Hader Guerra, Jader Clown

Hader Guerra, Jader Clown
Hasta el 25 de noviembre La Polilla y su Festival Internacional de Mimos y Clowns rinden tributo a su nacimiento

“Para ser payaso hay que volver a la niñez”, dice Hader, mientras viaja al barrio en que nació, Belén Rincón, y camina por las mangas de una zona rural con pocas casas. Con los pies descalzos cruzó un riachuelo, pisó piedras y tallitos secos. Subió a un árbol, cogió una guayaba y allí, sentado, comenzó a comérsela. Recuerda cuando junto a sus amigos construyó carros de rodillos y jugó con llantas abandonadas. Luego, entró a la sala de su casa, y frente al viejo televisor de estructura de madera y cuatro patas, esperó los tres minutos mientras se encendía la pantalla para ver la imagen en blanco y negro de un pianista.
El nombre artístico de Hader Guerra es Jader Clown. Es el director de la Corporación Artística La Polilla, que por estos días celebra los 15 años de Mímame, el único Festival Internacional de Mimos y Clowns en el país. Está convencido de que “somos lo que experimentamos de niños”, por eso piensa que crecer en un ambiente natural, lo sensibilizó con la vida y lo llevó a ser artista.
Jader Clown tiene unos ojos grandotes que abre y cierra para despertar sentimientos. No muy bajo, cachetón y “gordito”. A partir de ahí y el resto de su cuerpo crea su personaje, pero sobre todo va a su interior, porque, como dice, “el payaso es un espíritu”. Este resuelve los problemas como lo haría un niño. “A veces no es conveniente ser tan adulto”, comenta pensativo.
“Hay gente a la que le quedaría imposible ser payaso”.

La primera vez que se acercó al arte, fue por la música. Entró a estudiar piano clásico en Bellas Artes, tratando de imitar a los concertistas que vio en la televisión. Después, su amigo, el mimo Carlos Álvarez, le mostró la cuentería. Contando historias entendió que tenía dificultades con la voz para hablar en espacios abiertos, y esto lo angustió bastante. “El día que me quedé sin voz descubrí que con la pantomima podía llevar el concepto de una palabra a través del gesto a muchos metros. Podía hacer visible lo invisible”.

¡Y se creó el Festival Mímame!
Elkin Giraldo, el reconocido “Elkin Mimo”, había tenido la oportunidad de viajar en los años 80. En Surámerica, Centroamérica y Europa encontró otras posibilidades, propuestas y técnicas que abrirían el mundo a los mimos de La Polilla, entre ellos, Hader Guerra, Carlos Álvarez y Gustavo Restrepo. Para ese entonces este arte había sido poco explorado en la ciudad y ante la inexistencia de una escuela para formarse como mimo y clown, surgió en 1997 la primera versión del Festival Mímame.“Nos reuníamos en unos ‘concervezatorios’, y Elkin llegaba con sus fotografías y videos a contarnos, a nosotros tan provinciales, lo que había visto”, cuenta Hader. El boom de los mimos en el imperio romano; los juglares y bufones en la Edad Media; arlequines y saltimbanquis de la comedia italiana en el siglo 17, los grandes mimos franceses de los años 60 y 70, eran algunos de los temas con los que se enriquecían profesionalmente. “Carlos Álvarez fue mi batería y Elkin Mimo, mi centro”, añade, refiriéndose a sus compañeros de carrera.

Primero mimo, luego clown
Después de reconocer lo que el mimo podía dar como expresión artística, “Jader Clown” se hizo payaso, y entendiendo a cada uno como lenguajes diferentes, aprendió a mezclarlos y a generar historias que, más que hacer reír al público, lo hicieran pensar. Empezó por definir el encanto de cada uno y allí encontró un arte hermoso. “El payaso es un campesino que exalta sus defectos físicos; el mimo imita todo (pantomima); el payaso es libre y construye a la persona; el mimo es estilización, coreografía y precisión”, reflexiona.
Aquello de pintarse la nariz “surge del campesino, de la vergüenza, de enrojecernos”, explica Hader. “La nariz es la máscara más pequeña que, en vez de ocultar, revela. En la frente está la razón y en la boca, los apetitos. Por esta razón está ubicada en el centro de la cara, en donde se alojan las emociones”. Agrega que el vestuario grotesco del payaso tradicional surge por aquello de las deformidades: ojón, orejón, jorabado, torcido, enano, gordo, manos largas… Los zapatos grandes, pantalones anchos, pelo de colores, es para reforzar dichas deformidades, por eso Hader lo denomina como “la sublimación de lo feo”.
Hasta el 25 de noviembre, los mimos y clowns de la ciudad están de fiesta. Invitados nacionales e internacionales, de Brasil, Chile, Bolivia, Argentina, Estados Unidos, Polonia… Vienen a compartir sus shows y a ser embajadores en el mundo de un festival que se creó en un rincón de Medellín y que valora y reconoce el arte del mimo y el clown. Ver programación en www.lapolilla.org. Informes: 343 3627.