocasión un lustrabotas, al que ya había visto en ocasiones anteriores y que incluso le había brillado los zapatos, la acompañó mientras dibujaba; ella entonces lo invitó a tomar tinto con buñuelo, él preguntó si podía invitar a un amigo, Victoria aceptó; el amigo invitó a otro amigo, y el tercero a un cuarto y este a otro; incluso un policía se sumó al grupo de ocho invitados y dice Victoria que ocupó una de las cafeterías del Parque de Berrío y por poco termina con la existencia de buñuelos.

Dibujar en la calle resultaba dispendioso. Victoria entonces decidió tomar fotos mientras su compañera Nora Delgado hacía dibujos rápidos, pero no por eso interrumpieron las incursiones al Centro a seguir a los embetunadores, a los vendedores de minutos, de jugos, de chicles y cigarrillos; a los jubilados que leen el periódico, a las prostitutas, a los carretilleros, a los recicladores, a los músicos, a los que están por allí y simplemente esperan, sujetos de la mirada precisa.

Con una cantidad de material suficiente Victoria dejó Medellín y se fue a vivir a su “Refugio”, la finca en la vereda Cabeceras, en Llanogrande, que compró para aislarse del ruido de la ciudad, sembrar un jardín con flores y ocuparse de su proyecto de libro de artista, aún sin título, pero desbordante de personajes y de historias. Trabaja en él todos los días. La mañana la dedica a las plantas y a las diez se sienta en su mesa de trabajo hasta las cinco de la tarde, hora de salir a pasear a Gaby, la pincher miniatura que pasa el día dormida a su lado. Es una labor dispendiosa; después de las fotografías viene un primer estado de dibujo y pinturas preparatorias para la xilografía; a ese nivel hace ensayos con diferentes programas de computador y soportes de impresión; llegado el momento, eso solo lo sabe ella, se dedicará a la elaboración definitiva de los personajes. El trabajo en sus libros de artista es lento y toma tiempo, la experiencia de once libros realizados que se encuentran entre Estados Unidos, Inglaterra y Portugal, lo confirman. En las próximas ediciones de Vivir en El Poblado publicaremos xilografías de uno de sus libros de artista.

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