He aquí nuestra edición Capicúa

Un número capicúa se lee igual en cualquier sentido. 666 es un número capicúa. Por esta propiedad particular, en la edición 666 de Vivir en El Poblado pedimos diversas miradas, un sacerdote, un filósofo, un periodista, unas blogueras, para que desde su saber nos hablen del número que para algunos es el Anticristo; para otros es la suma de las letras usadas en los números romanos, o está al origen de la palabra Jai, “Vida” en el judaísmo, porque tres veces seis da dieciocho. Por su cercanía, el ángel caído en desgracia, en el Carnaval o al revés, tiene representación en estas páginas. Es nuestra manera de aproximarnos a la historia y las leyendas de la cultura universal. Es también la manera de celebrar ésta, la edición capicúa, que marca cerca de veintisiete años de circulación ininterrumpida.

 

Sentido del 666

El Apocalipsis es un libro de consolación. Su autor ve los padecimientos de la gente y se propone llevarles un mensaje de consolación. Para lo cual se imagina un mundo de catástrofes, en que, por encima de todo, Dios siempre triunfa. Por tanto, consuélense
Por P. Hernando Uribe Carvajal ocd.

Mi amiga Patricia me pidió que conversara con un amigo suyo, Francisco, ingeniero, que dedicaba su tiempo libre a leer la Biblia y a observar el cielo con un telescopio.

Me habló de un cataclismo próximo debido a la confluencia de los astros, que podía ser el fin del mundo. Se apoyaba en el 666 del Apocalipsis (13, 18), convencido de que Ronald Wilson Reagan, tres palabras de seis letras cada una, presidente de los Estados Unidos, era el Anticristo, el 666.

Después de hablar largamente, le pregunté si creía próximo el fin del mundo, y me contestó: “El fin del mundo llegará a más tardar en la generación de mi hijo”.

Luego me preguntó qué pensaba yo. Le respondí: “Para mí, estamos más lejos del final que del comienzo”. Y él comentó: “¡Dios lo oiga!”

El Apocalipsis es un libro de consolación. Su autor ve los padecimientos de la gente y se propone llevarles un mensaje de consolación. Para lo cual se imagina un mundo de catástrofes, en que, por encima de todo, Dios siempre triunfa. Por tanto, consuélense. “Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor porque el mundo viejo ya pasó… Mira que hago nuevas todas las cosas” (21,4).

Finalizar, terminar, acabar son verbos de doble significado. Significan que no queda nada o todo llega a plenitud. Me tomo una sopa, y cuando termino no queda nada. El Quijote es una obra acabada, plena. El fin del mundo tiene los dos significados. De lo malo no quedará nada, y lo bueno llegará a plenitud. La obra propia del Creador. Motivo de alegría infinita.

El mal existe, existió y existirá. Pero el Creador “someterá a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Cor 15, 28). La confidencia de Jesús a Nicodemo lo dice todo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Juan 3, 16.17).

La realidad no es como es, es como la vemos. Necesitamos educarnos para ver la realidad de modo realista y certero. Dios ha puesto al hombre como señor del universo para que lo dignifique, humanice y aun divinice. Tarea para la cual debe educarse.

Momento luminoso el del ladrón que se dirige a Jesús en la cruz: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. La respuesta es deslumbrante: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). El Paraíso es el mismo que responde, Jesús: “¡Aquí está la sabiduría!” (Ap. 13, 18).
Me emociona y me consuela recordar a Charles du Bos: “Al fin pobres criaturas, Dios es nuestro Padre, Él tendrá compasión de nuestro indecible absurdo personal.” Incluyendo el 666.
Forma maravillosa de celebrar la edición 666 de Vivir en El Poblado.


 


Seis por tres dieciocho

El número, que para algunos es cabalístico, está marcado por la carta seis del Tarot, la de los amantes. En el judaísmo, tres veces seis da 18 y en lugar de destrucción, produce la palabra Jai (vida). Para los tarotistas tres veces seis es igual a nueve, la luz que ilumina el camino
Por Memo Ánjel
El 666 señala el fin de los tiempos y en esto de que la tierra saldrá disparada como un bronce esférico de bombarda y las estrellas se convertirán en un juego pirotécnico, aztecas, hindúes y occidentales se parecen: cada tanto se les acaba el mundo. Los dioses aztecas crean el mundo y ya, cuando está listo, los destruyen para volverlo a crear. Brama, en la India, crea el mundo, Visnú lo sostiene y Shiva lo destruye, lo que da origen al samsara, esa cadena de reencarnaciones que terminaría en el nirvana, donde nada molesta porque nada se ve ni se oye. Y en occidente cristiano, el Apocalipsis da cuenta de un final de los tiempos en medio del caos, los ángeles, las vírgenes, los dragones, las bestias y los corderos, diferenciándose de otras culturas, pues para que el mundo se acabe hay una fecha y tiene que ver con el 666. Y si bien el mundo (o lo que es el mundo: los cielos y la tierra) sigue ahí, girando entre la luz y la oscuridad, encogiéndose o expandiéndose, la idea de un final desastroso persigue a muchos que tienen claro la segunda ley de la termodinámica, que dice que todo lo que comienza se destruye y que nada es de manera permanente, excepto el tiempo. O que creen que todo volverá a la nada debido a los pecados habidos contra la naturaleza, que son tantos y variados como las palabras que componen El diccionario secreto que escribió Camilo José Cela, que si bien no es un inventario de perversiones si contiene las partes con que se cometen estos actos.

En el Apocalipsis de san Juan, uno de los tantos que se escribieron por la época (se suponía que los romanos estaban acabando con todo y a lo que destruían le echaban sal encima), aparece el número 666, que es el que marca la cabeza de la segunda bestia, esa que sale del interior de la tierra. Una bestia anterior, que sale del mar, tiene diez cuernos y siete cabezas, más un nombre blasfemo entre los ojos.

El número, que para algunos es cabalístico, pues señala por tres veces los caminos que se bifurcan (cuando no la lengua de la serpiente) está marcado por la carta seis del Tarot, que es la de los amantes, siendo el amor algo que al final se acaba. En el judaísmo, tres veces seis da dieciocho y en lugar de destrucción, produce la palabra Jai (vida), lo que va contra el 666 destructor. Ya, para los tarotistas (que mantienen vivo el juego de imaginar) tres veces seis es igual a nueve (que da de sumar uno más ocho), que es el anciano, la experiencia y la luz que ilumina el camino. Sin embargo, como en la tierra estamos (así ya ni miremos al cielo), tres parejas de amantes producirían un paseo, una orgía, un encuentro de swingers o una reunión para jugar a las cartas. Todo es posible.


 

Que nos digan brujas
¡Callénse, brujas!, nos siguen diciendo, pero ya no hay quién nos calle. Hacemos honor a una denominación, que tiene más de sabia y bella que de maléfica
Por Lolas Magazine
Gatos negros, hechizos perversos, escobas voladoras, atuendos oscuros, intuición sobrenatural… La historia se ha encargado de pintarnos como mujeres malvadas y, en los cuentos de hadas, hemos sido personificadas como las villanas que envenenan con manzanas, raptan niños o inducen a sueños profundos por más de 100 años.

lolasbruja

¿Mujer malvada? ¡Pero cómo, si el lado siniestro de las Lolas solo aparece en la cama! Chismoseamos, nos reímos a carcajadas, ¡juntas!, como el aquelarre que siempre hemos sido, entre unas copas de vino o unas buenas polas. Nos encantan el escándalo, el secretismo, la sospecha. No es fortuito que carguemos con los agüeros y prejuicios que, por siglos, como brujas nos han marcado.

Ser bruja es todo un halago. Y no hablamos de las que usan sombrero puntiagudo. Desde que nos excluyeron de la vida pública y nos relegaron a las labores del hogar, hemos desarrollado dones secretos, conocimientos y relaciones inexplicables con la naturaleza… y la cocina. ¡Allí surgió el supuesto maleficio que nos etiquetó como aliadas del diablo!

La caldera bien caliente en un fogón de leña y un atento gato negro, fueron nuestros cómplices desde antes del siglo XII. Nuestra guarida ha sido ese espacio de alquimia, de plantas y menjurjes. Con cálculos milimétricos y combinaciones acertadas -todas a ojo y por intuición- fuimos echando dentro del fogón aceites, hierbas y esencias de florales, para preparar el más letal brebaje. A través de nuestra mirada curiosa y fisgona supimos las medidas exactas de lo que cada mujer buscaba: ser más atractiva, evitar un embarazo, engatusar a un hombre, aliviar un dolor.

No somos herejes ni Lucifer ha infectado estas palabras. La cocina, la tradición oral, la recolección de frutos y los viajes al bosque en busca de los ingredientes perfectos, han sido labores de grupos femeninos. La unidad nos ha hecho fuertes al permitirnos la transmisión del conocimiento y, desde la antigüedad, desarrollarnos empíricamente en multiplicidad de saberes. Así la hegemonía masculina nos haya satanizado, por ser más cotizadas que los mismos médicos y sacerdotes católicos, amenazando clandestinamente la autoridad y el poder patriarcal representado en la Iglesia.

Por eso amamos a las Lolas brujas del pasado, porque gracias a sus conocimientos hoy tenemos mil recetas caseras para el pelo, la cara, el cutis, y si no piensen en las recetas heredadas de sus abuelas: aguacate para humectar, caléndula para cicatrizar, jengibre y limón para aliviar.

Nos tomamos este viernes 13 para contradecir los malos augurios, para demostrar que la desventura no viene por un karma del pasado o por no haber rezado los mil jesuses. No nos trasnochamos haciendo trenzas a los caballos ni a nadie le halamos las patas al dormir.

¡Callénse, brujas!, nos siguen diciendo, pero ya no hay quién nos calle. Hacemos honor a una denominación, que tiene más de sabia y bella que de maléfica.


 

Un recuerdo de infancia
Mi abuela se acercó a calmarme, a decirme que no me asustara, que no le parara bolas a ese diablo porque no era de verdad, era una careta que no le hacía daño a nadie. Porque el verdadero Diablo, el malo –me explicó–, no se acerca a los niños que se portan bien
Por Ricardo Aricapa

Uno de mis recuerdos más antiguos del Carnaval de Riosucio, corresponde al día en que conocí el Diablo. Tendría unos cuatro años entonces, tal vez menos. Y no fue un encuentro grato.

Fue en el solar de mi casa, yo sentado al sol en una ponchera agitando con las manos el agua jabonosa, dichoso, mientras mi abuela atrás me restregaba la cabeza, seguramente buscando liendres.


Cuando de pronto veo venir hacia mí un ser que nunca antes había visto, terrorífico; un monstruo de ojos rojos encendidos, cachos renegridos, una boca grande por la que se asomaban dos prominentes colmillos, los dedos con garras largas tendidos hacia mí, una cola que movía ágilmente para todos los lados, y a la espalda un par de alas que abría y cerraba al ritmo en que se movía.

Pero no fue eso lo que más me aterró, fue el ruido de cencerros que arrastraba atados a sus pies. Mi berrido debió escucharse en toda la casa, que era inmensa. Recuerdo que mi abuela, toda enojada, dejó de buscar en mi cabeza y espantó el monstruo a los manotazos. Luego se acercó a calmarme, a decirme que no me asustara, que no le parara bolas a ese diablo porque no era de verdad, era solo un disfraz de trapo para jugar en el carnaval, una careta que no le hacía daño a nadie. Porque el verdadero Diablo, el malo –me explicó–, no se acerca a los niños que se portan bien. Y eso me calmó, porque yo entonces era un niño que se portaba bien.

En efecto, al rato el monstruo volvió a merodear por el solar, pero ya no tuve miedo, entre otras cosas porque ya se había quitado la careta, o sea los ojos encendidos, los colmillos prominentes y los cachos renegridos. En su lugar apareció el sonriente y jacarandoso rostro de mi tío Arturo, el carnavalero de la familia, un hombre fiestero y contento como el que más, capaz de pasarse de parranda toda la fiesta, los seis días completos, durmiendo donde lo cogiera el sueño. Y para eso tenía un arsenal de disfraces, varios de ellos de diablo.

Eso era lo que a mi tío más le gustaba del carnaval: disfrazarse, así el resto del año le tocara pasarlo como ciudadano ejemplar y marido juicioso. Como sería, que hubo un año en el que el carnaval lo sorprendió convaleciente de una hernia que le extirparon, por lo que el médico le recomendó quietud. Pero él no se aguantó, preparó un disfraz que no le exigiera mucho movimiento: se disfrazó de carnicero mortalmente herido de un hachazo. Para ello consiguió un uniforme blanco de dril, igual a los que usaban los carniceros en los puestos del mercado, coronado con un tocado que simulaba un hacha clavada en la cabeza, empapada ésta de sangre al igual que el uniforme.

Y así salió a la calle al caer de la tarde, la hora de mayor concurrencia en las plazas, gimiendo de dolor y tambaleándose entre la gente, que le abría el paso espantada. Fue tal su interpretación, tan vívida, que a nadie se le ocurrió que pudiera ser un disfraz. Hasta la misma policía cayó en la farsa y estuvo a punto de llevarlo de urgencia al hospital.

Que el Diablo tenga en su gloria al inolvidable y carnavalero tío Arturo.



666 Vindicación de un número
Tiene propiedades muy interesantes: la suma de los primeros 144 decimales de pi suman 666; lo mismo ocurre con los primeros 144 decimales de Phi, el número de oro. Esto es notable, dada la aleatoriedad de los dígitos; y mucho más si se considera la coincidencia del 144, el cual es igual a (6×2)2
Por Alfonso Arias

Sentado a la entrada de una cueva un anciano dicta a su discípulo. La cueva está en lo alto de un cerro en la isla de Patmos. El anciano, él mismo lo dice, se llama Juan; su libro es uno de los más fantásticos y alucinados de que se tenga noticia. El autor nos cuenta que está en Patmos, desterrado por las autoridades imperiales de Roma. Corren los tiempos de Domiciano: tiempos de persecución y de martirio. Los doctores de la iglesia, sin mucha convicción, han identificado a este hombre con el apóstol Juan, el cuarto evangelista; y su libro fue aceptado por el IV Concilio de Toledo en el año 633, como uno de los textos canónicos.

El autor comienza reprochando a las iglesias cristianas la tibieza de su compromiso con la doctrina y su tolerancia con los ritos paganos y con las herejías, como la de los nicolaítas, la de Balaám, la de “esa mujer Jezabel que se dice profetisa” y la de aquellos que “se dicen Judíos y no lo son, sino que mienten”. Los adeptos a estas doctrinas fornican y comen lo sacrificado a los ídolos; son pues lujuriosos e idólatras. Juan decide atemorizar a los fieles para apartarlos de estos pecados horrendos. Todavía hoy las visiones catastróficas y demoníacas que describe, nos resultan aterradoras.

La simbología numérica del Apocalipsis gira en torno al número siete, que aparece por todas partes: siete sellos, siete trompetas, siete copas, siete iglesias, para citar solo algunos ejemplos. La importancia del número siete en la teología deriva seguramente de los siete días de la creación que menciona el Génesis. El siete es número divino pues el séptimo día descansó el Señor.

No obstante la importancia del siete, el número que obsesiona a muchas personas es el seis, que solo aparece una vez en todo el libro; es un pasaje que dice: “El que tenga inteligencia calcule la cifra de la Bestia, pues es cifra de hombre. Y la cifra es seiscientos sesenta y seis”. Tengo para mí que la expresión “es cifra de hombre” se refiere a que, como el hombre fue creado el sexto día, su cifra es el seis. Otros han pensado que la expresión significa que el nombre de una persona específica está codificado en ese número, con lo cual quedaría demostrado que esa persona es la Bestia misma, Satanás. Multitudes de barbados cabalistas, desvelados ocultistas y de entusiastas aficionados, han hecho ingentes esfuerzos para lograr que el nombre de una persona o de una institución con la que no simpatizan, luego de someterlo a ciertos procedimientos y cálculos, dé paso finalmente al infame 666. La lista de los escogidos para sufrir estos procedimientos es vasta: Nerón, Hitler, el Vaticano, la Iglesia Católica, la Unión Soviética, el comunismo, los Estados Unidos, Stalin, el papa y muchos otros.

No obstante lo anterior, algunos sostienen que el seis es el número más perfecto después del siete, pues el día sexto fue creado el hombre, “a imagen y semejanza” de Dios. También Vitruvio, en tiempos de Augusto, escribió: “El número perfecto y final es el número seis”. La sexta carta del Tarot es Los Amantes, que simboliza amor y abundancia, lo cual no parece nada satánico; y en general se acepta en la numerología que el seis representa la creación del mundo, la armonía y la belleza de la naturaleza. En la antigüedad grecolatina el seis estaba consagrado a Afrodita.

El Apocalipsis relata la caída de los enemigos de la cristiandad, el castigo de sus seguidores después del juicio final, y el advenimiento de un estado beatífico representado por la Jerusalén Celestial. Los enemigos de la cristiandad son, como se sabe, las herejías, la idolatría y la lujuria; pero hay otro enemigo, que es como el hogar y la madre de los otros, y al que no se designa por su nombre: el imperio romano. Conviene recordar que Juan está en Patmos desterrado por las autoridades romanas, y que durante ese primer siglo los cristianos han sufrido grandes persecuciones, especialmente por cuenta de Nerón y Domiciano. La destrucción del templo de Jerusalén llevada a cabo por Tito (no obstante ser un templo judío, no específicamente cristiano) y la total devastación de la ciudad, debían ser heridas abiertas muy dolorosas. Dice Flavio Josefo que hubo más de un millón de muertos en la acción y que casi cien mil judío fueron esclavizados. Seguramente exagera los números, pero en todo caso la toma de Jerusalén fue una acción brutal. Tito se negó a recibir una corona de victoria que el senado romano decretó para él; no sentía ningún orgullo por haber llevado a cabo esta acción.

Lo más probable es que el 666 sea pues, de alguna manera, una alusión a Roma. Las letras usadas por los romanos para representar los números, excluyendo la M de mil, son: D (quinientos), C (cien), L (cincuenta), X (diez), V (cinco) y I (uno). Estos son pues los números romanos o, dicho de otro modo, el número de Roma; y es significativo que el número que se forma con la sucesión ordenada de estos símbolos (DCLXVI) es justamente, 666. Me refiero, claro está, al número seiscientos sesenta y seis, no a la sucesión seis, seis, seis, la cual se expresaría VI, VI, VI.

Pero el texto estaba escrito en griego, y en esta lengua 666 se escribe χξϛ΄(la letra “ji” para seiscientos, la letra “xi” para sesenta y la letra “digamma” para el seis), lo cual resulta decepcionante pues no se obtiene la simbología del sistema numérico romano, ni la secuencia reiterativa del seis que aparece con la notación moderna. En todo caso el seis, sin importar la notación en que esté escrito, es el número de Afrodita y por ello es también el número de la lujuria, uno de los enemigos de la cristiandad según Juan.

Hay otro indicio que favorece mi hipótesis: la Bestia tiene siete cabezas, y dice Juan que estas son siete montañas. Para mí son las siete colinas de Roma, evidentemente.

Desde el punto de vista numérico el 666 tiene algunas propiedades interesantes; escojo dos: la suma de los primeros 144 decimales de pi suman 666; lo mismo ocurre con los primeros 144 decimales de Phi, el número de oro. Esto es notable, dada la aleatoriedad de los dígitos de estos dos ilustres números; y mucho más si se considera la coincidencia del 144, el cual es igual a (6×2)2 . Agrego otra: la suma de los cuadrados de los primeros siete (el número divino) números primos da 666. Siquiera por las bellas propiedades del 666, me gustaría vindicar este número.


Al revés no es tan diablo
Tarot francés. S. XVIII
Ilustración y texto Saúl Álvarez Lara
El arcano XV (15=1+5=6), es el diablo con alas y casco que saca la lengua para burlarse y empuña una espada por la hoja y con la mano izquierda. Los diablillos que lo acompañan, atados por el cuello, traen las buenas y las malas intenciones. En el Tarot, la figura XV, el ángel sabio caído en desgracia, obtiene lo que desea porque posee las fuerzas; esta lectura es variable pero explica la presencia del casco y la espada, símbolos del poder. Los colores, azul, amarillo, rojo, enmarcados por trazos negros, delimitan las figuras como expresión y símbolo de su llama vital. En el arcano XV el destino se enfrenta a sí mismo y su lectura toma el sentido que determinen los arcanos que lo acompañan. Cuando el diablo se muestra al revés, el destino pasa de un diablillo al otro y la lectura cambia. El destino es el destino y, como la suerte, no depende del diablo…


UVS 666
Sobre el carro, se echan muchos diablos. ¡Carajo esta vía tan chambona!¡Pero aquel cómo hace eso!¡Este taco del infierno!¡Una varada del diablo! Sin embargo conducir el carro de placas 666 no es más que lucir un número de identificación para las autoridades.

En cambio, el diablo, con seguridad, estuvo en un bus de placas 556 sin revisión técnico mecánica, transportando gasolina de contrabando y transportando niños por un pueblo pequeño y humilde. En Fundación, Magdalena, se apareció por ejemplo el diablo en el 2014. Estaba representado en un comportamiento irresponsable, del diablo, para llevarse la vida de 34 angelitos. Ese es el carro de la bestia.

El que por azar le sea asignado en la matrícula el 666, no es más que eso, suerte; seguramente el conductor de vehículos con placas 666 tiene en el tablero, la guantera o el retrovisor, un amuleto, religioso o no, por la buena suerte.