Genios parlanchines

     
    Por: Marta Lucía Restrepo
     
     
    En mi familia hay cuatro diminutos genios de distintas edades. Tres de ellos, Juan Camilo y los gemelos —que son menores de dos años—, en su corta existencia han pasado de mirar atentamente, sonreír y balbucear, a ir logrando articular una extensa lista de palabras que incluye los nombres de los miembros de la familia, las partes del cuerpo y algunos objetos de su entorno inmediato.
    Federico, el mayor de los cuatro, tiene casi tres años y, a pesar de que mi hermana nunca le ha dicho en qué orden se construye una oración para que esta sea coherente, ya es un maestro de la sintaxis. Su erudición y habilidad para aprender harían sonrojar al más aventajado de los alumnos de Español que he tenido. Además, sin temor y acertadamente, todos los días le incorpora a su vocabulario palabras cada vez más abstractas y complejas, que ninguno de nosotros se ha puesto en la tarea de enseñarle cómo usar.
    Y aunque detrás de estos diminutos parlanchines marchan dos acuciosas mamás convencidas de que están haciendo muy bien la tarea de enseñarles a hablar, porque sus crías progresan vertiginosamente en el proceso de aprendizaje del español, hay una realidad que le quita protagonismo a su papel de maestras: en primer lugar, son niños normales; en segundo, eso de que los niños aprenden a hablar por imitación, es una verdad incompleta.
    Todo apunta a que la especie humana habla porque en su dotación genética trae la capacidad para adquirir un lenguaje que se denomina lengua materna. Y comunicarse es una herramienta evolutiva que desde lo más antiguo de nuestros ancestros ha cumplido esencialmente una función clave en la supervivencia de la especie. La lengua materna está presente en todas las culturas y en todos los grupos humanos desde el confín de los tiempos, sin importar si se trata del miembro de una tribu que habita aislada en el corazón del Amazonas o de un ejecutivo polígloto que vive en la Gran Manzana.
    Aun cuando hay corrientes ideológicas que consideran que el proceso de enseñanza-aprendizaje de la lengua se da por imitación, nunca he visto a una mamá sentada explicándole a su hijo las conjugaciones verbales en presente, pretérito, pretérito imperfecto, etcétera. Tampoco la he visto diciéndole cuál es el orden en el que se deben decir las palabras, para construir ideas lógicas.
    Según dice el sicólogo evolutivo Steven Pinker en su libro El instinto del lenguaje: “Un niño normal aprende, por término medio, veinte mil nombres hasta que alcanza la adolescencia. Si los niños tuvieran que aprender todas las combinaciones de una en una, tendrían que escuchar aproximadamente ciento cuarenta millones de oraciones distintas” (2007; 313). Eso tomaría un siglo, más o menos.
    Sin embargo, es claro que el niño necesita el estímulo auditivo para activar una zona del cerebro que está asentada en el hemisferio izquierdo (área perisilvana), que se conoce como el área del lenguaje. El cerebro abre una ventana durante un período limitado para asimilar la lengua materna, que en circunstancias normales inicia en el seno materno y llega hasta los seis años de edad. Luego de este período se cierra esa ventana, y progresivamente se van cerrando otras que disminuyen las posibilidades de dominar la gramática y la fonética de una segunda lengua. Hay fonemas (sonidos de la voz) que si no se oyen durante los primeros diez meses de existencia, ya nunca podremos aprender a pronunciar, e inclusive ni siquiera oír o diferenciar de otros sonidos muy similares.
    La lengua materna es algo así como una impronta: una vez adquirida, es automática, y el tiempo para que esto ocurra, es limitado; por eso no solo no tenemos que pensar para hablar, sino que a veces de nuestros labios brotan palabras que habríamos deseado no pronunciar. También por eso en las urgencias hospitalarias de algunos países se recomienda la presencia de un traductor para los pacientes no nativos que llegan en situación crítica. La razón: estos pacientes se expresan en su lengua materna.

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